El oso cultural

“Independientemente de cuál es mi postura en este tema, o en cualquier otro, esta experiencia me recordó la importancia de cuestionar constantemente mi forma de pensar y todo aquello que he aceptado porque parece lo normal, lo que todo mundo hace y, en consecuencia, lo que es correcto.”

Por Susana Kiehnle

Twitter: @SusanaKiehnle

Hace algunos meses, unos amigos franceses me invitaron a pasar Pascua con ellos y su hijito de dos años. Pasamos un domingo muy bonito que me hizo sentir como en casa. Fuimos a un parque y escondimos huevitos de chocolate para el pequeño y la hijita de otra pareja que tuve el gusto de conocer ese día; él es danés y ella neerlandesa. Platicamos un poco de todo y, eventualmente, terminamos tocando los temas del embarazo y del parto. Me platicaron que su hija nació en su casa con la ayuda de su partera. Mi reacción inmediata fue de escándalo: “¡Cómo crees! ¿Cómo que nació en la casa, no les dio tiempo de llegar al hospital?, ¿y nada más así con una partera?, ¡me muero!” Ellos respondieron con un tono muy natural y muy tranquilo, platicándome que había sido una experiencia que recordarán siempre.

A partir de entonces y porque ser mamá está en mis planes, empecé a investigar más sobre el tema. Me di cuenta de que México es el segundo país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en el que se practican más cesáreas, el primero es Turquía. Mientras que en países como Dinamarca, Suecia, Noruega, Islandia, Finlandia y los Países Bajos, se practican menos de 20 cesáreas por cada 100 nacimientos, en EE.UU. se practican 32.3 y en México 42. En estos países con menos cesáreas son escasas las epidurales, no se suele inducir el parto con Pitocina, no hay monitoreo fetal y, lo que más me causó trauma: no hay médico. Al médico se le llama únicamente si existe una complicación, esto es, entre el 10 y el 15% de las veces; todo lo demás, lo hace la partera. Después de todos estos descubrimientos, me sentí avergonzada de mi reacción escandalosa sobre el nacimiento de la hija de esta pareja. Reaccioné sin cuestionar, dando por sentado que el parto debe ser en un hospital y bajo supervisión médica porque así se hace en mi país, porque yo adopté sin analizar estas ideas culturales de que el parto es seguro sí y sólo sí se hace de esta manera y que las parteras son una señoras hippies que viven en comunidades muy aisladas en el campo. ¡Qué oso cultural!

Independientemente de cuál es mi postura en este tema, o en cualquier otro, esta experiencia me recordó la importancia de cuestionar constantemente mi forma de pensar y todo aquello que he aceptado porque parece lo normal, lo que todo mundo hace y, en consecuencia, lo que es correcto. La cultura, la posición geográfica del país en el que nos tocó nacer, nuestro círculo social, la religión, los temas “de época”, son corrientes que nos arrastran suavemente a adoptar ciertas ideas. Afortunadamente mi experiencia no fue más allá de un oso cultural, pero el dejarse llevar ciegamente por la inercia puede ocasionar que lastimemos a alguien o que promovamos conductas que creemos correctas y que en el largo plazo serán dañinas para la sociedad.

Cuando se trata de cultura, no existen las verdades absolutas y es frecuente encontrar muchas áreas grises en las que es difícil calificar una acción como buena o mala, correcta o incorrecta. Hay casos en los que estos adjetivos simplemente no aplican, existen diferentes maneras de hacer las cosas y eso no quiere decir que una sea mejor que la otra. El cuestionarnos aquí nos ayuda a no juzgar sin fundamento y a conocer todas las opciones que tenemos para hacer algo, como casarnos o no; hacerlo por la Iglesia, por la ley o por los dos; tomar anticonceptivos hormonales o no; tener un parto natural o programar una cesárea. Pero hay otros casos en los que, como sociedad, debemos aprobar o reprobar algo, usualmente son temas muy controversiales como el matrimonio entre personas del mismo sexo o la legalización de la marihuana. Para estos casos, considero que el mejor camino es consultar nuestra historia, estudiar cómo se abordó este tema en el pasado y, después, compararlo con cómo se aborda en el resto del mundo en la actualidad. ¿Qué ha funcionado y qué no?, ¿qué consecuencias tendría elegir una opción y cuáles tendría elegir la otra? El poner en duda lo que parece aceptado nos permite tomar decisiones mucho más informadas y conscientes. A mí es algo que me encanta, muchas veces me causa shocks enormes, pero me regala ese sentimiento de tener el control de mi vida y aumenta mi comprensión del mundo, del “otro” y de mí mismo.

Susana

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