5 cosas que hacer en las instalaciones de Yayoi Kusama (además de tomar selfies)

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“La visita a un museo es una experiencia que podría –idealmente– involucrar a las personas de forma integral. Pero al abordarla desde esa compulsión por fotografiar, queda reducida a una experiencia visual –unidimensional.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

“No pueden pasar más de tres personas. Tienen 20 segundos para mirar”, indica el guardia de seguridad antes de dejarnos entrar a una de las instalaciones de Yayoi Kusama en el Museo Tamayo. 20 segundos para observar, experimentar y analizar de forma crítica una pieza llamativa, diseñada para envolver a los visitantes entre cuatro espejos que les devuelven su propia imagen multiplicada en un escenario excéntrico. No es de extrañarse que casi todas las visitas desemboquen en una selfie.

¿Es condenable ese impulso? Depende. Leí un texto, acá, que hace una observación atinada: las piezas de arte no son los únicos objetos con los que nos relacionamos a través de la fotografía. “Así es como el usuario de 2014 se relaciona con las obras de arte –y con la comida, con sus mascotas, con sus amigos y con su pareja: a través de tomarles fotos. Si el punto es hacer tuya la obra y la haces tuya mediante el registro, ¿qué podríamos objetar?”

Por supuesto, no soy la única que tiene más de una objeción al respecto (y la autora de aquel texto también las tiene). Para ser breves podríamos citar, por ejemplo, a Susan Sontag, quien habla del impulso incontenible de fotografiar como algo similar al turismo, en el que las imágenes validan la experiencia. El acto de registrar en fotografía “es una forma de certificar la experiencia, pero también es una manera de rechazarla –pues la limita a una búsqueda de lo fotogénico y la convierte en una imagen, en un souvenir”.

Aún más: “la necesidad de que la realidad sea confirmada y la experiencia sea acentuada mediante fotografías es un consumismo estético al que todo el mundo es adicto ahora”, sentencia Sontag.

La visita a un museo es una experiencia que podría –idealmente– involucrar a las personas de forma integral. Pero al abordarla desde esa compulsión por fotografiar, queda reducida a una experiencia visual –unidimensional. La experiencia de visitar la pieza es equivalente a la experiencia de mirarla en una fotografía.

Por supuesto, esa reducción ocurre sólo si la fotografía es la única forma de relación que establecemos con las piezas. Y aunque en el margen de 20 segundos para recorrer una instalación inmersiva podría parecer imposible abordarlas de otras maneras, no lo es.

Además, el que casi todos llevemos una cámara portátil en el bolsillo también tiene virtudes. La posibilidad de hacer un registro del día a día que obedece a jerarquías individuales (¿prefieres documentar lo irrelevante, lo pasajero, lo permanente, lo bello, lo gracioso, lo significativo…?), de articular una gramática visual propia o de probar tu mano con enfoques y perspectivas son ventajas que pueden enriquecer la experiencia en lugar de reducirla. (Y, ojalá, ampliar también los márgenes de la fotografía como disciplina.)

En suma, aunque lo “fácil” o llamativo de las piezas, la gran presencia mediática con la que cuenta la exposición y lo apresurado del recorrido hacen difícil una aproximación crítica y reflexiva a las piezas de Yayoi Kusama (en especial a las instalaciones inmersivas), claro que podemos inventar alternativas para que la experiencia no se reduzca a la ineludible selfie que certifica que fuimos parte del espectáculo. Aquí hay cinco ideas:

1. Busca la ambivalencia. “Dots are sickness”, dice Kusama. Quien se dé el lujo de leer los textos curatoriales, notará que define el propósito de “obliteration” como el deseo de deshacerse, de estar en todas partes y en ninguna. Y aunque la apariencia de las instalaciones podría confundirse con una gala de locura e irrelevancia, hay siempre un elemento inquietante y desestabilizador que anuncia un malestar individual y colectivo. Búscalo.

2. Entiende con el cuerpo. Explora. Recorre el espacio. Extiende los brazos. Observa a ras del suelo. Mira hacia arriba. Pregunta con el cuerpo. Experimenta el espacio con algo más que los ojos y la mente.

3. Nómbralo. Si se tratara de una región nueva, ¿con qué nombre la bautizarías? Todo vale. Los títulos de Yayoi van desde lo cursi –“Infinity Mirrored Room –Filled with the Brilliance of Life”– y lo poético –“El jardín de Narciso”– hasta lo descriptivo –“A Thousand Boats”–, lo trágico –“Walking in the Sea of Death”– y lo inteligente –“Self Obliteration”.

4. Identifica al menos un elemento no fotografiable. ¿Qué parte de esa experiencia es memorable, pero no se puede registrar en fotografía? (Ejemplos: algunas pinturas palpitan ante la mirada por el alto contraste de colores. Las paredes se diluyen en algunas salas, la percepción del espacio se distorsiona. Sensaciones de vértigo y ansiedad. La expectativa de quienes van detrás de ti. Lo absurdo de la tensión de los guardias de seguridad. Los fragmentos de conversaciones –interesantes o ridículas– de los extraños que te rodean.)

5. Aprópiate de la experiencia. Esto significa cosas distintas para cada uno. Ya sea a través de una idea, una crítica, un movimiento, una anécdota o, por qué no, una fotografía, decide cuál es tu respuesta ante la instalación. Extiende la experiencia, modifícala, articúlala. Úsala como un bonito background para tu selfie –igual que las ruinas en Roma o los jardines de Versalles–, pero sé algo más que un turista irreflexivo.

Extra: descarga aquí el catálogo de la exposición (en inglés y portugués).

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