Hijas de Mafalda

“Debemos aprender a tomar decisiones y a vivir con los sacrificios y renuncias que éstas representan.”

Por Emilia Kiehnle

El otro día estaba releyendo unas historietas de Mafalda –me encanta desde niña- y me topé con una tira que ya había visto muchas veces y que siempre me había hecho gracia, pero que ahora me hizo reflexionar mucho.

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Mafalda fue escrita por Quino en los años sesenta y buscaba reflejar la sociedad de ese tiempo y cuestionar lo socialmente establecido. En esta tira en concreto, el tema que se trata es el de la liberación de la mujer. Mafalda es un personaje que está convencido del progreso social de la mujer y se imagina a sí misma estudiando idiomas y trabajando como intérprete en las Naciones Unidas para contribuir a la paz mundial. La mamá de Mafalda es una típica ama de casa de clase media de los años sesenta, ocupada de lo que ocurre en su microclima hogareño. Cocina, lava, plancha y hace las compras. Al leer la historieta uno se entera de que inició estudios universitarios y estudió para ser pianista profesional, pero abandonó su carrera luego de haberse casado, hecho que Mafalda le recrimina en varias ocasiones. La relación entre Mafalda y su mamá siempre fue un ejemplo para mí de mis propias aspiraciones en la vida y en lo profesional. Siempre quise terminar una carrera que me permitiera hacer un cambio en mi sociedad y jamás me plantee la posibilidad de dejar de ejercerla para dedicarme al trabajo del hogar. Al igual que Mafalda, el trabajo del hogar me parecía aburrido y hasta cierto punto esclavizante.

Leer esta tira me sorprendió porque me di cuenta de que he cambiado mucho desde la última vez que la leí: ahora soy mamá y mi principal ocupación es el hogar, y aunque fue una elección libre y consciente, no pude evitar sentirme un poco mal ante la pregunta de este pequeño personaje de historietas: “¿Qué te gustaría ser si vivieras?”

He notado que hoy en día es difícil ser ama de casa sin sufrir una sensación de desaprobación, ya sea por parte de otras mujeres o incluso de una misma. No es que el ser ama de casa no sea un trabajo; de hecho hay quienes consideran que es uno de los trabajos más difíciles y demandantes que hay, y no les falta razón, pues mantener el orden, la limpieza y la administración de un hogar y una familia requiere de muchas habilidades, mucho tiempo y esfuerzo físico y emocional. Pero si bien la labor del ama de casa es mucho más reconocida hoy en día que en tiempos de Mafalda, también es cierto que para muchas mujeres sigue suponiendo como premisa la cancelación de los sueños y proyecciones personales para abnegarse al hogar como prioridad y única labor posible.

Yo soy de la opinión de que las mejores condiciones para la formación que pueden darse a los hijos están en la casa y que, como en cualquier empresa, alguien debe estar al frente para dirigirla de la mejor manera. Por eso me parece que no hay nada de vergonzoso en llevar las riendas de un hogar, pero también entiendo –por experiencia propia– que a veces puede ser difícil lidiar con este sentimiento de inferioridad que surge cuando una escucha a sus amigas platicar de sus maestrías, sus viajes y sus crecimientos laborales, mientras que una pasa la mayor parte de su día lavando platos, organizando el súper y esperando a que llegue el plomero. Hay mujeres que incluso llegan a deprimirse por sentirse encerradas en una rutina cansada y también hay quienes sienten un fuerte bajón de autoestima porque les parece que lo que hacen, aunque necesario, resulta intrascendente.

Para evitar este “síndrome del ama de casa”, muchas mujeres –incluyéndome a mí– buscan desempeñar también algún rol fuera del hogar, ya sea en el ámbito laboral o en proyectos de crecimiento personal como estudiar algún posgrado. Sin embargo, muchas veces estas actividades, que un principio pueden parecer un escape del encierro de la casa, también pueden resultar un arma de doble filo, pues las mujeres comienzan a sufrir un sentimiento de culpabilidad por descuidar las labores del hogar y terminan cayendo en lo que yo llamo el “complejo de la súper mujer”. De pronto, una ya no sólo se esfuerza por ser una excelente mamá y un ama de casa eficiente, sino que también quiere ser una esposa perfecta, hija admirable, hermana modelo, la mejor de las amigas y además ser súper exitosa en el trabajo.

Por supuesto, un ritmo de vida así es inviable e innecesario, pero se vuelve adictivo porque es muy agradable sentirte reconocida, valorada y admirada por todo lo que puedes hacer. Como anécdota para ilustrar esto, recuerdo que de recién casados alguna vez mi esposo llegó muy orgulloso a contarme cómo sus compañeras de la oficina se admiraban de mi capacidad para llevar la casa, dar clases y trabajar en la empresa de la cual ambos somos socios. “¡Y encima de todo, te hace el lunch y la comida!”, le dijeron sorprendidas. En ese momento me sentí muy contenta, satisfecha de mí misma y, lo admito, un poquito superior. Pero debo reconocer que para lograr todo eso me tenía que levantar de madrugada y me acostaba pasada la media noche, me la vivía siempre corriendo y estaba sumamente cansada todo el tiempo. Poco a poco, el agotamiento hizo que mi paciencia y mi humor no fueran los mejores. Eventualmente, esa imagen de la esposa perfecta me estaba costando mi bienestar y mi verdadera relación con mi esposo. Afortunadamente, me di cuenta a tiempo y le bajé a mi intensidad antes de tronar mi matrimonio –o mi salud–, pero sé que es una situación en la que muchas veces me veo tentada a volver a caer, y que seguramente muchas de mis lectoras están viviendo.

Desgraciadamente este mal de la súper mujer es muy frecuente en la actualidad y creo que en parte es porque lo propiciamos y promovemos como sociedad. Por un lado, tendemos a despreciar, aunque sea inconscientemente, el rol del ama de casa, y por el otro, no nos cansamos de ensalzarlo en múltiples videos, artículos e imágenes. También admiramos la imagen de la ejecutiva exitosa y realizada, pero al mismo tiempo le tenemos un poco de lástima porque se pierde lo que “realmente importa en la vida”, como pasar tiempo de calidad con sus hijos. Finalmente, para quitarnos de problemas, decimos que las mujeres hoy en día no tienen que elegir entre ser madres, amas de casa y súper profesionistas; todo se puede hacer y podemos ser mujeres completas, felices y realizadas.

La verdad, como bien se puede comprobar, es que somos seres limitados, y cualquiera que haya vivido corriendo, agotada y de mal humor se los puede decir: sí hay que elegir, al menos en algunos momentos.

No se puede ser la mamá amorosa, atenta y abnegada al mismo tiempo que se es la directora de la empresa. Simplemente es imposible. Ahora, esto no significa que la directora tenga que renunciar para siempre a la maternidad o que el ama de casa tenga que resignarse a lavar platos por el resto de sus días. A lo que me refiero es que no vamos a poder dedicarles el mismo tiempo a ambas cosas ni desarrollarnos al cien por ciento en todo. Tenemos que aprender que toda decisión de manera natural, implica sacrificios y renuncias. Si en este momento elijo ser una súper profesionista, voy a tener que sacrificar algo del tiempo que paso con mis hijos o del que le dedico a la casa. Por otro lado, si prefiero dedicarle mi mayor atención al cuidado de mi hogar y mis hijos, quizás no voy a poder tener el súper trabajo de tiempo completo o graduarme de mi maestría con los más altos honores, pero eso no me hace inferior ni menos capaz intelectualmente.

Debemos aprender a tomar decisiones y a vivir con los sacrificios y renuncias que éstas representan. En lo personal, ahorita que mi hijo es pequeño, tomé la decisión de relegar un poco mi crecimiento profesional para dedicarme a mi familia. No soy ama de casa de tiempo completo, porque también doy algunas clases y sigo al pendiente de mi empresa, pero definitivamente mi participación e involucramiento en las cuestiones laborales es bastante inferior a lo que solía ser. No me arrepiento, porque sé que es lo que quiero en este momento, pero eso no significa que no sea doloroso en ocasiones.

¿Es difícil? Sí, pero toda renuncia trae también su recompensa. Cada una de ustedes tendrá que decidir qué es lo que realmente quiere hacer y en qué proporción van a dedicar su tiempo y sus energías. Nada más recuerden que no somos –ni podemos ser- perfectas y que tenemos que ser mesuradas y pedir ayuda cuando lo necesitemos. Pero, sobre todo, debemos aprender a dejar de juzgarnos tan duramente a nosotras mismas y las demás mujeres. Yo elegí este camino porque considero que es el mejor para mí, y si una de mis amigas prefiere seguir viajando y acumulando títulos, no debo envidiarla, por un lado, ni criticarla. Ojalá podamos aprender todas, hagamos lo que hagamos, a contestarle a Mafalda sin dudas ni temores: “Ya estoy siendo quien quiero ser y lo que hago con mi vida es valioso.”

Emilia

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