La importancia del voluntariado para nuestra formación

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“Hacer algo gratuitamente por otros es parte importante de nuestra formación. No sólo porque nos hace personas más humildes, entregadas y preocupadas por el bienestar de los demás, sino porque también nos da una mayor perspectiva.”

Por Emilia Kiehnle

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Los que me conocen saben que el tema de la educación es uno de mis principales intereses y que dar clases es una de mis pasiones. Siempre he pensado que la educación de una persona es una cuestión mucho más compleja -e interesante- que simplemente transmitir algunos conocimientos y valores y enseñar algunas habilidades técnicas. Se trata más bien de un compromiso con la formación integral de la persona; trabajar de la mano del alumno y guiarlo para que vaya desarrollando sus capacidades y animarlo a esforzarse por ser cada vez la mejor persona que puede ser. Ese compromiso implica un interés genuino por el otro y por su bienestar: implica la construcción de una relación con el educando.

Ciertamente es una visión de la educación bastante exigente y demandante, pero no sólo por parte del profesor, sino también por parte del alumno. Para que una persona pueda ser formada de manera integral, se requiere de su propia voluntad. Un educando que no está abierto a recibir, a ser guiado y a generar este compromiso con su propio desarrollo, difícilmente podrá aprovechar la experiencia y los conocimientos que su profesor quiera darle, por más que este último se esfuerce.

Recientemente estaba platicando de esto con algunos de mis colegas cuando salió el tema de la importancia del voluntariado en la formación de una persona. “Un alumno está mucho más dispuesto a recibir de sus profesores cuando él mismo ha tenido la experiencia de donar su propio talento y experiencia a otros”, dijo uno de los maestros.

Me quedé pensando en esto y concluí que tiene razón. Yo misma empecé a apreciar realmente mi educación cuando me di cuenta de que podía poner mis conocimientos y habilidades al servicio de los demás. Antes que eso, mi idea de mi propia educación era poco más que una obligación cuya mayor satisfacción consistía en una buena calificación y un reconocimiento por parte de alguna autoridad.

Me acordé entonces de que cuando era niña mi mamá me insistía mucho en que tenía que esforzarme en la ecuela y sacar buenas calificaciones, no sólo “para tener un buen trabajo” cuando creciera, sino también y principalmente, para retribuir algo a mi sociedad. Sin embargo, este discurso no me apelaba en lo más mínimo. Pasé gran parte de mi vida estudiantil panzando mis exámenes y buscando pretextos para no hacer mis tareas. No fue hasta mi adolescencia, que me topé de frente con parte de esa “sociedad” y sus problemas, que entendí el enorme privilegio que tenía al poder recibir una buena educación y la responsabilidad que esto implicaba.

El cambio fue a partir de una experiencia que tuve al acompañar a una amiga que me convenció de ir un fin de semana que teníamos libra a visitar a unas monjitas que se dedicaban a cuidar niños huérfanos y ancianitos. “¿Para qué?”, me acuerdo que le pregunté. “Pues, para ayudar”, me dijo simplemente. Las “monjitas” resultaron ser las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta y los “niños huérfanos” eran pequeños con severas deformidades y transtornos genéticos que habían sido abandonados por sus padres. Yo tenía diecisiéis años y, aunque según yo sabía mucho de “los problemas de mi sociedad”, jamás me había topado con una realidad así. Ese día cargué en mis brazos y jugué con un niño que no tenía piernas, aprendí a alimentar a alguien a través de una sonda, a cambiar pañales de niños de siete años y a trabajar como nunca antes en mi vida, cargando costales de azúcar y otros alimentos por las escaleras del orfanato. Pero lo más importante que aprendí fue la importancia que tuvo el tomarme ese tiempo para entregarlo a alguien más.

A partir de ese día yo misma empecé a buscar lugares en los que pudiera ayudar y causas que me interesaran para aportar algo. También, me empezó a interesar tener ese algo que aportar; empecé a interesarme por mi propia formación.

Hacer algo gratuitamente por otros es parte importante de nuestra formación. No sólo porque nos hace personas más humildes, entregadas y preocupadas por el bienestar de los demás, sino porque también nos da una mayor perspectiva. El voluntariado nos ayuda a comprender que el sentido de nuestro trabajo no es solamente (ni primordialmente) el procurarnos recursos económicos para subsistir, sino que se trata de aportar algo a nuestra sociedad. Nos hace ver lo absurdo de trabajar en algo a lo que no le vemos un sentido o que carece de resultados útiles y benéficos para alguien más.

En lo personal, puedo decir que el voluntariado me enseñó muchas cosas para mi vida cotidiana y laboral. Aprendí, por ejemplo, a valorar el trabajo y el tiempo de los demás, pues me di cuenta de que si yo no hacía bien mi parte, entorpecía los esfuerzos de otras personas. Aprendí también que es justo recibir dinero por mi trabajo; entendí que no hay nada de vergonzoso en tener y disfrutar de los recursos que uno puede procurarse para vivir una vida cómoda y agradable. No debe avergonzarme mi riqueza: en cambio, la pobreza de otros debe moverme a pensar en maneras de mejorar la vida de esas personas y a ejecutarlas.

Pero quizás uno de los aprendizajes más valiosos y que quiero compartir con ustedes el día de hoy, es que el voluntariado no siempre tiene que ser para con los más vulnerables o marginados. Ser parte de una comunidad y participar en ella para mejorarla también es algo valioso, y esto incluye acciones tan aparentemente sencillas como ayudar a nuestros amigos o familiares cuando nos necesitan o donar nuestro tiempo y capacidades para apoyar causas de otras personas.

Ir todos los fines de semana a cuidar niños en un orfanato no es suficiente. La verdadera actitud de ayuda no es algo que ocurra de manera extraordinaria, sino que debe formar parte de nuestra vida cotidiana. ¿De qué sirve que ayudes a los indígenas de una comunidad pobre si en el día a día eres incapaz de ayudar a tu mamá con las tareas del hogar o de apoyar a un compañero que necesita ayuda para estudiar para un examen? ¿Qué mérito hay en donar parte de nuestros recursos a una institución de beneficencia si no somos lo suficientemente generosos para apoyar a un colega del trabajo cuando su situación económica se pone difícil? El compromiso con la mejora de nuestra sociedad empieza en casa, con los nuestros. De otro modo, es pura hipocresía.

Los invito a reflexionar sobre esto y a tomarnos en serio nuestro compromiso con nuestra propia formación y con la de los demás. Sea lo que sea que hagan todos los días, ¿lo hacen pensando en que están brindando un servicio a los demás? ¿Se preocupan por ser mejores personas, más educadas y enriquecidas espiritualmente? ¿Procuran ayudar a otros a que sean mejores en lo que hacen? Si la respuesta a estas preguntas es afirmativa, les aseguro que ya están trabajando por un verdadero cambio en nuestra sociedad. Y si no, nunca es tarde para empezar.

Emilia

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