De trenes y caminos

Foto por Harry Bloom
Foto por Harry Bloom

“El trayecto forma parte de la aventura, de la fuga y de la felicidad del viaje.”

Por Chloé Nava

Twitter: @MmeRoubaud

 

Desde que tengo memoria me ha gustado subirme al coche y emprender largos caminos. No era solamente la emoción del destino que me llenaba de entusiasmo, consideraba que el trayecto en sí valía la pena. Cuando sabíamos que haríamos varias horas de carretera mis padres planeaban los discos que escucharíamos en el auto (claro, eso era antes de la utilización y propagación del mp3 y del iPhone). La música jugaba un rol muy importante en la mera idea de salir de la ciudad; ya fuera a Teotihuacán o a Chiapas, era un asunto de alta relevancia y que requería de planeación. Otra cosa importante, y por la cual toda persona que viaje a través de las autopistas mexicanas se puede decir afortunada, son los paisajes que nos regala el país. Sus exuberantes, exóticas y coloridas montañas; las selvas, bosques, desiertos, planicies, maizales, barrancos; incluso el color de la tierra nos sorprende (así como los pueblos escondidos y mágicos que nos parecen aislados del mundo que venimos o al que vamos).

Con el tiempo he asociado las grandes distancias con algo agradable y como fuente de profundas reflexiones. Esa última parte tuve que dejarla de lado, por razones de seguridad, cuando empecé a manejar, pero no por eso la experiencia me era menos placentera: había camino, música y paisaje. Por momentos me molestaba (y sigue molestando) que interrumpieran mi silencio; a veces evito las conversaciones y estoy absorta en lo que desfila bajo mi ojos: cuando a lo lejos puedo ver la misma montaña imponente durante minutos la visión me parece una eternidad, pero si presto atención a lo que está inmediatamente cerca de la autopista, todo parece desaparecer antes de que pueda hacerme de su forma.

Todos los libros que no he escrito los he pensado en esos momentos, las canciones que no he cantado, los poemas que no he inventado e incluso la vida que apenas consigo soñar aparecen de manera clara en esos viajes. He llegado al extremo de lamentar llegar al destino, porque tenía que interrumpir la canción o mis cavilaciones. Pero pienso que esa pasión no sólo fue facilitada por mis constantes viajes, sino también por el hecho de que México es un país enorme; recorrer grandes distancias para cualquier mexicano llega a ser cosa de todos los días.

Mi último comentario no es arbitrario, responde a una de mis primeras reacciones al llegar en Francia: las distancias siempre son cortas y el tren es casi rey. Ya había usado el tren veces anteriores, en su mayoría para visitar a la familia. Me gustó mucho: la velocidad a la que iba, su tamaño, los asientos… La emoción de tomar un transporte completamente diferente al que estaba acostumbrada tuvo un gran peso en mi impresión inicial.

Sin embargo, hay muchas cosas que cambian la experiencia del viaje. Para empezar uno debe usar audífonos si quiere escuchar su música; después está la cuestión del paisaje, dada las velocidad del TGV (tren que se usa habitualmente para viajar alrededor del país), que es en promedio de 300 km/h, el desfilar de los objetos cercanos es tal que no se distinguen en lo absoluto y el de los lejanos dura menos tiempo. Los paisajes son bellos, pero les hace falta todo con lo que crecí: montañas, curvas, barrancos, túneles y puentes. Todo parece más uniforme y al final mi atención termina divida entre los pasajeros y el exterior.

El tren posee una magia inexistente en el autobús o en el coche. He aprendido a apreciarla y a dejar mi imaginación volar en él, aunque el resultado es distinto al que solía ser. Para empezar los trayectos son más cortos, a no ser que uno tenga la mala suerte de ir a un pueblo al cual es imposible llegar de manera directa. Luego un inspector llegará, tarde o temprano, a interrumpirnos sea cual sea la actividad que uno se encuentre haciendo para pedir el boleto. Y finalmente está ese sentimiento de que uno está emprendiendo un viaje importante. Quizá es porque el uso del tren me sigue pareciendo nuevo y lo relaciono con películas de detectives o de aventuras. Pero creo que realmente hay una atmósfera especial en el lugar.

De modo que puedo seguir dando rienda suelta a mi imaginación, sigo abstrayéndome del mundo y puedo ver a través de la ventana, el mundo desfilar. Sin embargo, la nueva comodidad me permite soñar menos y volver realidad las cosas que pasan por mi mente. Saco la mesa replegada en el asiento frente al mío y mi pluma cobra vida. También sucede que lea, pero siempre me acompaña un lápiz, y sí, soy de las que dejan pequeñas notas en sus libros. Me duele también, por momentos, que el camino sea tan corto y a menudo no siento el tiempo pasar.

Me falta explorar estas tierras, en toda su dimensión, descubrir las pequeñas rutas, que como en México, definen la relación del viajero con el lugar. El trayecto forma parte de la aventura, de la fuga y de la felicidad del viaje. Lo que no significa que cuando se toma el avión, por ejemplo, el viaje tenga menos valor. Sólo se debe conceder que el acento está en economizar el tiempo y que inevitablemente uno corre el riesgo de perderse de todo lo que rodea el destino al que se va, las transformaciones del espacio y la impresión que provoca en nosotros.

Me pregunto cómo vive el mundo estos desplazamientos, si el aumento de medios de transporte, el crecimiento de las ciudades (con su tránsito y desplazamiento masivo de personas), así como las mudanzas, cada vez en aumento, de nuevas familias, han hecho que la visión del trayecto cambie o sea completamente diferente a como la vivo yo.

Acapulco no es sólo Acapulco: son seis horas de automóvil, de música, de reflexiones y por qué no, de conversaciones y posibles miradores. Del mismo modo, París no es sólo París, es la tensión de presentarse a tiempo en el andén, encontrar el vagón y lugar, sentarse y dejarse llevar a toda velocidad entre los pueblos y campos de maíz o trigo.

Actualmente vivo en Lille, una ciudad colocada en el centro de Europa, como se escucha a menudo decir por estos rumbos. A diez kilómetros de Bélgica, a una hora de Alemania y de Inglaterra, un poco menos de Luxemburgo y todo esto en coche o en tren…vivo en un sitio extremadamente comunicado y no puedo evitar sentir cierta extrañeza al darme cuenta que puedo cruzar sus fronteras en poco tiempo. Pero reconozco que estoy descubriendo una nueva magia, que se suma a todos los recuerdos de México. Después de todo salir de la patria es también un viaje y lo estoy viviendo de la única forma que sé hacerlo: gozando el camino.

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