Del habla callejera a la poesía

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Por: Elizabeth G. Frías

Si les dijera que el lenguaje callejero es más cercano a la poesía que el lenguaje formal, quizá creerían que estoy enloqueciendo. Es fácil aceptar que se trata de un lenguaje más vivo, más dinámico y tal vez hasta más sincero que el utilizado por escrito o en conversaciones rigurosas. Y es frecuente pensar que la poesía forma parte de esa esfera de asuntos serios y formales, lejos de las calles y su ajetreo diario.

Pero alguna vez G. K. Chesterton dijo: “All slang is metaphor, and all metaphor is poetry.” Muchas expresiones populares son directamente metáforas. En el mismo pasaje, Chesterton recuerda la expresión “romper el hielo” y evoca un paraje marino digno de un soneto, con el océano congelado en la oscuridad, pero que permite a los hombres convivir en la superficie.

La expresión es elocuente: Aristóteles la explicaría incluso como un argumento lógico, un entimema, que es un silogismo al que se le ha suprimido una de las premisas. Lo que está implícito en este caso es que el trato entre dos hombres que no se conocen es frío, semejante al hielo. Al englobar ese razonamiento en una expresión, el resultado es muy sugestivo. Es menos riguroso, pero no por ello engloba menos significado. Se trata de otra forma de comprensión: por imágenes, que además muchos aseguran que es una de nuestras favoritas en la cultura mexicana.

En el español de México, ese tipo de expresiones abunda. Cuando decimos que alguien nos agarró en curva, que anda cacheteando las banquetas, que está crudo, que nos da atole con el dedo, que se le van las cabras o que le echa mucha crema a sus tacos, por ejemplo, la idea queda mucho más clara que si tratáramos de explicarla con rigor. Lo mismo puede suceder con palabras individuales, como jefa en lugar de madre o carnal en lugar de amigo.

En su origen, muchas palabras son metáforas. Es más evidente en lenguas quizá menos híbridas, como las lenguas indígenas: decimos que son más poéticas porque las metáforas son más visibles.

Si la idea de que el lenguaje callejero es cercano a la poesía les sigue pareciendo difícil de aceptar, recordemos que, así como hay una parte del lenguaje —el habla— que cambia día a día con las expresiones y los usos que le damos y que, con el tiempo, son esos nuevos usos los que se fijan y se estudian en los libros y en los diccionarios, hay una parte de la cultura que se crea, se cultiva y se transforma en las calles; después de unos años, llega a los museos y a las enciclopedias. Un gran ejemplo es Gavroche, el personaje de Los miserables, con el que Víctor Hugo dedica un capítulo entero a hablar del argot. No es casual que Gavroche encarne la alegría popular, la libertad y la autenticidad.

Desacralizar el arte y la cultura, en mi opinión, es el primer paso para apropiarnos de ellos e involucrarnos en todos sus aspectos, desde el disfrute como espectadores o como participantes, hasta la creación, el aprendizaje y la investigación.

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Este post fue publicado originalmente en abril de 2013.

4 comentarios en “Del habla callejera a la poesía

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