Perdonar

Forgiveness

“Solemos entender el perdón como un acto. Es decir, como una acción que sucede en un momento. Pero el perdón no es una acción aislada, es un proceso que toma tiempo, pues perdonar va más allá de excusar, justificar e incluso olvidar.”

Por Susana Kiehnle

Twitter: @SusanaKiehnle

De repente, sucede. Hay días en los que se manifiesta como un proceso en el que pareciera que el hígado decide hacerse paté. Todo hierve por dentro, cualquier cosa es pretexto para explotar, para ponerse de peor humor. Otros días se siente como si de repente nos encerraran en un pozo profundísimo, un vacío enorme. Nos sentimos huecos por dentro y cualquier roce duele. Yo confié en ti, ¿por qué me traicionaste? Si te quiero tanto, ¿por qué te fuiste? No creo que exista un ser humano que no haya pasado por el dolor de ser lastimado por alguien más, tampoco creo que exista alguien que, con o sin querer, nunca haya herido a otro.

Cada quién siente y vive diferente la traición, la decepción, la pérdida. A mí en particular me sucede lo del hígado los primeros días. Después, cuando tengo fuerzas para atreverme a estar conmigo misma, enfrentarme y ejercitar mi alma en soledad, me pasa lo del pozo. ¡Y cómo duele recordar todo! Como dice la escritora Rita Mae Brown, “una de las claves de la felicidad es una mala memoria.” Pero al mismo tiempo, ¿qué sería de nosotros sin la memoria, sin lo aprendido? “Siempre perdona, pero nunca olvides. Si no perdonas serás un prisionero de tu propio odio y si olvidas, un tonto por repetir tus propios errores siempre.” (Wil Zeus, Sun Beyond the Clouds).

Solemos entender el perdón como un acto. Es decir, como una acción que sucede en un momento. Alguien me ofende, decido perdonarlo y sigo caminando. Elijo, en ese momento, dejar de sentir cualquier resentimiento o deseo de venganza. Pero el perdón no es una acción aislada, es un proceso que toma tiempo, pues perdonar va más allá de excusar, justificar e incluso olvidar. Es casi una actitud heroica, pues implica una humildad enorme al aceptar que muchas veces no hay un camino racional en el que, paso a paso, vamos a poder entender el obrar del otro y, entonces, a través de la comprensión, perdonarlo. Si nos empeñamos en tratar de entender qué motivó al otro a lastimarnos, probablemente descubramos otras cosas que nos hagan más daño, probablemente nunca lleguemos a entender las razones o motivos. El encontrar esa verdad no nos servirá de mucho cuando lo que queremos es soltar, no por la otra persona, sino por nosotros mismos. Somos nosotros quienes vamos arrastrando con todo esto si no aprendemos a dejarlo ir. El proceso de liberarnos al perdonar nos da paz y nos fortalece. Como dijo Gandhi, “los débiles no pueden perdonar. El perdón es un atributo de los fuertes.”

Todos sabemos lo difícil que es ir cargando con fantasmas del pasado, arrastrando traumas por aquello que nos lastimó. Es fácil engañarnos a nosotros mismos y decirnos que hemos perdonado, como si perdonar consistiera en no volver a mencionar el tema, en sumergirnos en la rutina y llenar nuestro cotidiano de mil actividades que nos impidan recordar lo vivido. Para iniciar el proceso del perdón hay que buscar y hay que enfrentar. Pero la búsqueda no es en la acción del otro, sino en nosotros. ¿Por qué me duele, qué siento, qué aprendí, qué puedo sacar de este dolor que me ayude a ser una mejor persona? El verdadero perdón termina en gratitud, en un dar gracias por eso que vivimos y que nos ha forjado para bien. Esforcémonos por voltear hacia atrás y, siempre, sonreír.

Susana

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