La cartografía de los días

fiona watson

“Ante esa temida sucesión de días similares, hay quien apela a las celebraciones y los festejos. Algo así como parteaguas o hitos temporales, como si el tiempo se extendiera en un plano y en él se irguieran monumentos o puntos de referencia que orientan el caminar.”

Por Elizabeth G. Frías

Twitter: @elinauta

 

En el cumpleaños más reciente que celebramos en la oficina, con pastel y café improvisados sobre los escritorios, escuché el comentario de que conforme avanzan los años, el tiempo parece transcurrir más aprisa. “Los días de la infancia eran mucho más largos”, dijo alguien, “en cambio ahora, antes de que te des cuenta ya pasaron meses, años”. Yo no sé a qué se deba, pero es cierto que últimamente las semanas se escurren como agua. ¡Otra vez es jueves!

A inicios de enero Diego Solares concedía que los días de la semana y sus rutinas correspondientes “nos protegen de la deriva” y nos sirven de asideros ante el implacable avance del calendario, y más adelante nos recordaba que cualquier día es buen comienzo o buen final sin importar el nombre que lleve. Pero sin exagerar, decía, pues un tiempo repleto de grandes inicios a diario sería tan monótono como insoportable:

“Por eso es preferible no profundizar demasiado, o quedarnos en un punto intermedio, como el que nos sugiere Antonio Machado al decirnos que ‹‹hoy es siempre todavía›› y, llevando como estandarte la verdad del poeta, despojar a los lunes de su importancia, liberar a los diciembres de sus finales, hacer de un día cualquier un buen día para comenzar. Pero sin exageración, todo con límites, con sutiles finales. De lo contrario, llegará el día en que no soportemos que siempre sea un buen día, en que nuestra vida monocorde implore un contraste: un día que no sirva para comenzar. Y es que para saberse feliz uno tuvo que saberse triste.”

Ante esa temida sucesión de días similares, hay quien apela a las celebraciones y los festejos. Oliver Burkeman, columnista de The Guardian, los llama “temporal landmarks, algo así como parteaguas o hitos temporales, como si el tiempo se extendiera en un plano y en él se irguieran monumentos o puntos de referencia que orientan el caminar. Quienes hayan practicado la lectura de mapas con brújula podrán entenderlo así: una vez definida la dirección (el azimut) –digamos 30° NE–, buscamos con la mirada un punto de referencia que se encuentre cerca del horizonte, como una montaña alta o un conjunto de rocas de silueta reconocible, y entonces echamos a andar hacia allá. A partir de entonces, el camino tiene sentido por esa montaña, y cada paso es significativo porque acorta la distancia hasta ella. Los parteaguas temporales más importantes funcionan de la misma manera. El nacimiento de un bebé, el cumpleaños número 15 o número 18, la graduación de la universidad o algún logro relevante son ese punto en el horizonte que da dirección y significado al transcurso de los días y anima a no desistir en el camino.

Por supuesto, hay puntos de referencia menores que también aparecen en el mapa: las fiestas navideñas, las vacaciones de verano o, simplemente, el inicio de las semanas y los meses. Estos hitos forman el paisaje, ese lago o mirador en el que nos detenemos un momento a reponer fuerzas antes de volver a emprender la marcha hacia un objetivo mayor. Y hay puntos de referencia hechizos, levantados con nuestras propias manos con gestos, festejos o rituales que celebran el camino andado. Pero estos hitos menores no son sólo decorativos: cambian nuestra experiencia del tiempo y fijan nuestras memorias. El trayecto se dibuja gracias a ellos: es más fácil recordar lo que sucedió inmediatamente antes de llegar al lago o la zona complicada que atravesamos.

Aun así, cuando los puntos de referencia son muy lejanos o el camino da vueltas en círculos, el tiempo se vuelve tedioso y largo, o corto y abrumador. Quizá sea que esa montaña que el mapa indica que debemos alcanzar no es realmente el sitio al que queremos llegar, o tal vez ya no representa ningún reto y conocemos el camino a la perfección: el mapa se vuelve tan inútil como un pliego de papel en blanco. Tal vez ese mapa y esa brújula no corresponden con nuestro andar y es necesario desempolvar los instrumentos cartográficos. Encontrar una brújula que responda a otro Norte. ¿Existe tal cosa?

En el libro que leo en estos días, La mano de la buena fortuna de Goran Petrovic, un joven llamado Anastas descubre que al leer un libro y deambular por los sitios que describe se encuentra con todas las personas que estén leyendo las mismas líneas de forma simultánea. Puede recorrer los lugares que el autor narra, pero también adentrarse más e interactuar con esos pocos lectores que desvíen la vista de las letras y puedan devolverle la mirada. Ahí el tiempo transcurre distinto, es un tiempo dentro de otro. Y las manecillas del reloj de pulsera que su padre le dejó al morir y que en el mundo real están detenidas desde hace años, ahí dentro vuelven a girar, animadas por ese otro transcurrir que no es el de afuera.

Por supuesto, tanto el ejemplo del reloj como la de la brújula son metáforas de fantasía que buscan hacer tangible un sentido difícil de nombrar de contornos indefinidos. Pero ya lo dijo Emilia, la literatura fantástica es otro modo de acercarse a la realidad. Si los mapas (o los calendarios) son fieles a “lo real”, podría haber también mapas y brújulas que son fieles a “algo más profundo”, como en la cita de Borges que ella menciona. Cada uno sabe si al seguir la dirección marcada hacia determinado punto su reloj de pulsera corre como debería o se atora tercamente. Cada uno sabe si en su bolsillo hay una brújula cuya aguja apunta hacia un horizonte distinto.

En mi caso, como decía al inicio, últimamente los días se me escurren entre los dedos. Quizá sea por eso que tengo esta necesidad apremiante de fabricar hitos, de inventar inicios y mapas de ruta. Pero sé que mi reloj echa a andar cuando detecto una fuente, una cascada o un manantial que de ninguna forma son externos. Una inundación, una llave que se abre. Entonces los días no se escurren, sino que siguen el curso de ese caudal de agua que traza sobre el mapa su trayecto e inaugura atajos hasta unirse con el mar.

liz-arrobaeudoxa

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