Cambiar o no cambiar: ésa es la cuestión

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“El cambio es bueno, y debe de ser buscado, pero un cambio pensado, que nos lleve a ser mejores, que nos permita quedarnos con lo bueno que tenemos y quitar lo malo, o desarrollar lo bueno que tenemos para hacerlo aún mejor.”

Por Ana Belén Díaz E.

 

Hoy es diferente a ayer y mañana será diferente a hoy; el día nunca es igual y nada se mantiene por siempre. Darwin descubrió el proceso evolutivo de los seres vivos que evita que las especies se estanquen en un mismo estado que los puede llevar a la extinción: del mismo modo, debemos pensar en las empresas como organismos vivos, pues están formadas por sus miembros y, por lo tanto, es necesario que evolucionen, que cambien. Estos cambios pueden ser llamados de diferentes formas y enfocados a diferentes propósitos; tenemos desde la innovación en productos y servicios hasta la reingeniería de procesos, cambios estructurales o incluso de localización física.

La forma en la que cambia una empresa depende mucho de la forma de ser de esa empresa en concreto. Algunas parecen cambiar constantemente, ser innovadoras siempre y nunca quedarse con algo igual. Sin embargo, aunque esto es lo que nos parece desde el punto de vista del consumidor, esas empresas también buscan mantener algo de su tradición: buscan mantenerse coherentes con su filosofía empresarial, con aquéllo que les da una base sólida para sustentar sus continuas transformaciones.

La naturaleza nos ha enseñado a lo largo de la historia que el cambio es bueno, y debe de ser buscado, pero un cambio pensado, que nos lleve a ser mejores, que nos permita quedarnos con lo bueno que tenemos y quitar lo malo, o desarrollar lo bueno que tenemos para hacerlo aún mejor.

Un cambio no se debe dar de improviso, el cambio por el cambio en lugar de ser productivo nos puede llevar a la extinción, y puede ser tan perjudicial como mantenernos estancados en algo. Por eso es importante que en el momento en el que se decida realizar un cambio se evalúe dónde estamos, a dónde queremos ir y todo esto en coherencia con nuestra base, nuestra filosofía.

Cuando hacemos un cambio es bueno que se haga en grupo, pues surgirán más ideas nuevas, más puntos hacia donde cambiar de acuerdo a diferentes experiencias, se evalúan los pros y contras, se distinguen aquellos puntos en los que se puede y debe de cambiar y aquéllos que son buenos y pueden mantenerse. El equipo funcionará muy bien si contamos con un miembro conservador abierto al cambio y un innovador centrado, de esa forma ambos jalarán en “sentidos diferentes”, pero dispuestos a caminar hacia un objetivo común: el mejoramiento de la empresa.

El cambio siempre implica un riesgo, y los directivos de las empresas deben estar conscientes de eso, evaluar los posibles peligros y problemas de un cambio y decidir asumirlos o no. Es completamente válido decicidr mantener la manera de hacer las cosas si se considera que el riesgo es mucho mayor que los posibles beneficios. Sin embargo, si la decisión resulta en favor del cambio, el equipo responsable debe estar dispuesto a trabajar desde todos los flancos para que el cambio sea aceptado y se convierta en un compromiso para todos los miembros de la empresa.

No debemos temer al cambio: debemos temer a no provocar uno, porque tarde o temprano tendremos que cambiar y es mejor planear cómo hacerlo de la mejor manera a ser obligados a cambiar sin haberlo previsto.

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