Feminismos con apellido

“Aunque todos estuviéramos de acuerdo en que la igualdad de derechos es algo bueno y deseable, al momento de llevar esto a la práctica necesariamente hay que definir cuáles son estos derechos y qué implicaciones tienen a nivel social, legal y moral.”

Por Emilia Kiehnle

Me interesa mucho el tema de la igualdad de derechos, trato digno y oportunidades para hombres y mujeres. Soy profesora de filosofía y he impartido en varias ocasiones un seminario de historia del feminismo para universitarios; conozco la importancia de enseñar estos contenidos, pues estoy convencida de que la mejor manera que tengo para luchar por un mundo más justo en donde hombres y mujeres puedan convivir y complementarse sin que uno abuse del otro, es a través de la educación.

Sin embargo, sigo sin sentirme cómoda cuando me llaman “feminista”, pues no me identifico con el término. Y no es porque crea que es un nombre peyorativo que describe a una mujer amargada y militante radical que le tiene resentimiento a los hombres. Tampoco es porque crea que “no necesito el feminismo”, como reza un popular eslogan en redes sociales de un grupo de mujeres que consideran que la lucha ya terminó, pues ya tenemos los mismos derechos que los varones, lo cual me parece un pensamiento un tanto miope e ingenuo.

Mi problema con el término “feminismo” es su falta de claridad. Es un nombre que no tiene un solo significado, no es unívoco. La historia del feminismo no es lineal y el nombre no designa a un solo movimiento ni a una sola forma de pensar que ha ido evolucionando con el tiempo. Si alguien me dice que es feminista, lo primero que salta en mi mente es la pregunta: “¿y qué tipo de feminista eres?” La palabra por sí misma no me dice mucho de la persona que la ostenta.

No soy la única que reconoce este problema con el feminismo. Hay varias personas que se han dedicado a hablar y escribir sobre el tema, personas que buscan darle un significado muy básico y amplio a la palabra, el cual nos permita identificarnos en la lucha; un significado que promueva la unión y no la división.

Tal es el caso de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Es una mujer muy inteligente y muy capaz que se ha dedicado promover la importancia de escribir y contar historias para enriquecer el pensamiento y cambiar la cultura para bien. Uno de los varios temas sobre los cuales le interesa cambiar la cultura nigeriana, es precisamente el del feminismo. En 2013 se presentó en una plática TED llamada We should all be feminists (Todos deberíamos ser feministas), la cual posteriormente publicó como un pequeño ensayo. 

Si se toman unos minutos para escuchar la plática, notarán que Chimamanda es una feminista que no niega las diferencias entre hombres y mujeres, no niega que exista una feminidad y una masculinidad y reconoce una complementariedad entre ambos sexos. Es una persona que habla desde su propia experiencia, con mucha mesura y sentido común, y que se considera feminista simplemente porque no puede quedarse callada ante las injusticias que presencia a diario. “Quiero decirles que soy tan humana como el hombre y que tengo el mismo derecho al reconocimiento”, dice con toda razón. Pero incluso ella bromea diciendo que, al llamarse a sí misma “feminista”, tiene que aclarar que es una “feminista africana feliz que no odia a los hombres, a la que le gustan los lipsticks y que usa tacones altos para ella y no para los hombres.”

Chimamanda concluye que hay que reclamar la palabra “feminista”, hacerla propia, mostrar que el tema de la igualdad de oportunidades y derechos debe importarnos porque somos seres humanos, y que esto no implica perder nuestra feminidad o masculinidad.

Algo similar es lo que parece promover la campaña #HeForShe que lanzó Emma Watson en su famoso y compartido discurso de hace un par de años como embajadora de buena voluntad de la ONU. En él, Emma Watson define al feminismo como “la creencia de que los hombres y las mujeres deben tener derechos y oportunidades iguales. Es la teoría de la igualdad política, económica y social de los sexos”.

Al igual que Cimamanda, Emma utiliza la definición “oficial” (de diccionario) del término, que suena lo suficientemente general para evitar meterse en los puntos álgidos en los que difieren los diversos movimientos feministas, y procura rescatar la preocupación de fondo que comparten todos los “feminismos”, con la intención de unirlos bajo una misma bandera.

Admiro a mujeres como Emma, Chimamanda y muchas otras en esa búsqueda de un mundo más justo para ambos sexos, respetuoso de nuestra dignidad humana; nuestras diferencias biológicas y culturales; y nuestra capacidad de reconocernos mutuamente, complementarnos y crear. Es cierto que, independientemente del nombre, lo importante es la conciencia de que todos los seres humanos deben ser tratados con respeto por el simple hecho de ser personas con una inteligencia y voluntad propias. Pero tampoco creo que este enfoque termine de resolver mágicamente el problema, pues, aunque todos estuviéramos de acuerdo en que la igualdad de derechos es algo bueno y deseable, al momento de llevar esto a la práctica necesariamente hay que definir cuáles son estos derechos y qué implicaciones tienen a nivel social, legal y moral.

Recientemente, cuando expresé esta reserva que tengo ante el nombre “feminismo” en un foro en internet y propuse mejor referirnos a un “humanismo” o “personalismo”, varias personas me objetaron que se trata de lo mismo. Una persona incluso me dijo, con un tono un tanto sarcástico, “No conozco ningún tipo de feminismo que no busque tratar a los seres humanos como personas”.

Entiendo esta visión y comprendo que en el fondo esta persona y yo coincidimos en lo más fundamental, pero también soy consciente de que no es así en los matices. Tiene razón al decir que no hay un movimiento feminista que no busque tratar a las personas como tales, pero mi punto es que hay feminismos que cuestionan desde un inicio las implicaciones de ser persona, y es ahí en donde quizás ya no coincidiríamos, si nos pusiéramos a discutir a mayor profundidad.

Hoy en día el feminismo está innegablemente ligado a la ideología de género, la cual ya no se trata solamente del reconocimiento de la igualdad de dignidad y derechos entre hombres y mujeres, sino que parte de cuestionar (e incluso negar) la misma esencia de lo que significa ser “mujer” y “hombre”. Los temas a discutir ya no son sólo el derecho a la educación, a un trato digno o a la igualdad en la remuneración del trabajo, sino que también se habla de la identidad sexual, los roles de género, los derechos sexuales y reproductivos, el aborto y la orientación sexual, entre varios otros temas. Es en este punto en donde no todos estamos de acuerdo y en donde están las polémicas más fuertes. Es aquí en donde los límites del feminismo se desdibujan y ya no queda claro si ser feminista implica que debo estar de acuerdo con que el aborto es un derecho de las mujeres o no, por ejemplo.

Es por esto que, aunque entiendo esta intención de reclamar el término “feminista”, no me parece suficiente. Pienso que, o nos ponemos a buscar nombres alternativos para esta lucha por el reconocimiento de la dignidad humana de hombres y mujeres por igual, o, como bien dice un amigo mío, le empezamos a poner “apellidos” a los diferentes tipos de feminismos que hay.

En mi humilde opinión, empezar a tratar de distinguir los múltiples movimientos que se identifican con el feminismo, tampoco va a esclarecer demasiado las cosas. Además creo que esta lucha debería ser considerada más “humana” que “femenina”, pues estos temas no son sólo del interés de las mujeres, sino de todas las personas que queramos vivir en un mundo justo y equitativo. Por lo mismo, el nombre que usemos para describir este movimiento debería ir acorde a esta intención.

Me gustaría saber qué piensan al respecto, y si a ustedes les hace sentido identificarse a sí mismos como “feministas”. Y si no, ¿qué otras opciones se les ocurren?

Emilia

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