¡Hasta luego, Don Gustavito!

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“Nunca hay que dejar de sonreír y, a pesar de las limitaciones y eventualidades en las que podamos vernos inmersos, debemos dejar un espacio para hacer que el otro, quien esté a nuestro alrededor, pase un momento agradable y feliz.”

Por Jesús Eduardo Vázquez

El pasado sábado 7 de febrero falleció Mons. Gustavo Couttolenc, escritor, sacerdote católico, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, poeta y hombre capaz de transmitir alegría con una sola sonrisa. Hoy he decidido escribir sobre él y lo que su muerte significó para mí, porque su vida fue relevante para la mía, a pesar del poco tiempo que tuve el privilegio de haberlo conocido.

Mi trato con Don Gustavito –como le decía de cariño– comenzó poco después de que sufriera una caída en casa de uno de mis tíos, también sacerdote, en Pátzcuaro, Michoacán. El accidente casi le costó la vida pero logró reponerse, aunque con muchas más limitaciones que las que ya tenía dada su edad avanzada. Al ritmo que Don Gustavo iba perdiendo sus facultades, cada vez más se asemejaba a un niño pequeño, ¡muy travieso! Era común encontrárselo en los pasillos del Seminario Conciliar de México –al que dedicó más de 60 años de su vida– tomando el sol en su silla de ruedas; su comunicación se reducía a gestos, pero todos ellos siempre alegres. Las enfermeras que lo cuidaban siempre nos contaban alguna anécdota chistosa sobre las ocurrencias del padre; por ejemplo, en alguna ocasión decidió pararse de su silla y hacer que una de ellas tomara el asiento para que él le diera un paseo, todo ello con la gracia singular que le caracterizaba.

Algunos fines de semana me quedaba algún tiempo libre que aprovechaba para visitar a Don Gustavito. Cada que llegaba a su cuarto me regalaba algo, ya sea una hoja de papel, una gelatina o hasta algún libro, pero lo primero que hacía la mayoría de las veces era pedir unas fotocopias de un libro que narraba la historia de su santo antepasado, Giuseppe Benedetto Cottolengo, y con su dedo señalaba una imagen que tenía de él. En otra ocasión, al salir de clases de latín me lo encontré y, acercándome a su oído más sano, le dije: Quomodo vales? (¿Cómo estás?), y con una sonrisa, me respondió muchas cosas más que no pude comprender: eso me enseña a meterme con un experto latinista…

Siempre que alguien cercano a mí fallece, inevitablemente me pongo a reflexionar sobre el sentido de la vida humana. Uno de los tópicos que vuelven a mí en estas circunstancias es el del “alcance” que logró la vida de quien falleció. Y cuando digo “alcance” me refiero al impacto, positivo o negativo, que dejó entre quienes le rodearon.

Dice el refrán popular que “hay que vivir cada momento como si fuera el último”, aforismo que para algunos resulta escabroso o nefasto, pues parece que en el afán de preocuparse por disfrutar uno puede perderse, logrando el efecto contrario al que se desea. Algo paradójico. Sin embargo, la corta experiencia de vida que tengo me ha enseñado que cada instante es único e inigualable y que no sacarle provecho a cada uno de los que vivimos es una pérdida terrible e irreparable.

Ahora bien, el goce de la propia vida no sólo le permite a uno disfrutar su existencia, sino que es capaz de transmitir dicha a la de otros. Por ejemplo, pensemos en el bienestar que nos dejan todas aquellas personas que son buenas en algo –un gran pintor, un maestro paciente, una secretaria amable o un mecánico efectivo–: cuando más agradecemos su existencia es cuando necesitamos de sus servicios y éstos nos son entregados de manera eficiente, a diferencia de quienes nos hacen pasar malos ratos por no desempeñar bien su trabajo. Con la misma idea, pensemos en quienes saben aprovechar cada momento que en su vida se les presenta: cuando necesitamos de ellos y requerimos de su compañía la vida se vislumbra de otra manera; el instante que vivimos se experimenta con mayor entusiasmo, con más alegría y nos deja queriendo convertirlo en una eternidad. Por esto podríamos considerar nuestra capacidad de influir en los demás como un serio compromiso social.

Hoy quiero despedir a Don Gustavito, un hombre lleno de alegría y de paz que me enseñó que nunca hay que dejar de sonreír y, a pesar de las limitaciones y eventualidades en las que podamos vernos inmersos, debemos dejar un espacio para hacer que el otro, quien esté a nuestro alrededor, pase un momento agradable y feliz.

Es tanto lo que vivo mientras muero
que iguala lo que muero mientras vivo;
por más que quiera sustraerme esquivo,
como todo mortal, no tengo fuero.

Mi paso por la vida es pregonero
de que soy, por esencia, relativo,
y muy a mis pesares soy cautivo
de quien borra mis pasos del sendero.

El tiempo me reduce y me silencia,
en tanto va la enorme caravana
alejando del mundo mi presencia.

Sin tregua me subyuga su victoria,
más espero alcanzar otra mañana:
la mañana sin tiempo de la gloria”.

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– ‘Mi paso por la vida’, Mons. Gustavo Couttolenc

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