Prosperidad en la era del conocimiento

Ilustración de Monica Andino

“Una mente creativa es aquella capaz de generar ideas y plasmarlas en alguna aplicación práctica. Ya sea componer una pieza musical, pintar un cuadro o desarrollar un código para un software revolucionario, es necesario que la mente consolide una idea y la traduzca a la realidad.”

Por Juan José Díaz Enríquez

Estoy leyendo el libro ¡Crear o morir! La esperanza de América Latina y las cinco claves de la innovación, de Andrés Oppenheimer. Y es precisamente este texto el que me ha inspirado a escribir las siguientes líneas.

Antes que nada quiero establecer dos puntos: (1) no conozco a Andrés, pero lo reconozco como un escritor inteligente y valiente que vale la pena ser leído y analizado; (2) admiro el trabajo realizado para poder sacar al público un texto como ¡Crear o morir! Creo que es un libro que debería pasar por los ojos y la mente de todos los que nos dedicamos al emprendimiento en América Latina.

Y fue justamente el ejercicio de pasar mis ojos por sus datos y reflexiones lo que provocó esta pequeña nota sobre la opción real que tenemos en México para crear la prosperidad que tanta falta nos hace.

Parto de la premisa puesta por Andrés Oppenheimer en su primer capítulo, “El mundo que se viene”. Ahí, cuando revisa cuál es el potencial de América Latina, se pone sobre la mesa una primera condición: “hoy en día lo más importante es contar con una masa crítica de mentes creativas respaldadas por buenos sistemas educativos”.

Una mente creativa es aquella capaz de generar ideas y plasmarlas en alguna aplicación práctica. Ya sea componer una pieza musical (no hay música si nunca se plasma en un sonido audible), pintar un cuadro o desarrollar un código para un software revolucionario, es necesario que la mente consolide una idea y la traduzca a la realidad. ¿Se imaginarían que sería del mundo si Da Vinci, Mozart, Duchamp o Steve Jobs no hubieran ejecutado sus brillantes ideas?

Estas mentes creativas, como lo descubre Andrés en su libro con base en los descubrimientos de Richard Florida, suelen agruparse en comunidades propicias para su productividad. En Silicon Valley se reúnen tantos innovadores tecnológicos, como músicos se veían en Viena y pintores en París y poetas y filósofos en la Universidad de Tübingen. Y todas estas ciudades comparten la peculiaridad de ser, históricamente, los focos de mayor innovación y creatividad del mundo entero.

Quizá un primer dato interesante al respecto de la relación de estas mentes creativas y su impacto en la prosperidad de México pueda ser el impacto de la industria creativa en nuestro PIB nacional, el cual ronda el 7% según datos de ProMéxico… es decir: ¡el siete por ciento de la riqueza de México es generado por estas mentes creativas!

A este dato podemos añadirle una segunda premisa: nos enfrentamos a una megatendencia —ya anticipada por Peter Drucker que está cambiando la naturaleza del trabajo de ser “manual” a ser “mental”. Andrés Oppenheimer lo dice de la siguiente manera: “Esto se debe a que estamos en la era del conocimiento, en la que los países que desarrollan productos con alto valor agregado serán cada vez más ricos, y los que siguen produciendo materias primas o manufactureras se quedan cada vez más allá”.

A este respecto, ya en 1990 Michael Porter había escrito que “La prosperidad nacional se crea, no se hereda. No surge de los dones naturales de un país, de sus reservas laborales, de sus tasas de interés o del valor de su moneda (…) La competitividad de una nación depende de la capacidad de su industria para innovar y perfeccionarse”.

En otras palabras, si México es capaz de impulsar su industria creativa puede aumentar ese 7% y subirse a la ola de progreso y creación de riqueza con base en la creatividad. Hoy en día, además, existen algunas condiciones adecuadas para impulsar en México esta industria basada en la mente: muchas organizaciones y empresas están transfiriendo funciones clave fuera de sus bases de operación. México puede apostar por ser el receptor de funciones de maquila y mano de obra o también de aquellas ligadas a la gestión del conocimiento, es decir, a la innovación y a la creatividad.

Estas dos premisas que he tomado de Andrés Oppenheimer las suscribo a cabalidad. Es necesario contar con una masa crítica, es decir, hartas mentes creativas, y la tendencia mundial es pasar de una economía con base en el trabajo manual a una economía con base en el trabajo mental.

Donde me parece que Andrés yerra el camino es cuando introduce una tercera premisa. En su apartado “Somos todos filósofos, sociólogos y poetas”, afirma que “en América Latina estamos produciendo demasiados filósofos, sociólogos, psicólogos y poetas, y muy pocos científicos e ingenieros”. Según datos que nos comparte Andrés, 63% de los egresados de Latinoamérica salimos de carreras de ciencias sociales y humanidades.

Debo aclarar que estos datos y el desdén a las carreras humanísticas o sociales me llamó particularmente la atención. Quizás, porque tengo la gracia de ser egresado de la carrera de Filosofía. Es decir, soy parte de ese 63% que Oppenheimer parece interpretar como lastre en esta nueva economía del conocimiento y la creatividad.

Leyendo con calma el texto de Andrés, reflexionando sobre la situación de las humanidades y ciencias sociales en México, así como el papel de tantos emprendedores culturales, sociales y humanistas que he tenido la suerte de tratar, intenté llegar a una conclusión al respecto de esta cuestión.

Lo primero que concluí es que hay razones para acusar a las humanidades y a las ciencias sociales de ser un excesivo lastre que otras profesiones deberán cargar. No son pocas las ocasiones en que me enfrento a filósofos, historiadores, artistas, etcétera que entraron a estas carreras nada más “porque no les gustan las matemáticas” o porque “les gusta leer”. Tampoco son pocos los pseudo-humanistas y pseudo-artistas que se vanaglorian de sus conocimientos y habilidades, desprecian a los académicos y empresarios consagrados y viven la vida bohemia atrapados tras una taza de café, una copa de vino o un “habano” comprado en el Oxxo.

Es verdad, hay una sistemática falta de productividad (es decir, falta de creación de riqueza) de quienes nos dedicamos a la filosofía y a otras “humanidades”, por llamarlas de algún modo. Sin embargo, a pesar de esta realidad, despachar a todo un segmento de los egresados es una equivocación. Sobre todo cuando estamos inmersos en una economía de la creatividad, del pensamiento, de los intangibles. ¿No debería ser una ventaja competitiva tener personas formadas en habilidades afines a estas nuevas demandas del mercado? Me parece que sí.

Los filósofos, por poner de ejemplo la profesión que practico, somos capacitados durante la licenciatura para aprender a pensar y a hacer conexiones de ideas correctamente. Ser capaces de traducir estas dos habilidades en aplicaciones valiosas para el mundo es lo que nos inserta en la economía creativa. Y en una era donde el conocimiento y su aplicación adecuada genera la mayor cantidad de riqueza, somos un eslabón indispensable en cualquier cadena productiva. Igualmente sucede con los psicólogos, quienes estoy seguro que tienen mucho más que ofrecer al mercado que “curarle el coco” a los ingenieros, y con cualquier otra profesión humanística, social o artística en la que podamos pensar.

El reto está en convertir este 63% de egresados en una fuerza productiva real, capaz de poner sus conocimientos al servicio de la innovación y la creación de valor agregado. Suena enorme, pero se ha logrado antes cuando se sacó a los “científicos locos”  y a los “nerds” de sus laboratorios y laptops y se les puso de gerentes, CEOs o dueños de las empresas que le dieron forma al mundo del siglo XX.

El reto está en encontrar los factores a gestionar para darle a ese 63% de egresados las herramientas adecuadas para competir y para impactar positivamente en el mercado mundial. Herramientas dentro de las aulas (como principios básicos de administración financiera, por ejemplo) y fuera de ellas (como programas e incentivos para el emprendimiento creativo)… pero ese podría ser tema de un texto posterior.

Coincido con Andrés Oppenheimer en que necesitamos más científicos e ingenieros. Pero también necesitamos mejores humanistas y artistas que puedan afianzar, apuntalar y mejorar los procesos de pensamiento que impulsan las grandes victorias empresariales que nos hacen falta para prosperar.

Esta es, definitivamente, una opción real para crear prosperidad en nuestro país.

Juan José

Este post fue publicado originalmente el día 20 de enero de 2015.

3 comentarios en “Prosperidad en la era del conocimiento

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