Confesiones de una extranjera

jacarandas

“Si no aceptamos lo otro no hay manera de aceptarse a uno mismo, la humanidad no es una masa homogénea de culturas ni personas.”

Por Chloé Nava

Twitter: @Mmeroubaud

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Puedo decir que extraño las jacarandas, la peculiar luz que ilumina la Ciudad de México, extraño comer alegrías y ver palmeras a lo largo de Avenida Reforma y de Palmas.

Extraño los edificios del Centro Histórico, el contraste entre su magnificencia y el abandono en el que se han dejado las colonias que lo rodean. Las paredes coloridas y el exceso de sonidos en cada lugar.

Me hace falta ver un cielo más azul y un sol más brillante. Añoro aromas, sonidos, rostros e imágenes. Mi memoria enaltece cada impresión en mi mente y no puedo dejar de preguntarme si al volver veré la misma Ciudad.

No es que no me haya adaptado al viento gélido ni al pálido verde de los árboles. Tampoco que la arquitectura flamenca me disguste, pero no habla por mí, no dice aún nada que me sea realmente familiar. Me parece que cuando uno nace y crece en una ciudad se enamora de ella sin realmente saberlo. Le da importancia a cosas que probablemente nunca se hayan tomado conscientemente en cuenta y adquiere costumbres, casi rituales, para atravesarla. La ciudad por sí misma tiene una historia, y nosotros entablamos una relación histórica con ella.

Los rostros de la gente en el metro, en el autobús, en el cine, en el mercado, en la escuela; los acentos, la manera de reír y de emitir la voz; el bullicio de la calle, el vendedor de gas, etc. Mi cerebro, confundido, sigue buscando tan siquiera la sombra de todo lo que siempre conoció.

Pero soy de una naturaleza inquieta, y en mi hermosa ciudad tampoco me he sentido siempre totalmente parte del cuadro. De mi nacionalidad estoy segura, pero ese hilo de sangre francés que corre por mis venas nunca me dejó sentirme plenamente en mi lugar. El hecho de haber tenido el privilegio de elegir una licenciatura vista como “no productiva” como la filosofía; mi pasión por la literatura, música y cine foráneo; y mi viejo hábito por querer estar presente en todo y en ninguna parte, acentuaron mi sentimiento de extraña pertenencia.

Ahora me encuentro del otro lado del océano, incapaz aún de decirme francesa con la franqueza y el orgullo que me digo mexicana. Camino sobre una cuerda floja. Todo adquiere otras dimensiones, incluso en mi facultad; la visión de la historia mundial entre mis compañeros del master difiere en la noción que tenemos del significado de la conquista, el progreso y la civilización. El diálogo siempre está abierto y no deja de ponerme en un punto de alta vulnerabilidad, pues veo a mi país a través de ojos extranjeros y a la vez desde mis propios ojos; mis pensamientos y emociones sufren, por lo tanto, grandes movimientos.

México atrapado en la bruma de un pasado místico, autor de muchas fantasías e ilusiones sobre su lugar en el universo y el de sus habitantes. País en desarrollo desde hace casi 100 años, nación en potencia desde siempre, cargando un lastre colectivo, viviendo una adolescencia demasiado larga.

De manera interesante el Laberinto de la soledad de Octavio Paz inicia con una frase de Antonio Machado en la que el proceso de identidad, es decir el reconocerse, implica siempre reconocer al otro. Si no aceptamos lo otro no hay manera de aceptarse a uno mismo, la humanidad no es una masa homogénea de culturas ni personas. Pero lo otro no se deja eliminar; subsiste, persiste; es el hueso duro de roer en que la razón se deja los dientes. Abrazar lo otro puede acercarnos a lo propio. Aunque en mi caso debo quizá cavar más hondo porque lo otro y lo propio me habita, donde sea que esté.

Escribe Octavio Paz en el Laberinto que en México, se trate del viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. La apertura y el saber recibir de los mexicanos podrían ser una mera apariencia, una bienvenida a medias. Lo que está tras la máscara es invisible al otro y a quien la lleva puesta. Lo auténtico, propio y personal nos parece más aterrador que confortante.

El mexicano trabaja duro pero rara vez se pronuncia, adopta máscaras nuevas o adorna la que lleva puesta más no sabe si quitársela. Un oráculo, en la adaptación de Macbeth del director japonés Akira Kurosawa, Throne of Blood, se pregunta por qué el hombre tiene miedo a reconocer sus propios deseos. Al no reconocerlos es más vulnerable a ellos y puede caer en grandes contradicciones consigo mismo. Y sería injusto decir que todos los mexicanos se encuentran en el mismo estado de no apertura. ¿Quiénes somos y qué queremos?

Debemos despejar la niebla en la que nos movemos para empezar a vernos mejor la cara. Estamos cerrados en nosotros mismos como si no fuéramos parte de una gran red y entretanto perdemos la habilidad de ver. ¿Qué dicen ustedes? ¿Quiénes somos?

Les hago parte de mis meditaciones porque tengo un gran dilema desde hace mucho tiempo, y no creo que sea la única: ¿qué es México? y ¿quiénes somos los mexicanos? Cómo definirnos cuando por momentos parecemos más un conjunto de culturas viviendo hombro a hombro en lugar de un conjunto de ciudadanos. Por momentos nuestra riqueza cultural parece más un elemento folclórico o un burdo recurso de nuestra identidad. ¿Cómo nos percibimos entre nosotros?

 

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