La trascendencia vital

“En el fenómeno de la socialización hay una finalidad, un sentido de ser de las cosas, de lo que somos y de lo que hacemos.”

Por Pablo Rubén Ruiz Cascajares

Twitter: @pablorrc2015

“Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”

Miguel de Unamuno

El hombre es el único ser que se pregunta para qué está en este mundo. Los demás animales, por más desarrollados que sean, se contentan con vivir y cumplir con sus funciones naturales. Nunca vamos a ver a un león preguntándose si hay algo más en esta vida que comer y descansar a la sombra de un árbol en la sabana, ni a un delfín conflictuado por el sentido de su existencia. La búsqueda del sentido y, por lo tanto, de la trascendencia, es algo propiamente humano.

Para cubrir esta necesidad de trascendencia, primero requerimos tener conciencia de la misma. La facultad, potencia, o capacidad para darnos cuenta de ello es la razón.

Aristóteles, ya desde el siglo IV a. C., está consciente de que somos animales racionales, diferentes a los demás. Pero hay otra característica de los humanos que es propia de nuestra especie y que también menciona este filósofo griego: la sociabilidad.

Si nos ponemos a pensar en qué es lo que ha venido a hacer aquí el hombre, tanto a nivel personal como social, nos daremos cuenta de la necesidad de convivir y crecer en sociedad. Es decir, necesitamos de los demás. Solos no podemos hacer nada, pero acompañados se puede realizar mucho. La razón nos permite ver que requerimos ser solidarios y dejarnos socorrer por otros que son como nosotros. Las personas humanas estamos presentes en esta realidad como animales racionales y como animales políticos, que buscamos resolver intereses particulares y bienes para varios y para todos.

Esta sociabilidad no es la misma que habría en una colmena de abejas o una manada de elefantes, por ejemplo, pues los animales se juntan en grupos simplemente por instinto de supervivencia. Los seres humanos, sin embargo, no lo hacemos instintivamente, sino de manera libre y autónoma. Al usar la razón, nos damos cuenta que dentro de este fenómeno de la socialización hay una finalidad, un sentido de ser de las cosas, de lo que somos y de lo que hacemos. Desde las cosas más cotidianas, como lo es la profesión, las capacidades, las aptitudes y las actitudes que tenemos. Esto permite ver que estamos constituidos para algo, para cumplir una función y llevar acabo determinadas acciones para el bien común posible y futuro; pero no solamente se trata de llevar a cabo una determinada ocupación de manera mecánica, como las abejas que extraen el polen, sino que se trata de ser felices auxiliando a otros a través de los dones recibidos.

Una madre al dar a luz a su hijo se percata que su ser mujer le da la capacidad de engendrar un niño y ser feliz con ello, así como ser administradora de su hogar, amante de su familia, empresaria o tal vez pintora o artista.

Un arquitecto percibe que su conocimiento le da la habilidad de ponerse al servicio de los demás, realizando estructuras para embellecer edificios y construir para vender casas en donde las familias se sientan a gusto y reciban un patrimonio digno.

Todo ello permite vislumbrar que el convivir en sociedad y utilizar nuestra capacidad intelectiva no es algo que se explique por sí mismo: debe haber una causa. Esta razón de ser es la integración de nuestro cuerpo, alma y espíritu; donde el espíritu es lo que nos define y nos da la facultad de tener uso de razón. La composición del hombre se explica mayormente por la existencia del espíritu, porque es lo que lo eleva por encima del resto de los seres existentes y es lo que le da su pleno valor al cuerpo y alma.

La dignidad del hombre se define por el espíritu. Esta dignidad es mayor a las mascotas que podamos tener en casa o a los árboles frondosos de un paisaje. Gracias al espíritu tenemos uso de razón y podemos hablar de la dignidad de la persona humana, lo cual arroja un valor, una finalidad intrínseca y extrínseca. Así como la causa de nuestro existir son nuestros padres, gracias a la finalidad extrínseca que ellos tienen de procrear; así también nosotros como hijos de nuestros padres, tenemos algo que hacer y ser en la vida.

Si nuestra identidad de personas manifiesta un gran valor, sería poca cosa que nuestra finalidad sólo se quedara en esta tierra. El ser humano al poner su empeño en lo que hace, piensa y es; toma conciencia de que esto tiene una explicación en algo que sale de dentro de sí y se dirige a algo o alguien que está fuera de sí. Es decir, el hombre se da cuenta que no se basta a sí mismo y que aspira a la trascendencia, a ir más allá de sí mismo. Intuye que la felicidad esta aquí y ahora, pero también más allá del presente en el que vive, en un futuro, en una trascendencia vital que está dentro del hombre y al mismo tiempo lo supera. Allí es donde realmente se encuentra la vida feliz tan anhelada por cualquier persona.

pablo_ruiz_arrobaeudoxa

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