La rara vida del migrante

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“Uno cambia abruptamente cuando se va. La necesidad de adaptarse a una nueva realidad, a otra cultura y a otra sociedad implica retos enormes.”

Por Susana Kiehnle

Twitter: @SusanaKiehnle

 

Tzvetan Todorov, en El hombre desplazado, describe la extraña crisis de identidad que vive el migrante, ésa que le hace sentir que no pertenece del todo al lugar en el que vive, pero tampoco a su lugar de origen. Durante su estancia en París, Todorov nunca dejó de sentirse búlgaro. Regresó a Sofía varios años después esperando encontrar grandes cambios, esperando sentirse ajeno a lo que sucedía en su tierra natal después de haberse perdido un largo tiempo. Para su sorpresa, los cambios que encontró fueron menores y no le tomó más de un día volverse acostumbrar a aquella realidad y andar en ella como pez en el agua.

Lo mismo me sucedió al regresar de Ghana y, ahora, de Noruega. Un segundo y ya estaba manejando con toda soltura en esta loca ciudad. Mismas calles, mismas casas, mismos rostros. Comidas familiares, reuniones con amigos, todo prácticamente igual. Todo fluyó, todo fluye y yo con ello. Es aquí cuando viene la crisis más grande. Uno cambia abruptamente cuando se va. La necesidad de adaptarse a una nueva realidad, a otra cultura y a otra sociedad implica retos enormes. Muchas veces se pone a prueba la capacidad de rascarnos con nuestras propias uñas. Son innumerables los momentos a solas en los que se abren heridas y, en consecuencia, se sanan. En fin, un cambio enorme que permite establecer una línea entre el “yo” anterior y el actual. Y este contraste de magnitudes entre el cambio personal y el ligero cambio en nuestro lugar de origen crea un gran desconcierto. Surgen de pronto las preguntas. Pero, ¿sí me fui?, ¿sí cambié? Los recuerdos se van vistiendo de blanco y negro, y nos aferramos a ellos porque son las únicas pruebas de que hemos cambiado, de que somos sobrevivientes victoriosos del encuentro con la “otredad”.

Inicialmente, pensé en dirigir este post a aquellos que reciben al migrante. Pedirles comprensión. Suplicarles que entendieran que los que nos fuimos somos diferentes a los que regresamos. Pero, después de detenerme a pensar un poco más, quiero pedirles todo lo contrario. Sígannos tratando como si nada hubiera cambiado. Platíquennos como si nos hubiéramos visto ayer. Sigan en su dinámica diaria, en su cotidianeidad y jálennos a ella. Ríanse, lloren, diviértanse y compórtense igual, como siempre. ¿Por qué? Porque nosotros nos volveremos a ir, llegaremos de nuevo a nuestro nuevo hogar y nos volveremos a sentir totalmente de nuestro lugar de origen. Entonces, sentiremos nuevamente que no encajamos, pero esta vez de otra manera. Volveremos a los silencios, volveremos a abrir heridas y a replantearnos quiénes somos. Comprenderemos, nuevamente, que nuestra forma de pensar y de procesar se nos incrustó en la piel ahí en donde nos formamos, en donde crecimos. Buscaremos aferrarnos a nuestro lugar de origen que se nos presentará ahora en blanco y negro y que, por parecernos inmóvil, no cambiante, nos dará estabilidad. No dejen de contarnos cosas banales cuando estemos lejos. Que si se pintaron las uñas rojas o amarillas, que si la abuela perdió las llaves de la casa. Eso nos recuerda que ahí, en algún lugar del mundo, está nuestro rincón que siempre nos recibirá con los brazos abiertos, sigamos o no siendo los mismos.

Susana

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