Repensando el ayudar

susana

“Si algo he aprendido es que la intención no es lo que cuenta cuando se trata de pobreza. Así como el amor que aspira a lo eterno no es un éxtasis momentáneo, el ayudar no debe ser un impulso, una acción aislada que responde al dolor que nos causa ver la vulnerabilidad del otro.”

Por Susana Kiehnle

Hace un par de años, durante mi estancia en Ghana, decidí hacer un proyecto para ayudar a un orfanatorio a cubrir los gastos de las tres comidas al día de los niños. Este proyecto consistió en un horno para hacer pan. Después de una capacitación de dos meses, en la que yo estuve presente, las tres niñas más grandes podían hacer pan y venderlo a las personas de su comunidad que normalmente caminaban 45 minutos para comprarlo en el pueblo vecino. Todo lo anterior, bajo las premisas del desarrollo sustentable o, en otras palabras, con la firme convicción de que el pescado no se debe regalar, si realmente queremos ayudar, debemos enseñar a pescar.

Regresé a México muy emocionada. Habíamos empezado a producir y el proyecto estaba andando. Pronto, dejé de ver resultados significativos. Una producción de pan cada dos semanas, una al mes… ninguna. Al mismo tiempo, mensajes y mensajes de John, el fundador del orfanatorio, pidiéndome dinero. Recuerdo como si fuera ayer cada momento que pasamos juntos hablando de la importancia de la sustentabilidad, de utilizar las donaciones como inversión, de tener una visión de largo plazo. Me veo a mí en ese entonces tratando de sacar de su cabeza la idea de que el hombre blanco es rico, de que el dinero crece en los árboles. “Trabajé un año entero para poder venir aquí”, “debo pagar el préstamo de mi universidad cuando regrese”, le decía. “Usen el horno”, le respondo cada vez que me pide dinero, y siento cómo el corazón se me quiere salir y echarse a correr escaleras abajo. “Debí haberme quedado más tiempo”, me repito constantemente en mi cabeza. Pero cuando por fin encuentro calma, me recuerdo que el aprendizaje no ha terminado y en mi boca se alcanza a dibujar una sonrisa. Si pudiera regresar el tiempo, haría todo exactamente igual.

Al Orfanatorio Suguru no le han faltado recursos. La casa de John no ha estado sola desde que me fui. Llegan y llegan voluntarios de muy buen corazón, dispuestos a ayudar con todo lo que pueden. Veo las fotos de ellos y de John: ropa nueva para los niños, nuevos útiles escolares, un día de comer frutas, un día de comer huevos, ya hasta construyeron una oficina. Y, sin embargo, yo me fui, ellos se van y los niños siguen sin ir a la escuela, sin comer tres veces al día, sin aprender inglés. Y yo, yo no voy a dar un peso, pero tampoco me voy a rendir. Ésta es mi pasión, mi vocación y mi sueño. Todavía creo. Estoy convencida de que salir de la pobreza es posible.

Hoy, quiero compartir contigo, querido lector, esta tristeza que me consume, esta impotencia, esta frustración, esta rabia. Quiero gritar al mundo que si algo he aprendido es que la intención no es lo que cuenta cuando se trata de pobreza. Así como el amor que aspira a lo eterno no es un éxtasis momentáneo, el ayudar no debe ser un impulso, una acción aislada que responde al dolor que nos causa ver la vulnerabilidad del otro. Lo sé, no es fácil contener al corazón, pero si realmente queremos ayudar, debemos detenernos a pensar un poco. Seleccionar cuidadosamente la mejor forma de donar nuestro tiempo, nuestro conocimiento, nuestros bienes y nuestro dinero. Hay organizaciones con mucha experiencia en esto, hay personas que han dedicado su vida y su profesión a esto. Piénsalo dos veces porque “de buenas intenciones está hecho el camino al infierno.”

Susana

Este post fue publicado originalmente en septiembre de 2014.

3 comentarios en “Repensando el ayudar

  1. “Pretender socorrer la necesidad de otros, ¡es todavía un punto de partida incompleto!
    ¿Cuál es la necesidad del otro? Esta actitud resulta ambigua, porque depende de lo que nosotros pensamos que el otro necesita, pero ¿qué tal que lo que yo llevo no es verdaderamente lo que el otro necesita? Lo que él necesita yo no lo sé, no lo determino y no lo tengo. Es una medida que yo no poseo: es una medida que está en Dios. Por eso las “leyes” y las “justicias” pueden ser aplastantes, toda vez que olvidan y pretenden sustituir lo único “concreto” que hay: la persona y el amor a la persona.” (L. Giussani)

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