Yo tan Noble y Leal Ciudad de México y tú tan CDMX

“Nuestra libertad de salir y expresar una preferencia aunque sea imposible de conseguir, es algo que los ciudadanos no debemos jamás dejar de aprovechar.”

Por Jaun José Díaz E.

Twitter: @zoonromanticon

Este artículo nació de la reflexión que me provocó el artículo “Por qué no votaré” de Carlos Elizondo Mayer-Serra. En su artículo, Carlos Elizondo hace un recuento extraordinario de los motivos por los cuales este 5 de junio de 2016 se abstendrá de votar por el Constituyente de la CDMX.

¿Qué opinión tengo al respecto de su postura, sobre todo siendo yo también habitante de la ciudad? La que les comparto a continuación.

Con el título de este texto “Yo tan Noble y Leal Ciudad de México y tú tan CDMX” quiero mostrar que en la Ciudad de México existe una contraposición de visiones que parecen no ser compatibles.

El orgullo y un sentimiento de superioridad de la Noble y Leal hacen referencia a una ciudad antaño llamada “de los palacios”; el acrónimo apunta a una marca comercial, más cercana al escaparate mundial, como la famosísima “I ❤️NY” de Milton Glaser.

¿Hay algo de malo en estas visiones sobre la Ciudad? En principio no, salvo por las implicaciones de querer manejar una complejísima urbe solamente con principios de marketing y popularidad… me parece que cuando Carlos Elizondo anuncia que no piensa “avalar el circo” de la nueva Constitución de la CDMX con su voto está reaccionando justamente a este cambio de mentalidad que nos está llevando de vivir en una Polis a sobrevivir en un Reality show.

Comienzo contestando la primera idea de Carlos Elizondo. No me parece que votar tenga algo de absurdo; menos por las razones que da. En una democracia participativa (por más ineficiente que sea) el valor del voto no puede medirse por su impacto individual y solitario. La voz de un elector no tiene peso, pues es en el agregado donde cobra relevancia. El frío análisis costo/beneficio no aplica para la participación personal en una democracia. Según me parece, sería como intentar medir con un barómetro la densidad de 15 kilómetros. Son conceptos incompatibles.

Sin embargo, entiendo la frustración. Cuando la participación individual se diluye, no entre un conjunto de otros votantes, sino entre mecanismos partidistas y procesos “políticos” que poco o nada abonan al desarrollo democrático de la ciudad, la percepción del valor de la participación se pierde.

No puedo estar de acuerdo con la abstención, sin embargo, porque a pesar de la frustración me parece que sería ir en contra de un cierto imperativo moral que rige la vida democrática individual.

Immanuel Kant acuñó un famosísimo imperativo: “no hagas nada que no pueda ser elevado a norma universal”. No lo dice textualmente así, pero es la idea. En una sociedad, los hombres particulares tenemos la obligación de orientar nuestra acción para que pueda ser considerada ley universal. ¿Dejar de votar puede ser norma universal? No, pues la abstención universal mina las bases del sistema democrático (abre la puerta a la tiranía y la demagogia), y peor aún afecta “estructuralmente” la naturaleza humana: al ser seres sociales, estamos hechos de tal modo que participar es una acción que nos constituye íntimamente. Me parece que esa es la razón por la cual la democracia es, a pesar de sus defectos, el mejor sistema hasta ahora diseñado para el desarrollo político de la humanidad.

Hago un paréntesis. Dejar de votar (la abstención) tendría sentido, me parece, sólo como un mecanismo de desobediencia política, es decir, de ruptura voluntaria con el poder político que gobierna. Sacrificar la posibilidad de la participación democrática es un desacato a la obligación ciudadana que tenemos de salir a votar, una obligación que sólo puede romperse por dos motivos:

  1. Por imposibilidad: vivir en el extranjero, como lo vivió Carlos Elizondo; o estar encerrado en un quirófano.
  2. Por evidente perversión del poder político: si salir a votar el próximo 5 de junio fuera un ejercicio que atentara gravemente contra el bien común o contra una disposición de la recta conciencia individual.

Podría decirse que en efecto, solapar estos comicios es un atentado contra el bien común. Sin embargo, la abstención (proyectada por algunos hasta el 80% de la población de la Ciudad) impacta aún más negativamente al bien común, pues abandona la ciudad cuando más necesita de la voz de los hombres libres que la habitamos.

¿Es una voz que se escuchará? No lo creo. ¿Es una voz que será tomada en cuenta? Definitivamente no, como lo deja ver Elizondo con los números, porcentajes y representaciones partidarias que da en su texto. Pero esta voz, es decir, nuestra libertad de salir y expresar una preferencia aunque sea imposible de conseguir, es algo que los ciudadanos no debemos jamás dejar de aprovechar.

Pienso que abandonar esta pequeña ascua de libertad nos acerca más a la consolidación de un estado demagógico y tiránico.

Una última reflexión sobre el contexto general de la participación y la corrupción del sistema democrático capitalino: estoy de acuerdo con el juicio de Carlos Elizondo sobre los “estúpidos comerciales” y el “asqueroso despilfarro”. Ambas cosas son ejemplo claro de que el sistema se está corrompiendo a una velocidad espeluznante. Dicha corrupción empuja a la Ciudad de México a consolidarse como un estado demagógico (sin necesidad de mesías tropicales, por ejemplo).

Quiero enfocarme ahora en la carta a Santa Claus que será la constitución de la CDMX. En efecto, un listado de buenos deseos (prefabricados por un gobierno con claras trazas demagógicas, como he dicho) e hinchado por las preferencias de grupos partidistas será un bodrio inoperante que servirá para distraer al gobierno de sus funciones naturales y como herramienta de presión política para grupúsculos de todas las posturas imaginables.

A este respecto encuentro muy valioso recordar a filósofo autor escocés: Thomas Reid. Reid dice que “El fin de todas las constituciones de gobierno es preservar y apoyar los Derechos de la Humanidad. Esta es la prueba adecuada o bien la prueba de toque por la que todas las formas de gobierno debieran ser juzgadas”.

¿La nueva constitución de la CDMX preserva o apoya Derechos de la Humanidad? De otro modo, ¿la nueva constitución de la CDMX ayudará a reducir la pobreza, a impulsar la industria, etcétera? Parece que no. ¿La nueva constitución ayudará a que todo ciudadano sea reconocido, respetado en su dignidad y libertad, coadyuvará a facilitar la creación u obtención de trabajo, simplificará la adquisición de propiedades? Al igual que Elizondo, no veo cómo.

Cuando Carlos Elizondo dice que “el nuevo marco constitucional no ayudará a resolver ninguno de los problemas que nos aquejan” no puedo dejar de pensar en la frase de José Gaos “el mundo de la vida corriente”. Una constitución debería ser el documento que permita la administración “de la vida corriente”, es decir, de los temas que “nos aquejan” a los ciudadanos.

Una última reflexión.

No soy abogado, pero desde mi ignorancia me parece una labor titánica intentar coordinar las disposiciones del 122 Constitucional y los artículos que conformen la constitución local de la Ciudad.

Peor aún, coordinar las diferencias entre constituciones será responsabilidad de políticos que parecen haber olvidado lo que decía Cicerón: “no sólo es falso que el Estado no pueda ser gobernado sin injusticias, sino que lo cierto es que no se puede gobernar sin la más estricta justicia”. ¿Puede un Estado que sistemáticamente viola la Constitución y las demás leyes, garantizar el buen gobierno y la buena jurisprudencia en los conflictos legales que la nueva constitución traerá consigo? Mi hipótesis es que no.

De ser verdadera mi hipótesis, aunada al análisis de Elizondo, el ejercicio constitucional de la CDMX será un gran aliado en el menoscabo de la confianza que tanto nos urge en estos días.

Un sistema político en acelerada corrupción, un circo constituyente y un ejercicio del poder en franca contraposición de los intereses comunes de “la vida corriente” propicia la aparición de un resentimiento social que se cuela hacia la estructura social de la ciudad y del País.

Este resentimiento, sumado a los agravios que sufrimos por el descaro de la corrupción y la impunidad, estimula la falta de confianza y el victimismo de los sectores menos favorecidos o más afectados por dichas situaciones y, como justifica José Hernández PradoJosé Hernández Prado, termina por llevar a una “fascinación por la revolución social” como ya la vemos en los discursos de Andrés Manuel, Ayotzinapa, #YoSoy132, CNTE, entre otros.

Con esto no quiero decir que crea que vamos corriendo a una “revolución”, ni que el país está al borde del “fallo político”, ni mucho menos que la nueva constitución de la ciudad de México será la causa del acabose político y social de México.

En resumen: (a) comparto el análisis y la frustración de Elizondo; (b) me separo de su postura abstencionista; (c) reconozco la urgencia de “participar exigentemente” para reducir los impactos perniciosos del circo político que se manifiesta en ejercicios ociosos como el del “constituyente” de la CDMX y (d) creo que es menester atrevernos a retomar el orgullo de vivir en una Ciudad de México, una ciudad de Palacios (es decir, de magnánima visión sobre sí misma y sobre sus habitantes), una ciudad plenamente democrática en la que “la vida corriente”, y no “la popularidad pública para salir en la foto”, sea el tema central de la administración de la ciudad.

De lo contrario no creo que la Ciudad -ni su constitución- pueda ser viable. Y nos enfrascaremos en un nuevo torbellino de constituyentes y re-constituyentes ad nauseam que terminarán por complicar aún más la salud, ya de por sí delicada, de esta Noble y Leal Ciudad de México.

Juan José

*Agradezco a Carlos Elizondo, a quien no conozco, por la estupenda fuente de inspiración para esta reflexión. Agradezco a cierta persona (a quien le respeto el anonimato) que me aventó la provocación a reflexionar sobre el artículo de Elizondo y a todas las personas que me lo comentaron antes de esta publicación.

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