Administración y migrantes

“La complejidad de la vida humana rara vez puede documentarse a la misma velocidad a la que ésta avanza. Pero la necesidad de catalogarlo todo para mantener el orden que conocemos nos impone un ritmo diferente de existencia, a veces irreal.”

Por Chloé Nava

Twitter: @Mmeroubaud

Toda administración que se precie de ser buena funciona a un ritmo diferente al nuestro; tiene una existencia paralela a la de este mundo y jamás se sincroniza con nuestro cotidiano. Dependemos de ella para mantener nuestros sistemas en orden, pero también le tenemos recelo y desconfianza, pues nos parece algo que no pertenece a nuestra realidad.

Solemos aborrecer los justificativos administrativos; cada documento debe estar bien guardado por años y años porque puede ser solicitado en cualquier momento. Es cierto que ahora podemos digitalizarlo todo, y así el peso de nuestra vida administrativa recae en una llavecita que puede perderse en cualquier sitio y que no ocupa ningún lugar. Sin embargo, nuestros documentos siguen estando ahí, latentes, a la espera de ser utilizados para comprobar o justificar algo.

Cada cosa que hacemos y queremos hacer tiene una huella administrativa, llevamos una vida llena de dinamismo y otra que se enmohece día con día en el fondo de los cajones de distintas secretarías. Y aunque parece imposible avanzar sin todo ese papeleo, hay momentos en nuestra vida que debe romperse la barrera que nos imponen este orden, aunque con ello exista el riesgo de desestabilizar las instituciones que mantienen nuestro pequeño mundo en pie.

Las consecuencias del desfase entre administración y vida cotidiana puede tener consecuencias desastrosas. Lo notamos fácilmente cuando debemos movernos a un país que pide visa o cuando para un trámite dependemos de más de una institución: el tiempo corre de manera diferente en cada universo, en el propio y en el administrativo.

No es una cosa menor preguntarnos en qué medida estamos regidos por lo que la administración de cualquier institución nos permite hacer y las dificultades que encontramos cuando intentamos hacerla avanzar a nuestra velocidad o adaptarla a nuestras necesidades, sobre todo cuando éstas son urgentes.

Hoy los noticieros franceses discuten continuamente la realidad de los migrantes, a los cuales el presidente Hollande nomó “refugiados” y la política Marine le Pen “una carga”. Y entre noticias y documentales cuesta trabajo creer que cualquier institución pueda hacer uso de la administración para frenar voluntariamente el movimiento natural de este mundo, pero así es como funciona. Mientras escribo pienso en el caso de Hungría, que ha frenado el paso de los migrantes a su país y al resto de Europa por la necesidad de identificarlos antes de abrirles las puertas. Puede entenderse esa decisión por parte del gobierno del país, sin embargo parece darse en un tiempo irreal y responder a un problema de otra dimensión.

La gente que llega ahí ya tiene varios días de camino, son niños, jóvenes, adultos y ancianos, son gente desesperada, cansada y un tanto perdida. Se entiende que por seguridad del país que los deja entrar y por su propia seguridad, se desee registrar cada persona, sin embargo, ese deseo va contra la realidad en el sentido que los migrantes seguirán llegando, y el proceso se entorpecerá y traerá nuevos problemas por el registro. Y ese freno parece ser un efecto deseado y no algún resultado colateral. Pero no quiero decir que Hungría sea el malo en la historia, no hay malos, sino una dependencia burocrática y administrativa que impide a los países abrir sus puertas sin trabas, sin “peros”. La urgencia de los migrantes no puede esperar una decisión de asilo en la mayoría de los casos, pero se les exige esa espera y la demanda supera por mucho la capacidad de respuesta, por lo que muchos de los casos no esperan más en sus hogares ni envían sus solicitudes, sino simplemente se desplazan. Su vida sigue el curso de un tiempo diferente al nuestro y muy distante del de las distintas administraciones.

La cuestión de los refugiados y de los migrantes se trata de varias maneras: social, política y económicamente. Hace salir diferentes miedos y refleja en cierto sentido la moral subyacente de cada país. La complejidad de la vida humana rara vez puede documentarse a la misma velocidad a la que ésta avanza. Pero la necesidad de catalogarlo todo para mantener el orden que conocemos nos impone un ritmo diferente de existencia, a veces irreal.

La situación es grave y requiere que pensemos en distintas y mejores soluciones. Es una tarea a gran escala y no sólo europea. Pero entre los países vecinos a Siria o Irak, los europeos parecen ser los que más dialogan sobre el tema y quizá los más dispuestos a abrir sus puertas, aunque sea un poco. La problemática administrativa se presenta en cada país y no sólo en términos de bienvenida, sino también en cuanto a la calidad de vida que tendrán las personas en el país al que entran.

Migrantes o refugiados, la integración social depende tanto de la administración que el éxito o fracaso de sus ambiciones están directamente ligados a ella. Cuidar que la burocracia no se convierta en un arma en contra de ciertos individuos o en un obstáculo para la vida debe siempre mantenernos alerta, y no sólo en el caso de la migración.

chloe nava

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