La mente en estado de alerta

“Es indispensable poder salir de esa burbuja de precauciones, terrores y temores temporalmente para poder escucharse e incluso para poder escuchar al otro.”

Por Chloé Nava

Escribir ha sido siempre para mí un gusto. Lo único que necesito es darle tiempo a un tema para desarrollarse en mi mente, saber a qué elementos de mi realidad corresponden y tener tiempo para ponerlos sobre papel. Pero, a decir verdad, estas cosas solas no funcionan, también necesito sentir gusto por lo que estoy haciendo para poder validarlo. Los días más difíciles son aquéllos en los que no le encuentro gusto a nada, escribir se convierte en el mayor de los tedios y la calidad del texto es a penas mediocre.

En días medianamente malos para mi creatividad me dedico sólo a leer o a hacer algo físico, pero los peores días son aquéllos en los que siquiera abrir un libro se convierte en una terrible tarea. El sábado pasado fue uno de esos días espantosos, en los que todo sabe a nada, donde me hubiera gustado sentarme en una terraza en un décimo piso y observar. Eran tantas las cosas que me afectaban, la preocupación general de amigos y de familiares por mi seguridad en Francia así como mi preocupación por mis amigos y familiares en París; la falta de humanidad en cada uno de los ataques; la cercanía de edad con esas personas; mi incomprensión total por esa sed de poder y necesidad de violencia; en fin, ya se dieron una idea.

Se suma a todo ese ruido interno la cobertura en las noticias de esa noche, el análisis de lo ocurrido por todos los expertos, las decisiones políticas, todas esas cosas qe normalmente necesitan tiempo y un poco de distancia para decirse, pero que por necesidad real debían hacerse simultáneamente, todos sobrepasados por los hechos. La televisión prendida casi todo el día, la gente comentando lo sucedido y lo dicho sobre lo sucedido todo el día, el estado de alerta instaurado no sólo jurídicamente, sino en nuestras cabezas también. Vivir alerta a cada instante es algo que no sé hacer y mi mente se desconecta de todo, ¿por seguridad?
Pareciera que todo lo que consigo escribir tiene que ver con esto, con el viernes 13, con la extrema velocidad con que corrieron las noticias y la preocupación, con los debates entorno a “#prayforParis” o “#prayforSyria” cuando nada de eso tiene sentido… Pero me niego a tener que escribir sólo sobre eso, me niego porque el “estado de alerta” al que estamos sometidos no debe dictar todas nuestras acciones ni quitarle legitimidad a nuestros placeres.

El hombre tiene la espectacular habilidad de destruir cuanto toca, de convertirlo en un producto útil dejando completamente de lado su posible valor estético. Y al mismo tiempo ese mismo hombre puede hacer las acciones más bellas transformando todo cuanto lo rodea. El estado de alerta que se vive ahora en Francia responde a una atrocidad concreta. Pero si me salgo hipotéticamente de Francia y echo un vistazo al mundo podría decir que vivimos en un estado de alerta perpetuo. Muchas cosas se han salido de las manos del hombre, el cambio climático es una de ellas. Los desastres ecológicos nos obligan a pensar nuestro modo de vida, empezando por nuestras compras en el supermercado. Otro ejemplo son los avances en medicina, que nos han permitido decir qué nos hace bien y qué nos hace mal, pero pareciera que para estar conforme a las normas sanitarias debiéramos transformar todas nuestras costumbres alimentarias. Debemos estar alertas todo el tiempo y en tantos temas que el espacio del simple placer parece borrarse para dar lugar a una suerte de desquite provocada por el miedo -al daño a la salud, al deterioro del ambiente, al desmoronamiento de la sociedad…

El sábado fue un día triste porque no podía hacer nada y tampoco quería hacer algo. El mejor sonido era el del viento y la mejor sensación la de la llovizna. Con gusto me pude refugiar en los documentales de la BBC Planet Earth y sentirme contenta, sorprendida por las astucias de las más extrañas especies de este planeta. Noté, con gran felicidad, que habían preferido ignorar la presencia humana en el mundo -que en esos momentos se me antojaba pesada y negativa- y no había entonces ninguna señal de alerta que pudiera encenderse en mi cerebro, podía simplemente disfrutar lo que veía. Un documental que mencionara o grabara las miles de mariposas monarcas aplastadas por los automóviles, los tiburones atrapados en redes de pescadores, la desaparición de anfibios por la contaminación del agua, etcétera, hubiera terminado por hacerme dormir al menos 24 horas.

Y muchos pensarán que si esa es la realidad debemos conocerla y hacerle frente, debemos estar informados de todos los peligros y tragedias, porque “ese es el mundo que vivimos”. Pero yo les diría que el mundo no se reduce a eso, que eso es un estado de alerta perpetuo y que no se puede vivir así. El placer por hacer ciertas cosas, sin ningún fin más que el gusto de hacerlas, debe tener una cabida en este planeta y si se está siempre alerta cuesta trabajo encontrarle siquiera un rincón. No se puede crear bajo una presión así, es indispensable poder salir de esa burbuja de precauciones, terrores y temores temporalmente para poder escucharse e incluso para poder escuchar al otro.

Escribir, en mi caso, me provoca un gran placer. Hoy es mi única arma para deshacerme de todo el ruido en mi interior o darle orden. Es cierto que hay que seguir adelante, estar conscientes de las consecuencias de nuestras acciones y buscar mejorar o afectar lo menos posible a nuestro entorno. Pero eso no debe evitarnos tener momentos de placer ni hacernos sentir culpables por buscarlos.

Necesitamos ser críticos con nosotros mismos en cada aspecto de nuestras vidas, pero tenemos también que saber meditar y divertirnos. De lo contrario tendríamos que admitir que somos incapaces de crear, de dar vida y compartir felicidad, y admitir eso sería trágico.

chloe nava

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