De cuentacuentos, principios y finales

cuentacuentos

“Contar una historia no es simplemente enunciar una serie de eventos, ni empezar necesariamente por el principio o en orden cronológico, sino hallarles un sentido especial y saber compartirlo.”

Por Chloé Nava

Twitter: @Mmeroubaud

A man tells his stories so many times that he becomes the stories.

They live on after him, and in that way he becomes immortal.”

– Big Fish

La habilidad para imaginar y contar historias es un don que poseen algunas personas y que siempre me ha interesado. Los humanos somos llamados por los poetas como las creaturas del fondo del mar lo son por la luz. Algo místico, mágico y a la vez personal se desarrolla en cada historia, en el tono empleado por el narrador, así como en las emociones de quiénes nos rodean. Saber contar una historia hoy en día parece ser un reto; tanto el uso de los 140 caracteres de Twitter, como la facilidad que nos dan los celulares para estar siempre en contacto y contarnos todo en vivo y en directo, alteran nuestra manera de relatar los eventos. Pero hay quienes parecen nacer con una necesidad más grande que los demás por contarlo todo, real o imaginario, haciendo del crear historias parte esencial de su vida.

En la película Big Fish de Tim Burton –que les recomiendo ampliamente– el protagonista es el narrador de su propia vida; siente la necesidad de narrarla para sentir que la ha vivido, haciendo de la suya una historia que antes de ser relatada quizá no existiría. Cuando uno cuenta su día tiene la impresión de vivirlo dos veces, y confirma su existencia y vivencia. Por eso también cuando nos ha ido mal preferimos no decir nada, como si eso pudiera eliminar los hechos que nos disgustaron.

Pero contar una historia no es simplemente enunciar una serie de eventos, ni empezar necesariamente por el principio o en orden cronológico, sino hallarles un sentido especial y saber compartirlo. Aquí también haré referencia a otra película de Burton, Alice in Wonderland. En la película, cuando Alicia encuentra al Sombrerero Loco y a la Liebre de Marzo se ve forzada a tomar el té con ellos, quienes interesados por la vida y proveniencia de la joven niña, le piden que cuente cómo es que ha llegado hasta ellos con una frase maravillosa: Begin at the beginning and go on till you come to end: then stop. (Comienza por el comienzo y sigue hasta llegar al final: entonces detente.) La oración es realmente interesante, aunque parezca obvia, porque marcar el principio de un relato no es tarea sencilla y tampoco determinar cuando se ha llegado al final.

¿Cuál será la primera escena y cómo marcar el final del relato? ¿Qué suceso determinará que todo ha sido dicho o que apenas se comienza? En la obra de mi escritor favorito, Émile Zola, es posible observar la complejidad y la genialidad que implica establecer este orden. En ocasiones la originalidad del relato no está en la historia, sino en la manera en que este orden es establecido, cómo los sucesos son entendidos y de qué manera influyen los unos en los otros. ¿Qué es consecuencia de qué, cómo se van a tejer los relatos para formar el telar que se tiene en mente? Su serie de los Rougon-Macquart está formada por 22 libros que relatan la historia de una familia viviendo en el segundo imperio francés, bajo Napoleón III. El gran dramatismo que prevalece en las obras, los personajes seducidos por la lujuria, el retrato de una clase pobre, el rol de las mujeres de corte… nada de eso es nada particularmente novedoso. Lo genial de su trabajo está en el engranaje de las piezas, cómo nos hablan desde el lugar que ocupan, contando las penas y alegrías que sufren. Somos llamados a escuchar sus vidas porque encienden nuestra curiosidad y generan empatía. Si Zola hubiera escrito un tratado en 22 tomos sobre la teoría de la herencia y del determinismo social usando como medio de explicación una familia imaginaria, el resultado hubiera sido radicalmente diferente. El escritor no hizo tratados, sino novelas; contó historias, acudió a su imaginación y, así, apela a la nuestra. Organizó una serie de elementos en un orden tal que expresara la vida de una familia con sus altos y bajos. ¡Y qué bueno que lo hizo! El arte de narrar una historia toca emociones y nos ayuda a identificarnos, a sentirnos quienes somos. Una comunidad incapaz de construir relatos está muerta, no existe.

La semana pasada se entregaron los Óscares, con los cuáles se reconoce el trabajo de todas las personas involucradas en la producción de las mejores películas del año (según un jurado más bien norteamericano, pero esa es otra historia). Para mí, la importancia de esta clase de eventos es que celebran la ideación y realización de historias, impulsan a los creadores, haciéndoles saber que nos sigue gustando que nos cuenten esas historias y motivándonos a ser parte de esta tradición constructora.

Qué historias contamos y cómo lo hacemos tiene una influencia directa en la manera en que vivimos. Pero éste es un arte complejo: por eso debemos seguir motivando y apoyando a quienes saben narrarlas, para que podamos aprender de ellos a contar nuestras historias –¡todas las historias!– apasionadamente.

Los invito a echarse un clavado en el trabajo y las creaciones eclécticas de Mahzatlan, jóvenes emprendedores mexicanos, quienes gracias a su pasión por el cine, gran energía, creatividad, inteligencia y necesidad constructora, han decidido contar historias a gran escala. Con varios cortos, una serie, una película hecha y otra en producción –actualmente en Fondeadora– son una muestra de que todo puede ser contado de forma original, con tal de que sepamos cuál es su principio y su final.

chloe nava

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