Venciendo dragones

“Necesitamos educarnos, conocer nuestros derechos y no olvidar nuestras obligaciones. Romper con ese arraigado fetichismo legal y dejar de creer que la solución se encuentra en los legisladores.”

Por Ethel Robles

Twitter: @MeDicenBanderas

A lo largo de mis 29 años he demostrado reiteradamente ser una persona sumamente indecisa; tajante una vez que decido algo, pero es el camino hacia esa resolución el que se me complica y alarga más allá de lo que debería de ser. Sin embargo, algo que he tenido claro desde muy pequeña ha sido mi deseo por dedicarme a la protección de los que me rodean. Es evidente que de niña se trataba simplemente de una inquietud instintiva y no sabía de manera formal que me dedicaría a los Derechos Humanos -ni siquiera conocía el significado del término Derechos Humanos ni qué profesión elegiría al crecer. Es más, cada que me preguntaban qué quería ser de grande, mi respuesta siempre era la misma: “no sé si ser monja o cantante.”

Cuando, años más tarde, entré a estudiar Filosofía, no perdía de vista mi meta de trabajar en un organismo público o privado que se dedicara a la defensa de los derechos humanos. Desde entonces, he tenido la fortuna de ser contratada en diferentes empresas y organizaciones educativas de las que he aprendido cosas invaluables; pero fue hasta septiembre del año pasado que logré dedicarme de lleno a los Derechos Humanos en mi estado. Específicamente, me encuentro en el área de Investigación y Capacitación, la cual, entre otras cosas, se dedica a la sensibilización de la población en cuanto a la cultura de los Derechos Humanos y la prevención de los abusos en este ámbito.

Poco a poco y con la guía de mis jefes y compañeros, he tenido la oportunidad de capacitar a funcionarios públicos de diferentes sectores, lo cual me ha permitido entrar en contacto directo con el descontento que muchos sienten respecto a las autoridades, el cual no solamente afecta su esfera profesional, sino la personal. Con “descontento” no me refiero al sentimiento generalizado que nace en nosotros cuando pensamos en un partido político o cuando vemos un comercial de algún candidato llenándonos de promesas; me refiero más bien a un total sentimiento de orfandad que muchos viven frente a los cuerpos que han sido específicamente diseñados para protegerlos.

Los derechos humanos son una utopía”

“Los derechos humanos no existen, son un cuento de hadas”

“Hoy en día puede hacerse cualquier cosa bajo la bandera de los derechos humanos”

Éstas son algunas ideas y comentarios con los que me he encontrado en varias sesiones. Es verdad que demuestran una grave decepción y desconfianza en los organismos públicos, pero también ponen en evidencia un profundo desconocimiento. El pesimismo es un sillón cómodo y podemos pasar toda nuestra vida en él, criticando todo, insatisfechos con todos, inconformes. Pero, ¿y de qué serviría si no nos informamos?

De acuerdo a la definición oficial de la CNDH, los Derechos Humanos “son el conjunto de prerrogativas inherentes a la naturaleza de la persona, cuya realización efectiva resulta indispensable para el desarrollo integral del individuo que vive en una sociedad jurídicamente organizada.

En lo personal, creo que existen dos palabras clave en esta definición: inherentes e indispensable. Si entendemos como inherente a aquello que le es esencial a algo y lo hace lo que es, entonces no podemos concebir a una persona sin sus derechos –no sería persona. Así mismo, no solamente es algo que permanece en la naturaleza del ser humano, sino que es necesario e irremplazable para su progreso. Por lo que asegurar que estos derechos humanos no existen equivaldría a decir que el ser humano no existe.

Entendiendo la imposibilidad existencial de una sociedad en la que no se respeten las libertades esenciales del ser humano ni se garanticen las condiciones mínimas para un desarrollo integral, ¿cómo podemos definir a los derechos humanos como una utopía? Es verdad que la desigualdad, la injusticia, la corrupción, el abuso de poder, la pobreza… todos son dragones que acechan nuestros castillos de avance y bienestar; sin embargo, el mayor de todos ellos es nuestra desesperanza. Observamos con atención todos los errores que han tenido los que están en el poder y juzgamos aventuradamente que “por eso estamos como estamos” y que “las cosas no van a cambiar”. Tenemos razón: si estamos convencidos que las cosas no van a cambiar, no lo harán. El Estado está organizado y reglamentado para el correcto funcionamiento y la protección de la ciudadanía y nos olvidamos que las normas locales, las leyes federales, las políticas públicas, los tratados internacionales… todo inicia con nosotros. Si tú y yo no adoptamos la cultura de la legalidad como modus vivendi, ¿realmente podemos exigir que los que nos gobiernan lo hagan?

Podría parecer que me he desviado y que lo anterior nada tiene que ver con los derechos humanos, sin embargo, mantienen una relación intrínseca no tan evidente: no es suficiente que nuestros órganos jurídicos reconozcan los derechos de la población, que las autoridades estén obligadas a respetarlos, promoverlos, protegerlos y garantizarlos por mandato constitucional, ni que existan sistemas jurisdiccionales y no jurisdiccionales de protección; es necesario que nosotros nos hagamos responsables de nuestros derechos. Acciones pequeñas y aparentemente sencillas generarán cambios grandes: no tirando basura (derecho a un medio ambiente sano), no dando mordida (derecho a la seguridad), escuchando a los que nos rodean (derecho a la libertad de expresión), estacionándonos en los lugares adecuados (derecho a la libertad de tránsito), no burlándonos de los que son diferentes (derecho a la integridad física y moral), etcétera. Necesitamos educarnos, conocer nuestros derechos y no olvidar nuestras obligaciones. Romper con ese arraigado fetichismo legal y dejar de creer que la solución se encuentra en los legisladores.

ethel_arrobaeudoxa (1)

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