¿Cómo nos recordarán quienes nos recuerden?

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“No sé si es por algún desastre psicológico que sufra, pero me preocupa honestamente lo que en un futuro lejano se dirá de mí y de los míos. Acaso sea demasiada megalomanía. Pero no me conformo con un futuro gris, creado por alguien más.” 

Por: Juan José Díaz

Twitter: @zoonromanticon

“Pero donde está el peligro, crece también lo salvador” – F. Hölderlin

Acaba de terminar un año más en la historia. Acaba de comenzar, como aurora, un nuevo ciclo anual y aunque el día sea común y cualquiera como todos los demás, nos encontramos con un sentimiento que nos permite abrirnos a la experiencia de cosas nuevas.

Quizá por ello el primer mes del año está inundado de propósitos personales, familiares, profesionales… propósitos que se evaporan como el rocío bajo los primeros rayos del día. Propósitos que, como tales, son deseos que rara vez terminan de parir sus resultados.

Por eso este año no quise pensar en propósitos. El ejercicio que hago (y que comparto con ustedes) es pensar en mí hoy como si me viera otro dentro de muchos, muchísimos años. Este ejercicio fue provocado por una lectura que les recomiendo encarecidamente: La Iliada, de Homero, de Alessandro Baricco. ¿Qué cantarán de nosotros, hombres y mujeres contemporáneos, los rapsodas del futuro lejano? ¿Qué dirán de ti y de mí cuando nos recuerden, si nos recuerdan, los hijos de nuestros hijos? ¿Cómo nos recordarán quienes nos recuerden?

Somos viajeros del tiempo. Somos un breve suspiro de vida humana. Somos la pluma de nuestra propia historia. Pero nunca seremos los que cantaremos nuestras hazañas, ni nuestras tragedias, ni siquiera los aciertos o fracasos. Tenemos, pues, la responsabilidad de hacernos brillantes u opacos, dignos (o no) de ser recordados en aquellos los siglos que jamás veremos.

Para los helenos, los hombres podían ganarse una vida digna de ser recordada por sus hazañas o perderse en los laberintos del olvido por llevar una vida gris, simplona. Esa es la tragedia de Aquiles, el divino hijo de Peleo: puede hacerse una historia digna de contarse, luchando contra los troyanos, viendo morir amigos y enemigos y morir pronto, sin regresar jamás a su hogar… o puede regresar a su hogar, pero ser aplastado por el vacío de un recuerdo que jamás lo recordará. Su tragedia es nuestra tragedia: podemos dejarnos de quejas y lloriqueos en la comodidad de nuestro hogar (la mesa del café, las redes sociales, la charla amistosa… lo mismo da) y atrevernos a luchar contra Troya aunque nos acusen de locura y perezcamos en la contienda, o podemos abrazar la mediocridad del hombre que no merece ser recordado.

***

Pensemos que hubo una guerra en Troya. Imaginemos que, de verdad, helenos y troyanos se enfrentaron y que su gesta se contó por generaciones hasta que alguien la plasmó en papel. Seguramente no ocurrió como la narra Homero, ni como la narra Baricco. Pero, ¿qué ocurrió entonces, que a la fecha son un recuerdo vigente? ¿Cómo eran Aquiles y Menelao y Héctor y Ayante y Sarpedón y el divino Odiseo?

Pensemos que hay un mundo en el que vivimos. Imaginemos que, de verdad, mexicanos y ciudadanos del resto del mundo, estamos contando una historia, nuestra propia historia. Quizá no sea la narración de una batalla épica con dioses y héroes, pero es nuestra historia. Dentro de cinco mil años narrarán, si la narran, nuestra historia. ¿Qué ocurrió en nuestro mundo de hoy que vale la pena ser contado? ¿Quienes somos los hombres y mujeres que nos atreveremos a ser Aquiles y Menelaos, y Héctores y Ayantes y Sarpedones y divinos Odiseos?

***

No sé si es por algún desastre psicológico que sufra, pero me preocupa honestamente lo que en un futuro lejano se dirá de mí y de los míos. Acaso sea demasiada megalomanía. Pero no me conformo con un futuro gris, creado por alguien más. Por eso no me satisfacen los propósitos de año nuevo: son un ensueño, una ilusión de que haremos algo. Son fantasmas, sueños (¿pesadillas?) que nos susurran al oído mentiras malditas sobre los kilos que perderemos, los centavos que ahorraremos, las amistades que visitaremos y los libros que leeremos. Son tan falsos como los sueños de Príamo donde veía -seguramente- una Troya triunfante.

Alguna vez leí -si recuerdo bien- un texto de Ángel Gabilondo que espetaba algo así: “Basta de supuestos salvadores, basta de estas salvaciones que no son sino buenas intenciones, estratagemas, apariencias inconsistentes para el hombre amenazado(…)”. Es una paráfrasis de este otro texto de Heidegger: “por buenas que sean sus intenciones, toda salvación por medio de alguna estratagema sigue siendo para el hombre amenazado en su esencia, a lo largo de su destino, una apariencia inconsistente”.

No, los propósitos no me satisfacen. Son tretas que nos hacemos y en las que nos gustaría caer.

Me llama la atención mucho más la perspectiva helena: el llamado radical al riesgo, a la aventura. El llamado ardiente a intentar lo que parece imposible: dejar de criticar y llorar, superar el propósito de cambiar al mundo y abrazar el reto de crearlo. Un mundo impactado por la pisada firme de hombres y mujeres tan simples como yo… tan simples como Aquiles o Héctor… como Disney y Edison… como Mandela y Aung San Suu Kyi…

El año 2015 arrancó apenas hace 7 días. ¡Cuánto tiempo se nos viene encima, como el mar furioso! ¡Cuánto tiempo fluirá por nuestro ánimo! Mas, ¿cuánto de todo este tiempo ocuparemos en escribir nuestra historia, nuestro recuerdo?

(Nota: Aquiles, sentado junto a las naves, haciendo berrinche, dejó que sus amigos y hermanos cayeran al abismo de la muerte… Aquiles sentado no es el héroe. Aquiles sentado es el hombre mediocre, gris, opaco que no merece historia. El héroe es el pélida aprovechando el tiempo en ganar, para la posteridad, la batalla contra Héctor)

***

¿Cómo nos recordarán, si nos recuerdan, quienes nos recuerden? ¿Qué dirán de ti y de mí dentro de mil años nuevos? ¿Será nuestra vida parte de la memoria o del olvido?

Y más importante aún: ¿podremos alcanzar a ser plenamente lo que somos -y salvarnos- si no somos dignos del recuerdo?

Juan José

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