Comienzos infinitos

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“Por eso es preferible (…) despojar a los lunes de su importancia, liberar a los diciembres de sus finales, hacer de un día cualquier un buen día para comenzar.”

Por Diego Solares

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Todo es un comienzo. Si fuésemos capaces de asimilar esta simple y abrumadora realidad, no podríamos, seguramente, comenzar nada. Necesitamos un lunes que sea el monopolio de la semana: un límite, como los números repetidos del calendario, que nos proteja de la deriva y nos arraigue en la rutina.

La existencia de los lunes nos permite creer que una semana comienza y que otra ha terminado: comprobar, por ejemplo, que lo hecho, hecho está, y que un lunes es siempre un buen día para los proyectos. Los miércoles en cambio, difícilmente están para empezar las dietas o el ejercicio o el ritual para el abandono de un vicio: sin los lunes todo sería más incierto. Los miércoles son insuficientes.

Es por eso seguramente que celebramos los comienzos y los finales: para recordar que trescientos sesenta y cinco días, con sus veinticuatro horas de cada día y los sesenta segundos de cada hora, es lo máximo que podemos soportar para la llegada de un final. Hay años –todos los hemos vivido- que cuando terminan festejamos que se vuelvan parte del pasado, en los que llegamos incluso a creer que no sobreviviríamos a él. Hay otros años que son tan maravillosos que nos duele su final; maldecimos entonces al tiempo sin comprender que dicho año fue posible porque incluía un final. Trescientos sesenta y cinco días, para bien o para mal, es nuestro límite: de vez en cuando, es verdad, nos atrevemos con un día más.

La física cuántica nos ha ofrecido la oportunidad de pensar, sin parecer locos por ello, en los universos paralelos: varias realidades que suceden al mismo tiempo. Si uno lo piensa con detenimiento, es un elegante placebo para el alma: así que hay otro ‹‹yo›› menos triste –nos decimos a nosotros-; alguno estará haciendo turismo, seguro que en alguna realidad nunca abandoné el baloncesto; así que entre mis yoes, concluimos, hay uno que es escritor. O, si eres afortunado, estás pensando entre todas las vidas posibles, desde una vida feliz. Los universos paralelos reconfortan tanto si eres feliz como si no lo eres.

Uno de los problemas de pensar en los universos paralelos es tener que aceptar que habrá una realidad en que, paradójicamente, dichos universos paralelos no funcionen, o incluso no existan, y en su lugar aparezca la idea de un ‹‹eterno retorno›› como el de Frederich Nietzsche: imaginemos que no sólo no hay otras realidades, sino que la única que tenemos la viviremos –la estamos viviendo- eternamente, con todos sus pensamientos e ideas, todo se repetirá, incansablemente: este café amargo y frío lo beberé siempre, una y otra vez, un día de enero mientras escribo sobre Nietzsche. Surge la pregunta: ¿si viviré una y otra vez cada instante de mi vida, siempre igual, no debería hacer de cada instante algo único, algo que valga la pena repetir para siempre? Me gusta el café amargo y nada frío –lo he calentado por si las dudas- y me gusta escribir sobre Nietzsche. Sin embargo, la idea de un ‹‹eterno retorno›› se puede convertir en el cruel y desolador mito de Sísifo: eternamente sufriré porque he sufrido, cargaré con una piedra porque hay sobre mis hombros una piedra. Y entonces maldigo todo, incluso el café caliente.

El problema de Sísifo es que siempre tiene que comenzar, o, si se quiere, que nunca termina lo que comienza, mientras que en Nietzsche no sólo los instantes tienen finales, sino que están cargados con el peso de nuestras vidas infinitamente repetidas, es decir, finales que siempre finalizan; en esencia las dos cosas son lo mismo.

Por eso es preferible no profundizar demasiado, o quedarnos en un punto intermedio, como el que nos sugiere Antonio Machado al decirnos que ‹‹hoy es siempre todavía›› y, llevando como estandarte la verdad del poeta, despojar a los lunes de su importancia, liberar a los diciembres de sus finales, hacer de un día cualquier un buen día para comenzar. Pero sin exageración, todo con límites, con sutiles finales. De lo contrario, llegará el día en que no soportemos que siempre sea un buen día, en que nuestra vida monocorde implore un contraste: un día que no sirva para comenzar. Y es que para saberse feliz uno tuvo que saberse triste.

Somos afortunados de no poder asimilar que todo es un comienzo, o que todo es un final, de no poder llevar hasta sus máximas consecuencias las palabras el poeta. Somos afortunados de creer en la verdad de la semana que nos enseña que después del siete llega el uno.

 

semblanza diego

3 comentarios en “Comienzos infinitos

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