Mi propuesta: el capital social

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“El capital social se refiere a las redes y a los vínculos que existen entre los miembros de una comunidad y al nivel de acceso a las instituciones formales.”

 

Por Susana Kiehnle

Twitter: @SusanaKiehnle

 

Las preguntas que plantea Alberto en su profunda y atinada reflexión sobre la situación actual en México, me han estado dando vueltas en la cabeza desde que las leí: ¿qué podemos hacer por México hoy?, ¿cómo podemos cambiar la realidad de nuestro país que tanto nos repele, que tanto nos hiere?, ¿cómo podemos esperar un mejor futuro para nuestro país y, en consecuencia, para nosotros, si no nos involucramos políticamente en la creación del mismo? Coincido con Alberto en que el “activismo” populista es un anestésico muy peligroso que desacredita y debilita a las instituciones y, peor aún, divide a la sociedad. Debemos revolucionarnos, sí, pero no destruyendo al país, sino cambiando nuestro actuar. No podemos seguir evadiendo la responsabilidad que nos toca en la edificación de nuestra sociedad. No podemos seguir saliendo a las calles a prender fuego y luego regresar a nuestras casas a seguir comportándonos como siempre. Hoy, quiero unirme a esta corriente esperanzadora y constructiva compartiendo lo que he aprendido de la sociedad noruega, en la que he estado inmersa por cuatro meses. Lo hago sin afán de caer en malinchismos, pero con la certeza y la humildad del que reconoce que necesita cambiar y trabajar por enderezar el camino.

Más allá de la economía, el petróleo y la productividad, el capital social es, a mi juicio, el diferenciador clave en esta región del mundo. Existen varias definiciones de capital social, pero voy a tomar la propuesta por Deepa Narayan y Michael Woolcock: el capital social es el conjunto de normas y redes de confianza y reciprocidad que permite a las personas actuar colectivamente. En otras palabras, el capital social se refiere a las redes y a los vínculos que existen entre los miembros de una comunidad y al nivel de acceso a las instituciones formales.

Empecemos por el núcleo base de toda sociedad: la familia. Yo llegué a Noruega con mi idea estereotípica de que los europeos del norte viven en el libertinaje porque no se casan. Me di cuenta de que el matrimonio no trae como consecuencia natural el compromiso y de que hay muchas otras maneras de comprometerse. Para mi sorpresa, lo primero que vi en la calle, fue un desfile de papás felices paseando a sus hijos en carriolas. Hoy, puedo decir que la prioridad número uno en el noruego promedio es la familia y que ésta también está protegida por la ley y las instituciones formales. Aquí, normalmente se trabaja de 8 a 3 con la idea de tener la tarde libre para hacer otras actividades, entre las que está el pasar tiempo con la familia. Mi novio me contó que estaba una vez en una reunión muy importante de trabajo, cuando de repente el Director les dijo que debía pasar por sus hijos al kínder y pasó la reunión al día siguiente sin ningún problema.

Además de tener ausencias por enfermedad, los empleados pueden faltar al trabajo cuando sus hijos están enfermos. Tienen alrededor de 25 días al año de vacaciones y alrededor de 8 meses de maternidad, en donde los padres también resultan favorecidos. Sin duda, esta realidad es muy característica de los países escandinavos y son muchas variables las que se requieren para que poder alcanzarla. No obstante, podemos empezar por dar pequeños pasos. Por ejemplo, redefinir nuestro concepto de “urgente”, promover en los empleadores y en los empleados el cambio de la definición de “hora nalga” por la de “hora productiva”, ser justos con nuestros trabajadores domésticos, denunciar activamente los casos de explotación laborar, e impulsar debates que pongan estos temas sobre la mesa.

El apoyo de las instituciones formales en el mantenimiento del capital social es fundamental. Aquí, por ejemplo, existen centros de voluntariado que pertenecen a las municipalidades y que ofrecen asesoría sobre diferentes temas: cómo buscar trabajo, en dónde aprender noruego, etc. Estos centros sirven también de espacio gratuito para todo el que desee ocuparlo: un grupo de adultos de la tercera edad que se reúne a jugar juegos de mesa, grupos de madres solteras que intercambian sus experiencias y reciben ayuda psicológica, etc. Asimismo, en estos centros se organizan eventos para aquellos que se encuentran en situación de vulnerabilidad o que, simplemente, están solos y no tienen con quién pasar fechas importantes, como Navidad. Sin duda, éste es un ejemplo de lo que se puede hacer con nuestros centros comunitarios en México, que hoy en día se entienden como instituciones para los pobres en comunidades rurales y que, la mayoría del tiempo, están abandonados.

Otro ejemplo sobre el apoyo institucional al capital social es el alta estima en que se tiene a los trabajadores sociales. Éstos forman parte del sector salud, lo que deja en evidencia que aquí la salud se ve como algo integral. Los trabajadores sociales se dedican a asesorar a padres de familia, a migrantes (como yo), a solicitantes de asilo, a refugiados, a madres solteras, y a toda clase de persona que así lo solicite. Aquí todo invita a la integración. Incluso la cárcel del lugar en donde vivo, Ålesund, es una casa en medio de la ciudad. Los presos trabajan y llevan una vida prácticamente normal, pueden incluso salir a tomar café. De esta manera, se aseguran de que la cárcel sea un auténtico reformatorio y la gente no salga de ahí más enferma que cuando entró, sino todo lo contrario.

En fin, hay tantos ejemplos que iré compartiendo poco a poco. Coincido con Aguilar Camín en que debemos revalorar nuestras instituciones. La clase política no vino de Marte, vino de nuestra sociedad, lo mismo los integrantes del crimen organizado y nuestras policías municipales. Debemos pensar seriamente qué estamos haciendo mal cuando existen individuos que cómodamente describen cómo mataron a otros, cómo los quemaron y trituraron sus huesos; cuando hay funcionarios públicos que con la mano en la cintura roban; cuando tú te sientes cómodo pagando una mordida para no pagar la multa. Hace poco vi una frase que decía que en lugar de preparar a nuestros hijos para enfrentar un mundo injusto e inhumano, debemos prepararnos para educar a nuestros hijos para que hagan de este mundo un lugar más justo y más humano.

Susana

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