Crear (y conservar) los momentos para compartir

juego

“Todos somos humanos, todos necesitamos encuentros personales y, por lo tanto, todos debemos celebrar una vida compartida con los demás.”

Por: Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

Hemos llegado a ese momento del año en el que todos hacemos un alto al trajín y recordamos con gusto la importancia de la familia y los momentos de convivencia que en Navidad y Año nuevo nos permitimos disfrutar.

Hace unas semanas pude asistir a la celebración del primer domingo de Adviento con la familia de mi esposa. Es una tradición muy bonita, profundamente familiar, en la que el encuentro con el otro se da de manera natural y cálida. En estricto sentido es un con-vivio, un vivir con las demás personas un momento de alegría y unión, es decir, un permitirnos compartir la vida con los demás.

Quizá por eso estas fechas se vuelven tan importantes en el mundo (y, a ratos, tan melosas). Diciembre es el mes, al menos en el mundo occidental de tradición cristiana, en el que damos espacio a encuentros personales con otras personas que, muchas veces, están lejanas a nuestra cotidianidad.

Siendo seres sociales por naturaleza y teniendo una inclinación natural a la conformación de grupos humanos (familias, clanes, sociedades…), estos momentos de convivencia y trato humano nos son sumamente necesarios, pues como dice Susana en este post “al decidir tener un encuentro con el “otro” se nos abre el horizonte y podemos pasar de la ignorancia de la intolerancia a una empatía genuina”. Encontrarnos con nuestra gente, con los otros que no soy yo, nos da un horizonte que nos permite interpretarnos más y mejor como seres humanos, como hombres y mujeres llamados a entablar una profunda relación social.

Este horizonte y este llamado a la convivencia nos exige un ejercicio constante de salir de nosotros mismos. Un ejercicio cansado y desgastante, pero que nos permite romper vicios del pasado y construir nuevas y mejores realidades. Insisto: quizá por eso este momento de celebración decembrina está tan arraigado en nuestra sensibilidad: las fiestas de este mes, tanto religiosas como no, son espacios que tenemos para abonar a esta convivencia que nos hace más humanos y, por lo tanto, más felices.

Sin embargo, no deberíamos reducir estos espacios de encuentro a dos o tres fiestas anuales. Nuestra naturaleza humana nos reclama momentos así todos los días, todas las horas. Incluso dentro del ambiente laboral.

Hace un par de semanas tuve la suerte de compartir un momento de la rutina laboral de Eudoxa con una persona que estimo mucho, pero que no pertenece a nuestra empresa. Su visión “desde afuera” me hizo reflexionar mucho sobre cómo es la vida dentro de nuestras oficinas.

Lo primero que me llamó la atención fue que llegó justo en el cierre del mes (¡días horribles para cualquier empresa!) y, por lo tanto, todos estábamos metidos en cierres de cuentas, revisiones administrativas y de cartera de clientes, etcétera. Pero, justo porque llegó, los consultores hicimos algo que para nosotros es normal: detuvimos un momento nuestras actividades y Alejandro (un becario que nos ayuda en el área de formación) y yo lo invitamos a jugar un poco de basket-ball informal en el patio.

¿Atentamos contra la productividad y la seriedad de nuestro trabajo por hacer este paréntesis? No. Al contrario: abonamos a un modo de relación que nos importa, una relación con las personas que va más allá de su productividad y que, al final del día, le da mucho valor a nuestro trabajo en Eudoxa: una relación en el ocio.

Quizá el momento de mayor reflexión llegó cuando el balón “se voló” y fue a dar detrás de un gran arbusto de jazmín. Como Alejandro lo voló, a él le tocó sacar el balón, por lo que tuvo que ir por una escoba y meterse entre las ramas. La sorpresa de nuestro invitado fue sincera: ¡¿cómo nos atrevíamos a darle una escoba a Alejandro?! ¿No estaríamos explotándolo o tratándolo indignamente por ponerlo a hacer eso, en lugar de aprovechar sus horas en la oficina para que realizara el trabajo por el cual lo llamamos y para el cual ha estudiado una licenciatura?

La respuesta es escandalosa, pero firme: no. Ni lo explotamos, ni lo tratamos indignamente, sino todo lo contrario. La convivencia en las labores simples nos hace un equipo más cercano, más humano. Ese partido de basket, como las fiestas navideñas, nos permite una convivencia cercana y un encuentro que abre nuestro horizonte. Que un becario o un socio consultor de Eudoxa tengamos la costumbre de jugar y de tomar una escoba cuando es necesario ha permitido que en nuestros cinco años no sólo formemos un negocio exitoso, sino, sobre todo, un equipo de personas cercano y preocupado por los demás.

Nuestro visitante viene de un mundo corporativo mucho más vertical en su jerarquía y formal en su trato. No tiene nada de malo, pero el problema de hacer muy radicales estas formas de trato es que tanta verticalidad y formalidad pueden convertirse en vicios terribles de corrupción y abusos que deshumanizan a cualquiera.

Es necesario crear y conservar momentos para compartir y para fomentar nuestra sociabilidad, no importa si somos una consultora, un despacho de abogados o un taller artesanal. Todos somos humanos, todos necesitamos encuentros personales y, por lo tanto, todos debemos celebrar una vida compartida con los demás.

Juan José

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