Escribir y hablar de amor

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“Pienso que nunca debemos dejar de expresar que amamos. (…) No todos somos grandes poetas, pero todos tenemos una voz capaz de apropiarse formas de comprender el universo.”

Por Chloé Nava

Twitter: @MmeRoubaud

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Muchas veces asociamos los escritos de amor bajo forma de poemas y de letras con etapas propias de la adolescencia. Estos textos suelen rebozar de sentimientos pero no pueden catalogarse como obras de arte de un gran valor. Poseen un valor para los involucrados, pero rara vez suelen llamar a los demás.

En la adolescencia solemos sentirnos más libres para exprimir nuestros sentimientos, pues el amor forma parte central de nuestras vidas, sea bajo forma de amistad o en una relación de pareja. Es fuente de alegría y de desilusión, es un motor central en nuestras vidas y expresarlo es casi tan importante como vivirlo. Sin embargo, conforme crecemos, expresar nuestras emociones parece complicarse; nuestra percepción del mundo cambia, dejan de preocuparnos las mismas cosas y lo que antes parecía un dolor insoportable ahora nos parece algo tolerable. A no ser que seamos un gran poeta, con el tiempo tendemos a buscar y encontrar textos que externen nuestras emociones en lugar de escribirlos. Dejamos de crear y empezamos a consumir poemas. Esta transformación no nos hace menos sensibles, al contrario, podemos exaltar nuestras emociones como antes no lo habíamos hecho.

Consumir textos de amor, como se bebe vino, puede inspirarnos a amar y quizá hasta a crear de nuevo. Cuando se revela la complejidad de nuestras emociones, lo que producíamos en nuestra adolescencia parece un tanto torpe, pero no por eso debe abandonarse su lectura. Me parece esencial seguir exprimiendo estos sentimientos. Ya sea bajo la forma de canciones, poemas, letras, novelas, cuadros, en fin, toda manifestación es buena. Si no somos los creadores de estas obras de arte, podemos ser sus reproductores, lo que no disminuye la honestidad de los sentimientos expresados.

Con la habilidad que tiene el artista de mostrarnos lo que antes no se había visto, nosotros ganamos también en claridad. Tomamos palabras prestadas, las hacemos propias y por momentos nos conforman. Este talento siempre me ha sorprendido, esta habilidad de compartir lo que se vive con todos los matices de la alegría y del dolor. Y si hoy vengo con este tema en mente se lo debo a la mirada aguda de los primeros escritores de romans, es decir, los primeros traductores de textos antiguos a lengua romance, en este caso, al francés. Estos escritores podían ser clérigos, hombres de la corte, trovadores e incluso (en algunos casos) mujeres nobles. En el siglo XII la traducción de escritos griegos y latinos empezaban a circular en lengua francesa y bajo forma de prosa. Esta proliferación de escritos movía a sus creadores a escribir también otra clase de textos. Nobles como los duques de Aquitania, entre los cuales recordamos a Leonor, quien fue esposa de Enrique II de Inglaterra y por tanto reina de Inglaterra, promovieron la producción de obras enteramente originales.

Gran parte de estas creaciones se hacían bajo pedido, los escritores debían plasmar la grandeza de la familia que los había pedido, añadiendo elementos propios a su cultura (sin por eso limitar su estilo a las normas de la sociedad). La inclusión de elementos celtas hace de estos relatos un objeto de estudio muy interesante, así como la mirada que se tenía sobre la mujer. En un siglo en el que la mujer parecía no tener un papel preponderante, donde la voz de la religión se imponía y en la que la magia existía en el ideario de la población, estos relatos son absolutamente sorprendentes. ¿Quién pensaría que se puede hablar de amor cuando los matrimonios son arreglados? ¿Por qué se fomentaría la creación de obras en las que este sentimiento parece responsable tanto de grandes bienes como de las peores miserias? Por momentos parece que existen dos universos paralelos en el siglo XII.

Un ejemplo de esto puede verse en Chrétien de Troyes, quien sirvió en la corte de Leonor (entre otras). Entre sus textos más conocidos están: Erec y Enide, El caballero de la carreta, El Caballero del león y El cuento del Grial. En estas obras destacan las batallas entre caballeros y la lucha por conquistar el corazón de una bella dama. Pero es la sutileza del relato lo que hace de estos escritos una revolución. El narrador no se detiene tanto en juzgar por buenos o malos los sentimientos amorosos de sus personajes, sino en poner sobre papel el dilema al que son llevados por sus sentimientos. El cuadro general de estas historias es el del fin’amors o del amor cortés, en el que un hombre se enamora de la reina y busca conquistar su amor a través de sus actos nobles. Este amor supone que no se busca ofender a la dama (ni su matrimonio), por lo que sería meramente ideal. Según el relato y según los autores este amor cortés varía, pero en esencia tiene ese aspecto idealista del amor que nunca se consuma. En Chrétien de Troyes la fórmula cambia de narración en narración, pero se subraya el aspecto noble y puro del sentimiento, cosa curiosa si se toma en cuenta que puede llegar a transgredirse el matrimonio.

El narrador no es juez, entendemos el dilema de los personajes y por la sutileza con la que son expuestos sus sentimientos y pensamientos los entendemos. Desde el momento en el que se enamoran y reconocen la extraña sensación que eso provoca, hasta el punto en el que se ven obligados a actuar según la moral, pero saben que también deben obedecer a su corazón; el relato parece más moderno que muchas historias que leemos actualmente. La primera declaración de amor de los personajes puede parecer similar a nuestros sentimientos de adolescente, pero conforme avanzamos en las lecturas de sus obras llegamos a partes más profundas de nuestras emociones. Aquí el amor se dibuja de manera sensual, está en el borde entre la amistad y el romance. Pero puede llevarse a otras esferas.

Estos hombres y mujeres no eran adolescentes que buscaban transgredir reglas comunes de moral. Osaron ver más allá de lo prohibido, exhibir la complejidad del corazón humano, el dolor y la alegría del acto de amar. Por eso pienso que nunca debemos dejar de expresar que amamos. Incluso cuando la complejidad de nuestras emociones parece aplastarnos, debemos hacernos frente, entrar en lo más profundo de nuestro corazón. Y no todos somos grandes poetas, pero todos tenemos una voz capaz de apropiarse formas de comprender el universo. Son muchas las personas que han dejado de buscar la manera de expresarse, de hablar realmente. Parece aún más interesante ver que una serie de textos medievales deba recordarnos que es importante hablar honestamente. Interesante porque hasta cierto punto se tiene la idea, no sin fundamentos, que era una época donde la voz individual contaba poco. Pero como dije hace algunos párrafos, esos siglos parecen estar constituidos por mundos paralelos.

chloe nava

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