Humanidad políticamente incorrecta

“Hay quien piensa que una mente científica no podría aceptar la “obscuridad” de la religión, pero la realidad es que no son excluyentes. Son dos dimensiones distintas del hombre, y ambas se desarrollan a la par de la humanidad.

Hay pocas cosas más polémicas que escribir de política en tiempos electorales y una de ellas es escribir sobre religión en tiempos de cuaresma, pero me arriesgo en aras de generar un diálogo inteligente y crítico.

El tema de Dios y de las creencias religiosas me interesa particularmente porque ha sufrido un cierto desprecio intelectual en los últimos tiempos. Cuando algún filósofo entra en el territorio de Dios se le descalifica automáticamente, pues, de pronto, el ejercicio intelectual parece quedar inhabilitado por la sospecha: se presume que si uno es creyente, no razona.

Hoy en día cualquier intelectual serio se cuida mucho de no hablar en público de temas como el alma, Dios, la trascendencia humana o la espiritualidad. Pareciera que de pronto esos temas tan relevantes para la vida del hombre se hubieran quedado atrapados en la superficialidad de los libros de superación personal. A pesar de ser profundamente humanos, son temas altamente impopulares en el mundo académico. ¿Por qué pasa esto?

Regresando unos siglos atrás, en los inicios de la modernidad, podemos rastrear este desprecio por las cosas que el hombre no puede controlar. Se pretendió construir un mundo puramente humano, fuera de la fatalidad de la fortuna y la providencia; salvar al hombre del yugo de la superstición y dejar que fuera libre y autónomo, dejar que se sostuviera con sus propias fuerzas.

Sin embargo, el modelo de la modernidad falló y hoy sabemos que no se puede pretender eliminar a la religión como algo que no tiene cabida en la vida del hombre. Aún así, nos sigue incomodando y la mandamos al cajón de los temas “políticamente incorrectos”. Aunque critiquemos la educación cientificista y resaltemos todo el tiempo la importancia de la espiritualidad humana, en el fondo seguimos siendo positivistas. Y es que, como dice la escritora Virginia Woolf, la historia pesa mucho en en comportamiento de los hombres. La humanidad piensa en conjunto a través de su tradición y de sus experiencias pasadas.

Bertrand Russell, uno de los filósofos y matemáticos más brillantes del siglo XIX, escribió: “La religión se basa, a mi juicio, primordial y principalmente en el miedo. En parte es terror a lo desconocido y, en parte, deseo de sentir que se tiene una especie de hermano mayor que estará junto a uno en todas las aflicciones y disputas”. Para él, la religión se oponía al avance científico y a la prosperidad humana.

Según esta forma de pensar, la religión es un producto irracional, una necesidad del hombre poco maduro y poco educado. Sin embargo, hoy podemos ver que en países desarrollados un porcentaje muy alto de la población se dice creyente. Tal es el caso de Finlandia, con un 80 por ciento de creyentes, o de Estados Unidos, en donde más del 90 por ciento declara creer en Dios.

No se está discutiendo el tipo de Dios o de creencia que se tiene: la concepción de la religión depende del entorno cultural y de la interpretación que se le dé a la vida. La religión es cultura y genera cultura, pues las creencias influyen la manera en la que nos comportamos, y debe tomarse en cuenta y estudiarse.

La idea de que los bajos niveles educativos y de desarrollo favorecen la creencia religiosa es falsa, pues la creencia en Dios convive con el desarrollo científico en el siglo XXI. Todavía hay quien piensa que una mente científica no podría aceptar la “obscuridad” de la religión, pero la realidad es que no son excluyentes. Simplemente son dos dimensiones distintas del hombre, y ambas se desarrollan a la par de la humanidad.

“Crecer educado en dogmas limita la libertad individual, limita la capacidad de discernimiento”, escribió recientemente el filósofo mexicano Federico Reyes Heroles. No coincido con él, necesariamente. Creer un dogma no implica dejar de tener la capacidad de cuestionarlo y explicarlo. Tampoco implica dejar de tener la capacidad de elegirlo o rechazarlo. La religión no es un reglamento de normas a seguir y de dogmas a creer, es una experiencia de vida que cada individuo hace propia libremente. La religión no es limitante, al contrario: pone de manifiesto la libertad y la capacidad de coherencia de las personas.

Una buena parte de los avances científicos se han hecho por personas que no tienen ningún conflicto con la existencia de Dios. Incluso se puede decir que las grandes preguntas de la humanidad no pertenecen al campo de la ciencia, sino al campo del misterio, es decir, de lo desconocido, de lo que no podemos controlar.

Las creencias son naturales al hombre. Son dañinas no por sí mismas, sino por el modo en el que accedemos a ellas. Es verdad que existe el fanatismo y que hay mucha gente que en nombre de su religión ataca a los demás y genera intolerancia. Pero el fanatismo no es exclusivo del ámbito religioso; también hay fanatismos en la ciencia y en la filosofía. El fanatismo es una violenta forma de reduccionismo y hay que evitarlo, no sólo en la religión, sino en todos los aspectos de la vida humana.

Russell describió a la religión como “una enfermedad nacida del miedo y una fuente de enorme miseria para la raza humana”, pero la realidad es que la enfermedad no es la creencia, sino el miedo mismo. Es el miedo el que genera la miseria, no la fe.

Propongo que retomemos y estudiemos seriamente el tema de la religión y de su importancia en la sociedad, pues en gran medida nuestras acciones, nuestra coherencia y nuestra cultura dependen de lo que creemos.

Emilia

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