La experiencia de la unicidad

“La espiritualidad no desarraiga al ser humano de su realidad terrena, sino que todo lo contrario, le lleva al compromiso con el tiempo presente.”

Por Jesús Eduardo Vázquez

Twitter: @UnFilosofeta

 

En estos días he estado leyendo un texto del teólogo sudafricano Albert Nolan (“Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical”). Ya había escuchado del autor con anterioridad, pero nunca había leído alguna obra suya. De todo lo que menciona allí, he sido cautivado por un tema concreto: la experiencia de la unicidad. Pero antes de abordarlo en este post, quisiera esclarecer el término espiritualidad, que si bien podría pasar desapercibido, considero debe explicarse para evitar prejuicio o confusión alguna.

La palabra espiritualidad ha sido entendida, generalmente, desde dos perspectivas erróneas: la material y la espiritualista. La primera niega toda referencia a realidades no palpables, puesto que lo único que podemos conocer, y por lo tanto, de lo único que podemos hablar, es de aquello que es tangible. La segunda da un valor positivo a lo espiritual pero tiende a extremarlo, absolutizándolo como lo único relevante para la plena existencia humana, y algo desencarnado del día a día, pero inmerso de alguna manera allí. Una tercera, que no es la común pero sí la más cierta, es la que vislumbra la espiritualidad como aquel conjunto de realidades no materiales presentes en la condición humana que contribuyen a la plenitud del hombre y la mujer en el aquí y el ahora. Esta última óptica, permite comprender que la espiritualidad no desarraiga al ser humano de su realidad terrena, sino que todo lo contrario, le lleva al compromiso con el tiempo presente. Así, la vivencia de una espiritualidad determinada significa el ejercicio peculiar de esas realidades que nos encaminan hacia el perfeccionamiento de nuestro ser.

Con lo dicho en el párrafo anterior, se deja entrever que la espiritualidad no es exclusiva para un grupo religioso ni para uno de élite, ni que tiene que ver con meras devociones, sino, más bien, que tal se encuentra enraizada en la vida común de la mujer y del hombre, sin importar su clase, raza o grupo social, impregnando todas aquellas realidades en que se ven envueltos. Entonces comprendemos que la espiritualidad es algo accesible a cada persona, pero que requiere de un cierto camino particular que es preciso ejercitar, y la experiencia de la unicidad es parte de esto.

Para Nolan, la experiencia de la unicidad es una vivencia común a todos los místicos que sitúa al experimentante como un sujeto que toma conciencia de su lugar en el mundo, el cual es de una profunda unidad con el Ser, el mundo y el resto de seres humanos. Antes de explicar su propuesta, el autor expresa que ha decidido hablar de unicidad en vez de unidad o unión, porque estos términos implicarían que las cosas requieren ser unidas, y no que ya lo están, y que siempre lo han estado. Por tanto, podríamos definir la experiencia de la unicidad como la toma de conciencia de la intrínseca vinculación que siempre ha existido y existirá entre cada uno de los elementos que conforman la realidad.

Los lazos íntimos del ser humano con la realidad son cuatro, según el pensador africano: con Dios, consigo mismo, con los demás seres humanos, con el universo. El primero implica apertura hacia el misterio y el asombro, donde la trascendencia encuentra un punto álgido; entender que nuestro origen tiene un carácter divino y que por más que lo pretendamos, no somos seres absolutos. El segundo es el que manifiesta la comprensión del yo como individuo, y con ello el correcto amor, respeto y estimación de quién soy, lo cual incluye el abrazo tranquilo de la propia muerte. Una vez que el ser humano logra valorarse equilibradamente, entonces puede percibir la relevancia del prójimo, identificándose con él, porque ambos son miembros de la misma especie o familia, y como tal deben cuidarse y edificar, juntos, el beneficio común. Por último, debe advertirse que el yo, el tú, el nosotros, etc., se encuentran inmersos en una realidad donde existen otros seres vivos e inanimados, con los cuales también debe existir armonía; por lo que entender la correcta relación entre mi ser el universo también es algo importante.

Definitivamente esto no es propaganda de ningún credo o religión. Al leer el texto dicho me ha venido a la mente la vivencia de la experiencia de la unicidad como algo para cada entorno en el que nos desenvolvemos. Popularmente (basados en las escrituras sagradas judeocristianas) se nos ha dicho que no hagamos a los demás lo que no quisiéramos que nos hicieran. Este principio está vinculado a lo que hemos dicho, pero de manera negativa. ¿Por qué no, en vez de decirnos “no hacer”, se nos invita a la reflexión sobre la íntima conexión con el resto de la realidad y así a la comprensión de que hacer un mal a alguien más es hacérnoslo a nosotros mismos? ¿Qué pasaría si la clase política de nuestro país viviera la unicidad tal como la propone Nolan? ¿Cómo cambiaría nuestro país si los alumnos y maestros vivieran su día a día en este mismo espíritu? ¿Y si los empresarios, pequeños y grandes, también le entraran? O mejor aún, ¿cuál sería la transformación de mi entorno si yo vivo con esta conciencia?

jesus-eduardo_arrobaeudoxa

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