Discutiendo se entiende la gente

Imagen: Favia Fer
Imagen: Favia Fer

“La contradicción bien argumentada es fecunda, así que no le temamos más. Alimentemos la mente crítica y aprendamos a expresar nuestras ideas con la finalidad específica de avanzar.”

Por Ethel Robles
Twitter: @MeDicenBanderas

Desde pequeña noté que mi familia era diferente. Y es que crecer con dos abogados como padres no es precisamente garantía de una infancia normal. Siempre fui la más traviesa y curiosa de la familia, por lo que constantemente me metía en problemas. Cuando llamaban de mi escuela a la casa para darles una queja mía —lo cual no sucedió pocas veces—, mis papás se sentaban en el sillón de la sala y me llamaban a testificar: me pedían que me sentara frente a ellos y tras la pregunta “¿Qué pasó hoy?”, esperaban que les relatara los hechos. Evidentemente, ellos los conocían, pero querían escucharlos de mi boca para deliberar y emitir una sentencia.

Probablemente esta escena parezca dramática, pero no cabe duda de que cuando una niña le confiesa sus travesuras a sus papás con la misma solemnidad con la que un imputado se presenta ante un jurado, el futuro de ambos (niña e imputado) está en las manos de aquellos que ejercen el poder.

Más allá de castigos y regaños merecidos, obtuve de estos juicios caseros experiencias y consejos que marcaron mi pensamiento de forma permanente. En cada llamada de atención mis papás me preguntaban con qué objetivo había actuado de la manera en la que lo había hecho y me decían: “Cada que vayas a hacer algo, pregúntate: ¿por qué lo hago? Si el resultado es algo positivo, entonces hazlo. Si es negativo, no lo hagas.” ¿Han intentado enseñarle a un infante a analizar las cosas y situaciones? Es difícil. Sin embargo, ellos lo lograron.

He de confesar que mi cabeza —repito, curiosa— no se limitó al análisis de mi actuar, sino que en unos años ya me encontraba cuestionando todo a mi alrededor: desde por qué los perros no pueden hablar ni las hormigas besar hasta cómo es posible que la voz viaje a través de un cablecito de manera prácticamente instantánea. Creo que fue precisamente en esta época cuando descubrí mi vocación filosófica de buscar la verdad.

Una vez más, no paré ahí. De pronto me encontraba cuestionando a las personas, incluso a aquellos mismos que me enseñaron a preguntar. Cuando mi papá me daba una orden, un simple “porque sí” no era motivo suficiente para que yo la cumpliera: necesitaba una razón que considerara valiosa para hacerlo. Podemos imaginar todos los problemas que esto me acarreó. Sin embargo, entre los disgustos que podía generarme, descubrí un delicioso tesoro que disfruto hasta el día de hoy: discutir.

Cuando estaba en la preparatoria, en una clase de orientación vocacional nos realizaron un test de personalidad. En mis resultados, una frase cerraba con broche de oro: “Te gusta discutir por diversión.”

Generalmente, la palabra discusión tiene una acepción negativa. Creemos que todo desacuerdo debe acabar en pelea y por ello es necesario evitar contradecir a los demás. Incluso le enseñamos a nuestros hijos que hay temas que es de mala educación tocar, como la religión, la política y el fútbol. Yo gratamente pongo en duda esa opinión: los niños que aprenden a no externar sus ideas se convierten en adultos pasivos, demasiado conformes con su entorno. ¿Realmente es ese el legado que queremos dejar?

Puedes saber mucho de una persona no sólo por lo que discute, sino por la forma en que lo hace. En lo personal, me parece maravillosa la capacidad que tiene el ser humano para argumentar una idea que cree cierta. En ocasiones, incluso, de manera reflexiva el cerebro se contradice a sí mismo y genera nuevas ideas y conclusiones. La contradicción, además, es una de las maneras en que comprendemos el mundo: por falta de luz, vemos la oscuridad; por falta de calor, sentimos frío; por falta de verdad, notamos las mentiras.

Platón creía que vivíamos en un mundo reflejo: lo puro y verdadero existía únicamente en el mundo de las ideas. ¿Cómo podíamos acceder a él? A través de una serie de aseveraciones (hipótesis) y refutaciones que, en un proceso dialéctico, permiten aclarar el tema sobre el cual se reflexiona. En el Hinduismo, el Brahman es la divinidad absoluta creada por las contradicciones, que son manifestaciones diversas del todo. Las antinomias kantianas; el “yo” y el “no yo” de Fichte; el principio del tercero excluido de Hegel; y la lucha de contrarios de Marx y Engels son otros tantos ejemplos para mostrar que las contraposiciones han sido una constante a lo largo de la historia de la Filosofía, ya sea que hablemos de la formación del universo o de teorías pertenecientes a la Lógica Formal.

Tomando todo esto en consideración, recomiendo altamente el ejercicio mental de discutir. La contradicción bien argumentada es fecunda, así que no le temamos más. Alimentemos la mente crítica y aprendamos a expresar nuestras ideas con la finalidad específica de avanzar. Venga, que discutiendo nos podemos entender.

ethel_arrobaeudoxa

Este post fue publicado originalmente en marzo de 2015.

2 comentarios en “Discutiendo se entiende la gente

  1. Me ha gustado la valoración que haces de la discusión y del modo como te criaron tus padres y pienso que voy a aprender de ello. Querría añadir que discutir solo no basta: hay que escuchar a la otra persona. tus padres consideraron que desde muy pequeña serías capaz de dar respuestas válidas, te consideraron dueña de tus respuestas y estas merecedoras de ser escuchadas. Sin este elemento no se establece la discusión, no es solo emitir, es escuchar al otro. Para escuchar a alguien hay que considerarle sujeto capaz de dar respuestas merecedoras de ser escuchadas, es decir se respeta al otro como persona.

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    1. ¡Muchas gracias por leer y comentar! Efectivamente me enfoqué en la cuestión de discutir y no puntualicé la importancia no solamente de escuchar, sino de entender al otro. Es precisamente a través del entendimiento que podemos romper con las barreras que nos estancan. Será un buen tema para un post futuro. ¡Saludos!

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