El fascinante encuentro con el otro

el otro

“Al decidir tener un encuentro con el “otro” se nos abre el horizonte y podemos pasar de la ignorancia de la intolerancia a una empatía genuina.”

Por Susana Kiehnle

Twitter: @SusanaKiehnle

 

No importa en dónde estemos; con cada paso que damos elegimos nuevamente entre abrir nuestros sentidos y nuestro intelecto para percibir lo que nos rodea, o continuar pasando ensimismados en nuestro pequeño mundo, “hacernos de la vista gorda”. Recuerdo bien el primer momento en el que este hecho se me presentó como evidente a la conciencia. Estaba en Ghana y era un día de mercado como cualquier otro, de esos que se repiten cada tres días sin importar si el sol que acompaña el harmattan parece querer asfixiarnos o si se nos viene el cielo abajo en la estación de lluvias. Estaba sentada en una tabla de madera de uno de los puestos descansando del sol, poniendo atención a los rostros, a las formas de caminar, a las conversaciones. Entonces, vi pasar a otros “blancos”. Inseguros, caminaban rápido y cubrían sus pertenencias como si creyeran que en cualquier momento serían despojados de ellas. Me detuve un momento a pensar en cuál sería su percepción de ese pedacito del África sub-sahariana en el que coincidíamos en ese momento. Probablemente, sería la del África pobre, la tierra del mundo no civilizado que aguarda la espera del “hombre blanco” para ser salvado. El lugar en donde yo, “blanco”, concluyo que la gente es informal porque no percibe el tiempo como yo lo percibo, donde reina el desorden porque no existen los precios fijos que usamos en el “mundo civilizado”. Recordé una frase de un muy querido profesor: “el que quiere lo ve todo, pero el que no quiere, no ve nada.”

Es tan fácil mantener los ojos cerrados, caminar por la vida con miedo a lo que nos es ajeno y desconocido, relacionarnos únicamente con los que son como nosotros. Viajar a lugares que nos suenan tan exóticos y enseñar nuestras fotos con elefantes y tigres, pero haber pasado por ahí sin hablar con los locales más que para ordenar comida. A las culturas ajenas a la occidental se les invita a cuestionarse repetidamente en torno a la razón: por qué seguir pensando que Brahama escribe nuestro destino si eso no se puede comprobar, por qué creer que mi tío fue hechizado por un brujo y por eso murió en un accidente, qué está mal en nosotros que el sistema que copiamos de occidente nos corrompe, por qué seguimos en vías de desarrollo. Pero la cultura va más allá de lo racional, de la lógica matemática, de la probabilidad, de la causalidad.

Esta incomprensión entre nosotros, la humanidad, hace que unos nos vayamos creyendo superiores a otros, que otros se vayan creyendo superiores a nosotros, y otros, inferiores al resto. Me pasó al llegar a Noruega; cachaba en mí misma destellos de malinchismo, de aniquilación de lo mexicano y de ausencia de cuestionamiento a lo noruego por esta idea de que es superior. Me pasa también cuando personas del “primer mundo” me preguntan si todavía los pobres en México necesitan de muchas donaciones. Siento la furia correr por mis venas, les contesto que dar las cosas gratis hace un daño enorme. Pero luego, me detengo, decido salir de mí misma y escojo ver. Comprendo su “otredad”, no tienen por qué saber cuál es la mejor manera de terminar con la pobreza o con el hambre si ellos nunca han coexistido con estas realidades. Comprendo que su pregunta es tan genuina y tan bien intencionada como la de Hudu al preguntar en dónde estaba África en el mapa del mundo, o la cara de incomprensión de mi amiga india mientras hablábamos del papel de los aliados en la Segunda Guerra Mundial.

¡Qué seres tan fascinantes y complejos somos los seres humanos! ¡Cuánto ganaría nuestro intelecto y nuestro mundo si aprendiéramos a comprender las diferencias! Finalmente, el “nosotros” existe porque hay unos “otros” que son diferentes. Gracias a que existe lo “otro”, podemos apreciar en toda su plenitud lo “nuestro”, nuestra identidad, el ancla de nuestra vida. Podemos cuestionarla, modificarla, enriquecerla. Al decidir tener un encuentro con el “otro” se nos abre el horizonte y podemos pasar de la ignorancia de la intolerancia a una empatía genuina.

Que lo que suceda, nos suceda.

Susana

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