El hábito de valorar lo bueno

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“Creo que hoy en día no se valora mucho la inocencia que da la bondad -pues se le ve como ingenuidad-, pero es importante rescatarla si queremos construir una mejor sociedad y un mejor país.”

Por Emilia Kiehnle

Twitter: @e_kiehnlem

Me tocó el privilegio de ser la primera en desempolvar mi pluma abandonada por las vacaciones decembrinas para escribir el primer post del año en el @Eudoxa. En la teoría, éste podría ser un texto como cualquier otro de los varios que he escrito. No hay una regla específica sobre “cómo escribir el primer post del año”, ni expectativa alguna que me limite en la elección del tema o del tono de mi escrito. Sin embargo, siento la necesidad de darle a este texto un carácter de inicio que genere perspectiva: quiero empezar una nueva conversación e invitar a mis compañeros lectores y escritores a dejar de enfocarnos en los problemas (de nuestro país, del trabajo, personales) que dejamos pendientes antes de entregarnos al jolgorio de las fiestas, y pensar un momento sobre las bondades que hemos recibido en nuestra vida y que nos han hecho las personas que somos hoy.

Por lo general, este ejercicio se hace al revés y de manera limitada: todo mundo cierra el año haciendo un recuento de las cosas que vivió y aprendió, y agradeciendo a todos los que estuvieron presentes en el mismo, y empieza el año nuevo con una serie de objetivos y una renovada determinación.

Lo que yo propongo va un poco más allá de hacer el simple recuento de un solo año; se trata de hacer una sincera valoración de lo bueno que hay (y que ha habido) en nuestra vida, pues creo que solamente aprendiendo a ver y a apreciar lo bueno como un hábito, y no sólo como un ejercicio esporádico, es como se logra mantener un sentido de vida (y, por lo tanto, de cumplir con nuestros propósitos y de generar cambios verdaderos).

Esta reflexión surgió a partir de una reunión que tuve recientemente con mis compañeras de la preparatoria, so pretexto de festejar la Navidad, pues recordé lo importante que fue la etapa que pasé con ellas para generar este hábito de valorar lo bueno. Antes de entrar a estudiar la prepa, yo padecía -como muchas otras personas- del vicio de ver lo malo, es decir, de estar encontrando y criticando todo el tiempo las cosas que están mal en el mundo. Y lo peor del caso, es que lo veía como una virtud. Me sentía un poco superior a los demás porque yo había sufrido mucho y, por lo tanto, tenía la capacidad de distinguir el sufrimiento y el dolor en un mundo donde algunos vivían tranquilos y despreocupados en su burbuja color de rosa. De alguna manera, ser infeliz me hacía sentir más consciente de la realidad, más madura, menos “engañada” por la aparente comodidad.

Entré a la perparatoria llena de dolor con la vida y despreciando a mi escuela y a mis compañeras por considerarlas unas inmaduras e inconscientes. Sin embargo, a punta de cariño, amistad y buenos tratos, me fueron domando. Hoy en día tengo recuerdos y amistades muy bonitas de mis años ahí. Creo que fue en la prepa donde aprendí que la gente puede ser buena y la vida muy agradable, y eso está bien, porque es igualmente -o incluso más- real que lo malo.

Para las personas que saben ser felices, esto puede sonar un poco ridículo, pero así pasa: cuando uno sufre se siente con el derecho de decir que la vida “real” es horrible y dura, y que quien viva de manera tranquila y feliz está engañado, no quiere ver la realidad o es un ingenuo.

Es cierto que en algún sentido la famosa “burbuja rosa” sí existe: es cierto que una gran parte del mundo es muy diferente a la tranquilidad y al cuidado que yo viví en esa escuela, pero no creo que por eso sea menos real o que sea algo que se pueda o deba despreciar. Creo que esa inocencia, esa bondad, es muy valiosa y vale la pena defenderla, preservarla y, sobre todo, transmitirla. No hay que sentirse avergonzado de no haber sufrido ciertas cosas o de no conocer ciertos “mundos”, al contrario; hay que sentirse agradecidos por haber sido cuidados y educados y eso debe motivarnos a lograr que otras personas menos afortunadas que nosotros puedan acceder a esa clase de experiencias. No hace falta pasarla mal todo el tiempo para madurar o para hacerse “conocedor de la vida”. Se puede ser feliz y ser una persona íntegra y madura a la vez.

Tener una buena vida te prepara para afrontar el sufrimiento, porque sabes que sólo se trata de aguantar, sabes que hay algo por lo que vale la pena seguir intentándolo. Una vida buena nos permite ver lo bueno del mundo y trabajar por multiplicarlo.

Creo que hoy en día no se valora mucho la inocencia que da la bondad -pues se le ve como ingenuidad-, pero es importante rescatarla si queremos construir una mejor sociedad y un mejor país. Conozco a mucha gente con vidas de muchísimo dolor innecesario, de mucho sufrimiento que se pudo haber evitado y que no aporta mayor cosa. El dolor por sí mismo, no construye nada: para hacer algo de verdad, es necesario construir desde lo bueno. Y para eso, es indispensable conocer lo bueno, saber que existe, cómo es y que vale la pena trabajar pacientemente para construirlo.

De adolescente pensaba que era más sabia por saber ver el sufrimiento. Ahora entiendo que la gente es realmente sabia cuando ha aprendido a ver la bondad.

Emilia

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