Es la ética, estúpido

“El gran reto que enfrentamos los mexicanos y los norteamericanos actualmente (y muchos otros, también) no es un problema de estructuras, de modelos, ni siquiera de intereses. Es un problema de ética y mientras no lo atendamos como tal poco podremos hacer para resolverlo.”

Por: Juan José Díaz

twitter: @zoonromanticon

Tiempo estimado de lectura: 10 minutos

Hay tres problemas que me han estado rondando la cabeza últimamente: (1) la escandalosa y acelerada caída de la aprobación popular de Enrique Peña Nieto; (2) Las implicaciones políticas de los “alternative facts” del gabinete de Donald Trump; (3) el ascenso de la Inteligencia Artificial como una de las tecnologías más prometedoras para el desarrollo empresarial a partir de este año. Es sobre estos tres temas que quisiera hacer aquí una reflexión.

La popularidad de Enrique Peña Nieto es un tema preocupante pues, como ciudadano mexicano, reconozco el peligro de tener un Presidente cada vez más alejado de la aceptación popular. No creo en los liderazgos por charming, pero estoy convencido de que cuando un líder habla y su mensaje no llega a su gente o llega siempre interpretado bajo la sombra de la desconfianza y el ridículo éste ha perdido el control de las riendas del carro. Y un auriga con las riendas rotas o sueltas está en franco peligro: a la primera curva o al primer bache el carro volcará y habrá mucho dolor.

Sobre este tema, Ricardo Lagos, expresidente de Chile, dijo en el Encuentro Empresarial 2014 de la Coparmex que un líder tenía que ser un gran comunicador y un gran pedagogo. Comunicador porque tiene la responsabilidad de transmitir un mensaje elocuente, claro y verosímil a sus distintas audiencias; pedagogo porque tiene la responsabilidad de guiar la libre voluntad de sus conciudadanos hacia la visión de país que posea.

Al respecto de la comunicación hay dos videos extraordinarios para ejemplificar el tema: (1) el mensaje de “La Niña que nace en España” de Rajoy; (2) el discurso de victoria de Obama en el que recordó a “Ann Nixon Cooper”.

En ambos discursos la estructura es la misma; sin embargo, el de Obama tiene mucho mayor calidad comunicativa. No quiero distraerme analizando el storytelling, sino hacer una reflexión: Obama el comunicador terminó su mandato con una aprobación cercana al 60% y aunque uno pudiera no estar de acuerdo con su postura política, sus decisiones e incluso con su estilo, es técnicamente imposible negarle el derecho a ese porcentaje: en cada ocasión supo comunicar y guiar a los Estados Unidos hacia una visión de país.

Así, uno de los problemas que enfrenta Peña Nieto actualmente es su (aparente) incapacidad de comunicar. Ejemplos de esto son su criticado discurso de la “infraestrurchurchur”,  el “¿ustedes qué hubieran hecho?”, el mensaje que hizo su esposa, Angélica Rivera, sobre la llamada Casa Blanca, el nombramiento de Virgilio Andrade como Secretario de la Función Pública, o de Videgaray en Relaciones Exteriores, etcétera.

Por su parte, Donald Trump ha encabezado un estilo político escandaloso y cínico. A diferencia de lo logrado por el presidente Peña Nieto, no se puede decir que Trump no sepa comunicar. Como escribí en un artículo inspirado por su discurso de arranque de campaña la radicalidad de su discurso y la claridad de sus statements (aunque no de sus posturas) ayudan innegablemente a colocar el mensaje que le interesa colocar.

Sin embargo, me parece que tanto Peña Nieto como Trump comparten un rasgo característico que, por la capacidad comunicativa de Trump, es más evidente en el segundo que en el primero: no tienen respeto alguno por los hechos ni por la verdad.

En el caso de Peña Nieto puede rastrearse esto en los escándalos de corrupción pero sobre todo en las inconsistencias de sus mensajes, en las contradicciones de sus decisiones como separar del cargo a Videgaray, aparentemente como consecuencia de la invitación hecha a Trump, y luego nombrarlo Secretario de Relaciones Exteriores, etcétera.

Pero en el caso de Trump, la falta de respeto a la verdad me parece mucho más peligrosa en tanto más evidente y descarada.

Uno puede rastrear esta desvinculación de la verdad desde la campaña presidencial y en los mensajes de la Convención Republicana. John Olivier, en su programa Last Week Tonight, publicó un análisis cómico-dramático de este irrespeto a los hechos, a la verdad. Pueden verlo en el siguiente video, del minuto 3:13 al 8:24:

Uno podría argüir que fue un “exceso de campaña”, que en el afán de comunicar y ganar adeptos Trump, su equipo y seguidores se dejaron llevar y cayeron en exageraciones e imprecisiones. Mentirillas blancas de la política. Sin embargo, suponiendo que lo anterior fuera un atenuante, estas exageraciones e imprecisiones no se detuvieron tras la victoria del candidato republicano. No. El primer día de gobierno, el vocero de la Casa Blanca, Sean Spicer, declaró que la cantidad de gente que asistió a la toma de posesión del Presidente Trump fue “la más grande jamás lograda. Y punto”.

El problema fueron los datos. Los hechos en la realidad no dan soporte a esta aseveración: fotografías, estadísticas del transporte público, time-lapses, etcétera, todos muestran una asistencia mayor en otras tomas de posesión.

Por si no fuera delicado dar una declaración oficial de esta naturaleza, la cosa se enrareció más cuando Chuck Todd entrevistó a Kallyanne Conway, Consejera de Donald Trump, al respecto de esta “exageración” y el impacto en la credibilidad a la Casa Blanca. En resumen, a la pregunta “¿por qué mintió la Casa Blanca?”, la respuesta fue: “no mintió, dio hechos alternativos”. Acá está el video completo o pueden ver el segmento entre los minutos 3:46 y 4:31:

Cuando me enfrento a situaciones como las que nos presentan los presidentes Peña y Trump no puedo dejar de sentir un profundo desasosiego. En primer lugar porque soy filósofo de profesión y tengo el mal gusto de afirmar que existe la verdad -así, con minúscula- y que los hombres podemos acceder a ella, y también que al acceder a ella tenemos una responsabilidad ineluctable de operar en nuestra vida práctica de manera concordante a ella.

Con esta premisa es que me hace mucho sentido entender el declive en México y el escándalo en los Estados Unidos de América no como un problema de realpolitik o de pragmatismo egoísta, sino como un problema ético. Así, con todas sus letras. El gran reto que enfrentamos los mexicanos y los norteamericanos actualmente (y muchos otros, también) no es un problema de estructuras, de modelos, ni siquiera de intereses. Es un problema de ética y mientras no lo atendamos como tal poco podremos hacer para resolverlo.

En 1990 Václav Havel en su discurso “We Live in a Contaminated Moral Environment” compartió esta reflexión que me parece de lo más esclarecedora en este momento:

“The worst thing is that we live in a contaminated moral environment. We fell morally ill because we became used to saying something different from what we thought. We learned not to believe in anything, to ignore one another, to care only about ourselves. Concepts such as love, friendship, compassion, humility or forgiveness lost their depth and dimension, and for many of us they represented only psychological peculiarities, or they resembled gone-astray greetings from ancient times, a little ridiculous in the era of computers and spaceships.”

Lo peor no son los hechos concretos, las mentiras concretas, las corrupciones concretas. Estos son solamente los efectos que se manifiestan, los síntomas visibles de la enfermedad. Lo peor es la enfermedad. Y si queremos curarla debemos trabajar sobre ella, no sobre sus síntomas. Pomadas y jarabes pueden quitarnos la molestia, pero no curarnos.

Por eso es urgente elevar el problema al terreno de la ética. Ahí es donde está la enfermedad. Déjenme me repito: no tenemos un problema de corrupción, tenemos un problema de ética; no tenemos un problema de bullying internacional, tenemos un problema de ética; no tenemos un problema de ignorancia e insensatez política, tenemos un problema de ética; no tenemos un problema de inseguridad, tenemos un problema de ética; no tenemos un problema económico, tenemos un problema de ética.

Es por esta razón que titulé este post con el adagio “es la ética, estúpido”. Es famosa la frase que James Carville acuñó como uno de los tres ejes estratégicos para la campaña presidencial de Bill Clinton durante 1992: “es la economía, estúpido”. Tan poderosa fue la frase que se convirtió en el slogan no oficial de la campaña y ha trascendido las fronteras políticas para volverse un referente cultural.

Hoy, tenemos que recordar que no es la economía, ni la diplomacia, ni cualquier otra cosa. Es la ética. Es el hecho de que como naciones hemos perdido la capacidad de cuidarnos y respetarnos mutuamente; es el hecho de que como países hemos perdido la habilidad de hablarnos de frente, de comprometernos con la verdad.

En palabras de Barack Obama, aunque los seres humanos, en especial los que vivimos a partir del siglo XX “somos individualistas de corazón, aunque nos apartamos instintivamente de un pasado de lealtades tribales, tradiciones, costumbres y castas, sería un error suponer que eso es lo único que somos. Nuestro individualismo siempre se ha visto matizado por una serie de valores comunitarios, que son el pegamento que mantiene unida a  cualquier sociedad (…) Valoramos la constelación de actitudes que expresan el respeto mutuo hacia el otro: honestidad, justicia, humildad, bondad, cortesía y compasión” (Obama, B.; La Audacia de la Esperanza).

Sin este estuco social nos estamos condenando como civilización. Después de todo, como individuos humanos somos francamente vulnerables e ineficientes. Nuestra fortaleza y esperanza está en la comunidad y en la tecnología. La primera nos provee de un espacio seguro para perseguir la satisfacción de nuestras necesidades, aspiraciones y deseos; la segunda nos permite alcanzar tal satisfacción.

Y aquí es donde conecto, para terminar, con mi tercer problema o preocupación. La inteligencia artificial.

No es novedad el resquemor con que nos acercamos al concepto de las máquinas inteligentes. Terminator, Space odyssey, I Robot e incluso Wall-e, entre otras muchas fuentes, han abonado a este temor. Y quizá tengan razón.

Apenas el año pasado AlphaGo, la inteligencia artificial creada por Google para jugar Go, venció en el juego a un campeón profesional.

Esto sería asombroso en sí mismo, pero poco sorpresivo teniendo en cuenta los logros de Watson y de  DeepBlue en años anteriores. Lo que llama realmente la atención, y me sorprende que no haya sido aún más escandalosa la noticia, es que AlphaGo ganó la partida “descubriendo” o “inventando” una movida que casi ningún humano pudo haber imaginado siquiera.

Estamos viviendo una era increíble y somos testigos del nacimiento de tecnologías que nos empujarán hacia un cambio civilizatorio de la magnitud del provocado por el fuego o la agricultura.

En los próximos años las computadoras tendrán la capacidad de operar herramientas, dar consejos y consultoría, de administrar los recursos, de coordinar políticas públicas y de diseñar estrategias de un modo infinitamente mejor que cualquier humano o grupo de humanos.

¿Qué pasaría si estas inteligencias artificiales decidieran comportarse de un modo anti-humano, contra-civilizatorio? Lo pongo en términos más llanos y relacionados con mi texto de hoy, ¿qué pasaría si la Inteligencia Artificial política se comportara como Trump, Peña Nieto, o como Kim Jong-un o Stalin?

Y más importante aun, ¿cómo lo evitamos?

En su protréptico, Aristóteles exhorta a Temisón, rey de Chipre, a practicar la filosofía. En esta obra aparece una idea de relevancia extraordinaria para lo que hemos estado reflexionando:

“Y esto es verdaderamente así, pues como dice el proverbio, la saciedad cría insolencia, y la incultura con poder, insensatez. En efecto, para quienes tienen en mal estado las cosas del alma no son bienes ni la riqueza, ni la fortaleza, ni la belleza, sino que cuanto mayor es el exceso en que poseen estas condiciones, tanto más intensa y frecuentemente trastornan a su propietario, si no van acompañadas de sabiduría. Pues ‘al niño, ningún cuchillo’, es decir, no [se debe] entregar el poder a los viles”  (Aristóteles, Protréptico, fragmento 4)

Al niño, ningún cuchillo. Y los empresarios, políticos y las máquinas inteligentes pueden ser niños, en este sentido. ¿Cómo podemos evitar los riesgos que nos presenta esta enfermedad ética de la que hemos hablado?, ¿cómo podemos prevenir que la inteligencia artificial se infecte de este mortal virus?

Ensayo una respuesta provisional: retomando el cuidado de las cosas del alma, tanto en los negocios, como en la política y en la tecnología.

Juan José

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