Mirar las fronteras a los ojos

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“Nada humano nos es ajeno, sin importar si lleva toga, jeans, sari, burka o esmoquin.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

La foto muestra una pareja de recién casados sentados en el pasto, descalzos. Llevan ropa tradicional de la India. Arriba, el fotógrafo explica: “Me dijeron que llevan poco tiempo casados. Pregunté si fue un matrimonio arreglado o «por amor». Él respondió: «Por amor.» Pregunté dónde se conocieron, y él respondió: «Por teléfono.» Me contó que él nunca la había visto en persona antes del día de su boda. «¿Entonces cuándo se enamoraron?», pregunté. «En la tercera llamada», respondió.”

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Otra escena. Dos niñas en un campo de refugiados, en Sudán. No sonríen, esconden las manos. Una de ellas dice que quiere ser piloto, y cuando el fotógrafo pregunta por qué, ella dice dos palabras. “Dice algo como «quiero poder controlarme en el aire»”, explica el traductor. “¿Pero qué dijo exactamente?”, pregunta el de la cámara. “Kuar nhial”, contesta. “Significa: «Seré la líder del aire.»”

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¿Una más? Otra pareja, esta vez en un parque en Nueva Delhi. Él lleva la barba larga y un turbante rojo en la cabeza; ella lleva un vestido de flores. Miran fijamente a la cámara, no sonríen. Entre los dos, un niño pequeño. El fotógrafo, de nuevo, reproduce el diálogo previo a la captura de la imagen: “¿Cuál es su mayor sueño para su hijo?” La respuesta es aplastante: “Dejaremos que él sueñe por sí mismo.”

Esto que inunda mis redes sociales es Humans of New York, la iniciativa de un fotógrafo que pretendía hacer un “catálogo” de retratos de 10,000 neoyorquinos. Poco a poco, su proyecto cambió. Comenzó a incluir los diálogos breves que sostenía para conseguir los retratos. Y los resultados fueron mucho mayores de lo previsto. La gente compartía sus mayores triunfos o sus historias más difíciles en un par de frases, ante un extraño que sabía cómo preguntar. Ahora, con casi 10 millones de seguidores en Facebook, Humans of New York fue contratado por la ONU para recorrer 10 países y contar las historias de la gente que encuentre a su paso. Así, los retratos ahora van un poco más allá de Central Park: Sudán (y acá), Irak, Congo, India y Estonia son algunos de los países más recientes.

Pero aunque las fotografías y las conversaciones son dignas de interés por sí mismas, no serían lo mismo sin los miles de comentarios que provocan en las redes. No estoy exagerando: cada imagen tiene entre 1,500 y 8,000 comentarios. Y es uno de esos pocos lugares del Internet en donde leer los comentarios no equivale a una decepción inmediata. La enorme comunidad —compuesta en su mayoría por estadounidenses, pero también por gente de todos los rincones del mundo— no para de descubrir, unas 10 veces al día, que las vidas, ideas, emociones y experiencias humanas son semejantes sin importar las fronteras. Y lo celebran, diez veces al día. Parece el abecé de la empatía, pero no es tan frecuente como quisiéramos: nada humano nos es ajeno, sin importar si lleva toga, jeans, sari, burka o esmoquin.

La idea que resuena, para mí, es que ponerle rostro a las situaciones lejanas es lo que transforma las ideas abstractas de fraternidad y paz en algo tan cercano como la amistad. Una vez que tienes un amigo de, digamos, Kazajstán, Siria, Chile, Uganda o Alaska, no puedes volver a leer las noticias sobre esos países sin detenerte un momento para situarlas a escala humana y para imaginar cómo se viven esas revoluciones o desastres o festejos un jueves cualquiera, desde la ventana de un departamento. Los titulares de los noticieros te miran a los ojos, y tú reconoces sus rostros. La respuesta tiene que ser empatía. No sólo eso: del reconocimiento nace también la buena voluntad. Deseas el bien para esa persona que te mira. Te reconoces en él o ella y, en tanto que dure esa mirada, no son necesarias las explicaciones.

Con todo esto quiero decir que uno de los sitios en los que naturalmente nace el servicio es en la amistad y en el reconocimiento mutuo. Y así es como entiendo el servicio verdadero, el que no pregona arrogantemente su generosidad ni se enorgullece por el gesto magnánimo de ayudar “a quien más lo necesita”. Pienso que el dar auténtico tiene que nacer de ese sentido de igualdad, de estar frente a un semejante, con la conciencia entera de que ese dar enriquece a ambos, y de ninguna manera sólo al que recibe. El servicio verdadero se inscribe en ese saberse parte de una comunidad fraterna, de haberte reconocido en una mirada de un desconocido y saber que trabajar por él es trabajar por ti y por todos.

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Por supuesto, el afán de servir no debe quedarse en el impulso inocente de hacer algo bueno. Hay iniciativas que dañan pese a que tienen la intención de ayudar. Creo que un buen inicio es ese reconocimiento sincero que no mira hacia abajo y descubre a alguien necesitado a quien puede simplemente donar bienes, sino que mira hacia el frente, a los ojos, y descubre un ser humano complejo y capaz. Es una mirada que exige conocer la situación completa y no sólo la necesidad evidente o inmediata. Y aún así, las soluciones no siempre funcionan, como nos contó Susana en este gran texto sobre su experiencia en Ghana: “El ayudar no debe ser un impulso, una acción aislada que responde al dolor que nos causa ver la vulnerabilidad del otro. Si realmente queremos ayudar, debemos detenernos a pensar un poco. Seleccionar cuidadosamente la mejor forma de donar nuestro tiempo, nuestro conocimiento, nuestros bienes y nuestro dinero.”

Pero me desvío. Me llamó la atención la idea del servicio y la amistad al estudiar, brevemente, los antecedentes de la actual Declaración de los Derechos del Niño. Sucede que un documento previo (de 1924) menciona entre los derechos de los niños “el deber de poner sus mejores cualidades al servicio del prójimo”. Y otro documento, la Tabla de Derechos de 1927, lo dice de forma distinta: “Derecho a ser niño para ser hombre, para formar con cuerpo sano y alma limpia los obreros de la libertad, los arquitectos de la conciencia del mundo.” Pero la Declaración vigente, de 1959, le da un giro a este artículo con el que concluían los dos documentos previos y formula el deber de servir como un derecho. ¿A qué? A ser educado en un espíritu de fraternidad. “El niño debe ser educado en un espíritu de comprensión, tolerancia, amistad entre los pueblos, paz y fraternidad universal, y con plena conciencia de que debe consagrar sus energías y aptitudes al servicio de sus semejantes.”

Aunque no está formulado explícitamente como consecuencia, me parece una interpretación posible: si el deber de servir tuviera que formularse como un derecho, sería el derecho a crecer en un ambiente fraterno, en un entorno de amistad no sólo entre individuos, sino entre naciones. Los niños tienen derecho a ser educados con esa amplitud de horizontes, de modo que se conviertan en hombres y mujeres que contribuyan al desarrollo de sus comunidades. Y si sus comunidades llegan más allá de su cuadra, más allá de su ciudad y de su país, si saben encontrarse en las miradas de otros y reconocerse en historias que nunca han vivido, servir no será una obligación, sino un gesto tan natural como pasar una tarde entre amigos.

¿Utópico? Sí, quizá. Pero hace bien.

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