En defensa del enojo

enojo

“Decir que para cambiar al país basta ser un ciudadano ejemplar es tanto como decir que, para que una mujer que sufre de violencia física por parte de su marido deje de sufrirla, sólo tiene que ser “buena esposa”.”

Reblog de Nereísima

Twitter: @nereisima

De niña me enseñaron que entre la desolación y la rabia, había que elegir siempre la primera. La desolación despertaba empatía con todo su teatro de llanto, «soy miserable por esto», gemía, y ante tal rendición la gente de mi alrededor no podía sino asentir, darme palmaditas en el hombro y acompañarme con miradas tristes. En cambio la ira,  ¡oh, lucifer! ¡Capricho y berrinche, intolerancia y egoísmo, llamen a un exorcista!

Lo que no se decía —y esto es de manual de psicología— es que la verdadera razón por la que era preferible tenerme deprimida que enojada, es que en la depresión era yo quien pagaba los platos rotos, pues toda esa emoción negativa la volcaba hacia mí, incapaz de dirigirla al verdadero objeto de mi inconformidad. Al final, ¿qué más da que tengas que tomar fluoxetina todos los días si eres un ciudadano ejemplar?

No es de sorprender, bajo tal idiosincrasia, que los maestros de las buenas formas reculen ante tanta expresión de indignación por lo que está pasando en el país. El miedo a uno mismo es una precaución cultural, no del todo equivocada si no fuera porque en días aciagos como éstos sólo les da más poder a quienes no tienen la vergüenza siquiera de esconder las garras.

No estamos pensando con claridad. Hay una diferencia sustancial entre tener miedo de uno mismo —saber que hay impulsos agresivos que conviene inhibir por mor del otro— y tener miedo a los propios derechos. Renunciar a la cortesía de cederle el paso a quien amenaza con quitarte la vida no tendría que hacer temblar a ningún sistema moral, por más conservador que fuera.

Defender la autocrítica sobre la protesta funciona tan bien porque da la ilusión de control: si eres el único culpable de todas tus desgracias, entonces está en ti el elemento de cambio; y encima, si no has hecho nada malo, nada malo te va a pasar, porque la justicia como Santa Claus te observa desde el cielo y toma nota, igualito que cuando tenías seis años.
Del otro lado está la conciencia del desamparo. Saberse encerrado en un sistema político y social corrupto, saber que no basta con «echarle ganas», que la meritocracia es sólo un mito del capitalismo encargado de poner toda la responsabilidad en el individuo y suprimir cualquier posibilidad de queja. Saber que la honestidad no garantiza la libertad, que la inteligencia no compra el éxito ni el esfuerzo es suficiente para tener una vida digna. ¿Y me van a decir que no tengo derecho a alzar la voz?

Ayer Adrián Chávez decía: «Decir que para cambiar al país―¿alguien duda de la necesidad?― basta ser un ciudadano ejemplar es tanto como decir que, para que una mujer que sufre de violencia física por parte de su marido deje de sufrirla, sólo tiene que ser “buena esposa”», y yo me rehuso a ser una mujer golpeada que elige el silencio de sepultura sobre el ruido de la protesta.

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