¿Qué hacer por México? El compromiso con la verdad

Imagen de Alessandro Gottardo
Imagen de Alessandro Gottardo

“Nuestras ideas deben estar fundamentadas en la verdad, y eso implica uno de los principales compromisos que debemos asumir si queremos ser esos ciudadanos activos y participativos que construyen un gobierno justo.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

 

Hace unos días leí un artículo que analiza la cobertura que los principales periódicos nacionales realizaron sobre dos escándalos recientes aparentemente opuestos: la casa de Angélica Rivera y los ataques a la puerta del Palacio Nacional, tomando en cuenta el número de notas publicadas y durante cuántos días, además de las fuentes utilizadas para obtener la información (declaraciones de autoridades, voces ciudadanas, reportajes de otros medios, investigaciones propias, etcétera). El análisis es, por supuesto, muy revelador (pese a que el planteamiento no rebasa del todo la línea del simplismo maniqueo que ya Juan José Díaz y Alberto De Legarreta abordaron en dos textos previos, acá y acá -“el pueblo oprimido que se rebela contra el gobierno malvado”).

El análisis crítico es la más imprescindible herramienta individual que debemos fortalecer si queremos contribuir con las transformaciones positivas en el país. Esto implica refinar nuestro pensamiento en ambos sentidos: tanto al recibir información como al expresarla. En la Jornada de Reflexión que organizó la Escuela de Filosofía de la Universidad Panamericana, una mamá que cursa el posgrado lo dijo en palabras concretas: lo que los adolescentes pueden hacer en la situación política actual es aprender a pensar y a argumentar. Para articular ideas de forma correcta (con argumentos válidos) es muy deseable aprender principios de Lógica, que ayudarán a reconocer las falacias que abundan en tantos textos periodísticos: aseveraciones incompletas, conclusiones que no se derivan de las premisas, generalizaciones y argumentos ad hominem, por citar algunas.

Pero la forma de los argumentos no es lo único que debemos cuidar: también es imprescindible el contenido. Nuestras ideas deben estar fundamentadas en la verdad, y eso implica uno de los principales compromisos que debemos asumir si queremos ser esos ciudadanos activos y participativos que construyen un gobierno justo. Buscar ideas verdaderas significa un compromiso intelectual grande e imprescindible. Significa mantenerse informado (buscar fuentes confiables, no limitarse a los medios masivos de comunicación, hacer investigación, exigir buen periodismo, analizar y clasificar los datos obtenidos), pero también estar dispuesto a cuestionar tus propias conclusiones y a refinarlas en un diálogo honesto con quienes tengan opiniones similares y con quienes sostengan la opinión contraria.

Me interesa reafirmar que la búsqueda de opiniones verdaderas nos debe llevar más allá de los medios masivos de comunicación. En su mayoría, lo que llevan a cabo es difusión a gran escala de un mensaje unívoco, y no el intercambio real entre todas las voces involucradas en cada tema. El diálogo honesto que debemos procurar a nivel individual es también el que debe ocurrir a escala mayor: se trata de una búsqueda compartida de la verdad a través de la razón. (Para sutilezas reveladoras sobre la etimología de “diálogo” que no abordaré, leer acá.) Al respecto, me parece muy valioso un tipo de comunicación que apenas empieza a consolidarse: la comunicación para el desarrollo (o comunicación para el cambio social). En este texto, el especialista Alfonso Gumucio Dagron lo plantea así:

“Parte del problema es la confusión de categoría entre «información» y «comunicación». Persiste la costumbre de confundir los términos y de llamar, por ejemplo, a los medios de difusión masiva medios de comunicación. Se olvida que el propio término «comunicación» deriva de comunio, que significa participación. Una comunicación sin participación es información en un solo sentido. Del mismo modo, los comunicadores que no practican los fundamentos del diálogo pertenecen a la categoría de informadores.”

En el texto, Gumucio hace una clasificación de los modelos de comunicación de acuerdo a su aplicación práctica durante las últimas décadas. Con el riesgo de simplificar aún más el breve esquema que él expone, reproduzco aquí algunos comentarios (y recomiendo muchísimo que lean el artículo completo):

-Información manipuladora: la que surgió tras la Segunda Guerra Mundial por la necesidad de reactivar la industria. Muy cercana a la publicidad. La hace posible la concentración del poder de los medios en pocas manos y su consecuente capacidad de influenciar a la sociedad.

-Información asistencialista: es la versión social de la publicidad. Busca convencer (o enseñar) a la población para que adopte nuevos comportamientos en aras del desarrollo. Es una imposición amable justificada por una causa que se presume justa.

-Comunicación instrumental: muestra una preocupación sincera por el desarrollo. Reconoce la importancia del saber y la cultura local, pero no logra trasladar el centro de gravedad de las decisiones (para que no sea una imposición).

-Comunicación participativa: es la comunicación para el cambio social. Es una comunicación ética que recupera el diálogo y la participación, y busca potenciar la presencia de todas las voces que deberían estar involucradas en los procesos de decisión.

¿Un tipo de comunicación que lleve a todos los implicados a participar en la toma de decisiones? Eso rebasa la comunicación, podríamos pensar. ¿Cómo podrían los periódicos o fuentes noticiosas llevar a cabo esto? La tarea rebasa a los medios masivos de difusión, por supuesto. Pero no a la comunicación, si se involucra en acciones estratégicas. (Y, claro está, no debería rebasar por ningún motivo a los departamentos de Comunicación Social de las dependencias gubernamentales.) Gumucio enfatiza que, en la comunicación para el cambio social, el proceso es más importante que los productos. Lo que se busca no es producir un artículo, un video o un reportaje: el resultado deseado es que de hecho se realice el proceso de trabajo desde la comunidad. Un comunicador de este tipo debe conocer los temas de desarrollo, contar con experiencia directa de trabajo en las comunidades, sensibilidad para abordar la interculturalidad y visión estratégica para guiar el proceso, además de las habilidades periodísticas que se enseñan en las escuelas.

El autor sostiene que, en la fecha en la que escribió el texto (2004), no existían más de 50 especialistas en comunicación para el desarrollo en el mundo, simplemente porque la disciplina no existe aún. Sin embargo, esto no quiere decir que no exista trabajo al respecto o que muchas de las recomendaciones no puedan ser aplicadas a la comunicación que conocemos. Es un buen punto de partida para pasar por un tamiz los reportajes con los que nos bombardean a diario los medios masivos, por ejemplo. Y también es un excelente esquema para quienes estén dispuestos a colaborar de forma directa. Por ejemplo, el sitio en internet de The Communication Initiative Network reúne una gran cantidad de recursos que se han elaborado mediante procesos de comunicación para el cambio social y que están enfocados a la acción para el desarrollo. Me parece un buen inicio (junto con tantas otras plataformas que están disponibles en la red) para ejercer ese compromiso con la búsqueda de la verdad y esa recuperación del diálogo fundamentado, honesto e inclusivo, tanto a nivel individual como social.

liz-arrobaeudoxa

Un comentario en “¿Qué hacer por México? El compromiso con la verdad

  1. Dos grandes factores que prevalecen en nuestro sistema de medios de “comunicación” que no ayudan mucho son tanto la poca objetividad de la prensa, salvo contadas excepciones; como el poco o nulo interés de la sociedad por investigar la verdad más allá de lo que los medios parciales y masivos puedan comunicar oficialmente. Seguiremos inmersos en ese círculo vicioso mientras no nos involucremos y tampoco presionemos por la democratización de la prensa.

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