Un poco de mostaza por todas partes

dijon

“Conocer el país que se habita y disfrutar de los pequeños y grandes placeres que tiene que ofrecernos es la mejor manera de expandir nuestros horizontes.”

Por Chloé Nava

Twitter: @MmeRoubaud

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El día empieza con un croissant, unos cuantos botecitos de mermelada, un café y vista a la avenida que da a la estación de trenes de Dijon. Sí, leyeron bien, Dijon es esa palabra que solemos ver en la mostaza francesa, esa mostaza que no perdona si nos pasamos de una gota y se nos sube a la nariz. Pues Dijon es un lugar al este de Francia, una pequeña y limpia ciudad de Borgoña, sitio donde se produce un vino con una gran personalidad (no apto para no bebedores de vino).

Y sí, en Dijon es un orgullo decirse y saberse productores de la mejor y más amplia variedad de mostazas imaginables. Incluso se puede desayunar con mostaza sabor miel o cocoa, sabores atrevidos y maravillosamente atinados. En tren se hacen dos horas desde París, el cambio en la calidad del aire se nota con tan solo bajar del vagón, y las calles se encuentran tan limpias que no puedo dejar de llamar su atención a ese hecho… Se respira con tranquilidad y a cada esquina uno puede encontrarse una casa con influencia de Flandes o de Normandía o una iglesia.

También se puede visitar el palacio de los duques de Borgoña, cuyas tierras eran independientes a Francia, teniendo a este país como enemigo y por aliados a los ingleses durante la guerra de los 100 años. Este palacio es hoy el museo de las bellas artes. En él no sólo encontramos a sus antiguos dueños: Jean-sans-Peur, Philippe-le-Bon y Charles-le-Téméraire, sino una colección de retratos, cuadros paisajistas y arte sacro, así como armas y armaduras medievales.

La impresión que provocan las espadas de más de metro y medio es indescriptible. ¿Cómo levantaban la espada sin perder toda fuerza para poder golpear? O, simplemente, ¿cómo podían levantar una espada de ese tamaño? Se exhibían otras armas, del mismo largo, mazos llenos de picos, hachas peligrosas por el frente y por detrás…sigo bastante impresionada.

También hay un museo de arte contemporáneo, pero éste cierra temprano los sábados y me tardé tanto viendo lo antiguo que al final tuve que conformarme con lo que había visto. De noche y de día la ciudad cambia drásticamente, es otro de los atractivos de estas pequeñas ciudades. Mi visita inició el viernes por la noche, por lo que el sábado por la mañana, después de mi rico desayuno fui al mercado; ahí tampoco había mugre en el suelo, ocupaba un par de calles y un recinto en el que comerciantes con productos cercanos a lo que encontramos en el mercado de San Juan (en el Distrito Federal). Grandes cortes de carnes, deliciosos quesos y vinos que se pueden degustar in situ; panes, conservas de todo tipo, mucha mostaza y gente amable.

En esos momentos lamento no viajar con mi casa a mis espaldas: habían tantas cosas que comprar para cocinar y descubrir…, pero el viajero a veces debe sacrificar unas cosas y contentarse con el festín idílico que tanta mercancía sugería. Eso sí, tomé un poco de vino caliente, para sentir que no me iba así sin más, con las manos vacías.

En la noche la mayoría de los negocios cierran, pero podemos descubrir en una de las plazas una rueda enorme, presente en la mayoría de las ciudades francesas. Si uno quiere ver su región desde lo alto, hay que subir a esta rueda, sin embargo, más vale ir bien cubiertos ya que el viento pega más duro en las alturas. En esa misma plaza encontramos una serie de cabañas con más productos, esta vez navideños, más vino caliente, chocolate caliente y churros…esa especialidad tan ligada en mi mente a Coyoacán y hasta ahora imbatible.

Del lado de la gastronomía, además de mostaza, dos restaurantes me deleitaron el paladar y, como siempre, fue el bistro o restaurante tradicional el que se llevó la delantera. El segundo lugar fue para uno de mayor tamaño y se podría decir más formal. Lo que me encanta del bistro es que tiene ese ambiente regional que varía de lugar en lugar, desde los clientes que normalmente asisten, hasta la atención particular del dueño. El segundo tiene instalaciones quizá más a la moda e intenta adaptar lo regional al gusto de los extranjeros (así como darle un toque original a lo propio para los regionales). Prefiero lo primero, desde siempre.

Mis platillos fueron: andouillettes, un tipo de salchicha de cerdo con un sabor particular que se come con una salsa de mostazas, y tartare, especialidad francesa que consiste en carne cruda y marinada. Ambas cosas me dejaron muy contenta y con ganas de volver a comerlas.

Conocer el país que se habita y disfrutar de los pequeños y grandes placeres que tiene que ofrecernos es la mejor manera de expandir nuestros horizontes. ¡Gracias Dijon!

 

 

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