El ancla de la identidad

Foto por Meghan Young
Foto por Meghan Young

“Yo sólo puedo comprenderme a mí misma y encontrar mi lugar en el mundo si me cuento todas mis historias, pues cada una de ellas ha aportado al ser humano que soy ahora.”

Por Susana Kiehnle

Twitter: @SusanaKiehnle

 

“¡Hola, pasen!, ¡qué bueno que vinieron!”, dije mientras abría la puerta de la casa con un gusto genuino, ese que nace espontáneamente al encontrar a otro mexicano cuando se vive lejos. He pensado y pensado este sentir, pues no es la primera vez que me pasa. Hace un par de meses, de repente me eché a correr con todas las bolsas del súper para alcanzar a un matrimonio que estaba hablando en español. Cuando por fin llegué, agotada, me solté a contarles toda mi historia, como si los conociera de toda la vida. Al alejarme, escuché a la señora decir: “Imagínate vivir en este pueblito, yo también me emocionaría si veo que alguien habla español.”

No obstante, y contrario a lo que me imaginaba, mi vida aquí es bastante similar a la que tenía en México. Estoy en un ambiente muy internacional en el que puedo navegar completamente tranquila con la cultura global que muchos de nosotros, clasemedieros del mundo, hemos aprehendido como parte de nuestra identidad, desde la generación de Los Beatles, hasta la de One Direction. Esta cultura global, que se me ha presentado como evidente hasta ahora, nos permite a dos mexicanos, un sueco, un canadiense y un trinitense, estar horas sentados platicando (en inglés) de la temporada por venir de House of Cards, de Thomas Pikkety, o del Premio Nobel que acaba de recibir Malala. No obstante, este traje de “ciudadano del mundo” no impide que me enoje cuando Agustín, sin querer, me habla en inglés; tampoco me quita el deseo de comer un chile en nogada en septiembre o las ganas de escuchar y cantar a todo pulmón una canción de La Arrolladora Banda El Limón. Mi identidad, como la de todos, tiene varias caras. Susana es Kiehnle y es Sierra, es mexicana, es un migrante en Noruega, entre muchas otras. Algunas de estas caras duran para siempre, otras no. Por ejemplo, yo ya no soy católica, pero intentar negar la existencia de esta parte de mi vida me llevaría a una total incomprensión de la persona que soy ahora.

Pasamos a la sala y Agustín y yo intentamos comenzar una conversación con las preguntas típicas: ¿cómo llegaste a Noruega?, ¿a qué te dedicas?, ¿de qué parte de México vienes? Ella apenas y respondía, de pedacitos en pedacitos, pude construir un poco de su historia. Es de Acapulco y es allí en donde conoció a un sueco y decidió irse a vivir con él. Duraron siete años juntos, se separaron, y ella ahora vive en Noruega y trabaja en una clínica. Tenía un acento muy raro y hablaba muy mal. En uno de los ataques de sinceridad tan característicos de Agustín, le dijo: “No me digas que ya se te olvidó el español.” “¡Llevo 12 años fuera de México!”, respondió. “¿Y tu familia?”, seguimos, “No hablo con ellos.” Sentí una tristeza profunda. Continuamos la plática y yo la observaba detenidamente. Parecía como si no supiera quién era, podía notar la ansiedad en su lenguaje corporal. No perdía oportunidad para negar su mexicanidad exaltando los estereotipos de conducta escandinava: “me encanta hacer hiking”, “no, no, no… yo no me quiero casar, ni tener hijos”, “lo que más me gusta es viajar.” Nos fuimos a la fiesta y la seguí observando, mientras ella se perdía entre cosas y piernas que sirven como anestesia temporal al dolor de la existencia.

No la he vuelto a ver. Este breve encuentro me causó un impacto profundo. Compartí mi impresión con Agustín y, para mi sorpresa, él pensaba lo mismo. “He visto cómo a mucha gente que viene aquí se le destruye el alma.” Pensando en todo esto, vino a mi mente la TED talk de Chimamanda Adichie: “The consequence of the single story is this: it robs people of dignity.” No podemos entendernos a nosotros mismos si pretendemos que nuestro todo no es la suma de las partes, sino sólo una parte. O si, por el contrario, quisiéramos comprendernos negando o aniquilando una de nuestras partes. Yo sólo puedo comprenderme a mí misma y encontrar mi lugar en el mundo si me cuento todas mis historias, pues cada una de ellas ha aportado al ser humano que soy ahora. Aquí, a veces, me siento incompleta. Encontrar mexicanos o gente que habla español, tomarme un tequila o cocinar pollo con axiote, me recuerda mis raíces y gran parte de lo que soy. La vida de migrante no es fácil, pero conservar nuestra identidad, como el mosaico de historias que es, es el ancla que nos mantiene firmes y seguros, y nos recuerda el sentimiento de “estar en casa.”

 

Susana

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