Hacer no es suficiente si no amas lo que haces

“Amar lo que hacemos, en última instancia, implica también amar a las personas que serán beneficiadas por nuestra acción.”

Por Pablo Rubén Ruiz Cascajares

@pablorrc2015

 

“Amo, luego existo” (Amo, ergo sum), Karol Wojtyla

Cuando manejamos en cualquier avenida de la Ciudad de México muchos nos cuidamos de no pasarnos los altos, no ir a exceso de velocidad, no hablar por teléfono. Pero la razón de esto, más que evitar grandes catástrofes automovilísticas, suele ser que no nos vayan a infraccionar y que el detector o la cámara no nos capte para evitar pagar grandes cantidades de dinero. A lo mejor a uno que otro sí le preocupa no chocar para no tener que perder tiempo esperando al seguro o evitar pagar la reparación. Sin embargo, nos podríamos preguntar: ¿realmente el evitar colapsos con otros coches o pagar las multas es lo que nos debería mover a tener una cultura vial? ¿No habrá algo anterior o “más de fondo” que nos debería importar?

Por supuesto, uno de los principales objetivos del civismo vial siempre debería ser la prevención de accidentes y la protección de la vida, pero también es importante pensar que en la medida en la que los automovilistas, ciclistas, peatones y conductores del transporte público reconozcamos a los demás como personas, las respetemos y las tratemos conforme a su dignidad, la movilidad en esta caótica ciudad podrá ser más tranquila, menos violenta y estresante e, incluso, disfrutable. Centrarse únicamente en las normas sin darnos cuenta de que el trasfondo de las mismas es el respeto y el cuidado de las personas, es bastante miope y no necesariamente resuelve los problemas para los que las normas fueron establecidas.

De igual manera como lo hemos visto en el caso de la cultura vial, es apropiado reflexionar acerca del trasfondo de ciertas realidades con las que interactuamos diariamente.

La guía para muchas de las actividades que realizamos todos los días está expresada en normas que existen para poder generar una sana convivencia en los tiempos y espacios en donde tenemos que tratar con otros y para utilizar las cosas que nos rodean de modo adecuado. Muchas de estas normas forman parte de nuestra vida cotidiana y ya ni siquiera las percibimos, sino que simplemente actuamos conforme a ellas, como al formarnos en la fila del banco o al apagar el cigarro cuando entramos a un edificio. Cuando socializamos, en general, también hay un tiempo y un espacio para determinados temas y actividades, donde, si bien no se dan criterios explícitos para actuar, se da un hilo conductor en el trato natural con las personas con las que nos relacionamos.

¿Y qué sucede cuando ya no sólo se trata de convivir o socializar, sino de elaborar y crear con otros? También dentro de los trabajos y actividades colaborativas percibimos una cierta guía, pero no sólo eso (o, al menos, no debería), sino que también hay una pasión por realizar eso que queremos de manera que enriquezca nuestra vida. Por ello, lo más importante de lo que hacemos no es simplemente su elaboración, sino la pasión y -aún más importante- el amor con el que las ejecutamos. Amar significa “desear el bien” de un objeto o persona. Por lo tanto, amar lo que hacemos, en última instancia, implica también amar a las personas que serán beneficiadas por nuestra acción.

Para poder hacer una actividad se requiere del deseo concreto de realizarla y de seguir una guía razonable, como lo son las normas, para poder alcanzar el objetivo visualizado, pero también es indispensable tomar en cuenta a las personas que nos rodean y que se ven implicadas en nuestra acción. Esta guía requiere de nuestra capacidad intelectual para ver con claridad cuál es el sustento de lo que nos proponemos, cuál es el sentido; y, de acuerdo a ello, decidir qué es lo mejor para realizar tal o cual trabajo. Entonces, recapitulando, lo primero es tener claridad mental y el conocimiento necesario para lo que se va a desempeñar; lo segundo es querer hacer lo que ya se visualizó y realizar las acciones convenientes; y lo tercero es amar lo que hacemos, darle un sentido que va más allá de la acción misma.

Como ejemplo, podemos pensar en el caso de un empleado que atiende en la ventanilla de un banco. Su trabajo suele ser bastante monótono y puede resultar sumamente aburrido y desgastante. Sin embargo, esta persona puede ser alguien muy cordial y amable; o bien, alguien que contesta en automático y ni se molesta en ver a la persona que atiende. En ambos casos el empleado cumple con su trabajo conforme a la norma, pero vemos un claro contraste en su actitud. El primero, al encontrarle un sentido al trabajo que realiza, atiende a sus clientes considerándolas como personas y hasta encuentra gusto en ello; mientras en el otro caso el empleado se limita a seguir instrucciones, como una máquina, y se pierde del disfrute y crecimiento que podría obtener de su labor. El desear y amar lo que hacemos nos ayuda a disfrutar lo que realizamos y a tener un trato cordial con las personas que nos rodean. Así se puede laborar adecuadamente, conforme a nuestra humanidad (y no sólo conforme a la norma).

En conclusión, podemos decir que son dos facultades las que utilizamos para socializar, colaborar y crear. La primera es la razón, la segunda es la voluntad. Con el intelecto percibimos la actividad o trabajo a ejecutar, medimos nuestras fuerzas y vemos las metas a lograr. Con la voluntad realizamos las acciones que consideramos mejores para lograr el bien de la situación que queremos desempeñar. Y, finalmente, también con la voluntad podemos poner todo de nuestra parte para hacer con amor lo que desempeñamos.

De modo que estas dos facultades (el intelecto y la voluntad) nos auxilian para identificar las normas y pasos que requerimos para actuar como es debido en las vialidades, para trabajar adecuadamente, lograr sinergia, hacer propuestas y convivir en sociedad de una manera armónica y estable. Sin embargo, estas mismas facultades nos permiten no limitarnos a esto, que, si bien suena bastante bueno en sí mismo, no es suficiente para nuestra humanidad. Los invito a hacer el ejercicio de llevar su voluntad poco más allá, de dar el paso de querer amar lo que hacen y a quienes van a ser los beneficiarios de su trabajo. Finalmente, toda acción que realicemos en el fondo siempre va a estar dirigida a otras personas. En la medida en la que hagamos consciente esto, veremos transformada la actitud con la que hacemos las cosas y nuestra vida obtendrá un nuevo sentido, mucho más humano y personal.

 

pablo_ruiz_arrobaeudoxa

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