El mundo está en efervescencia

La Sang d’un Poète, 1930 de Jean Cocteau
La Sang d’un Poète, 1930 de Jean Cocteau

Por: Elizabeth G. Frías

“El mundo nunca se aquieta”, me dijo mi abuelo un día cualquiera. “El mundo está en efervescencia, y de esa clase soy yo.” ¡Feliz legado, la efervescencia! Entre tantas otras cosas que asegura habernos heredado –como la necedad y el afán de dar lata–, esa inquietud, esas ganas de no “estarse quieto”, es una de las más afortunadas.

Tuve que recordarlo hace un par de días, cuando me vi invadida por la urgencia. Marzo siempre ha sido una época de cambios y transformaciones para mí, quizá porque es el mes de mi cumpleaños. Es una temporada que me impulsa a tomar decisiones que he relegado y a iniciar los proyectos que tengo en espera. Me asalta la necesidad de hacer balances y renovaciones. El único inconveniente es que este apremio puede convertirse en ansiedad, en un malestar insistente.

¿Qué hacer con esa efervescencia, con esa inquietud que exige transformaciones? Durante varios días no pude sacudírmela de encima, pero tampoco responder a su llamado. La inquietud no sirve de mucho cuando es sólo una alerta latente. La imagino como un explosivo con el cronómetro activado, de la cual no hay escapatoria posible. Si miramos atónitos el avance del segundero, la situación es estéril. Sólo cuando esa advertencia se convierte en un detonante, cuando desencadena las ideas y las acciones que nos lleven a desactivar el explosivo, sólo entonces es productiva. Y sólo entonces puedo responder a la pregunta recién formulada: ¿qué hacer con esa efervescencia? ¡Atesorarla, por supuesto! La incomodidad detona cambios. Por eso Sócrates se concebía como un tábano que contrariaba a los atenienses con preguntas para despertarlos y motivarlos a ir en busca de la verdad.

Decidí agradecer esa inquietud. Espero nunca dejar de sentirla. Aún ahora, sigo considerando que las transformaciones que he conseguido en mi persona son mi mayor logro. Y recuerdo tener, desde pequeña, esa idea clara: no quiero perder la capacidad de pensar (y pensarme) como algo en evolución, en despliegue. Alguien que está construyéndose, así a los 11 como a los 40 o los 60 años.

Acostumbramos pensar que los niños y los jóvenes están en desarrollo, están creciendo en todos sentidos. Tienen muy presente que en unos años serán distintos, que sus hábitos son modificables y que es normal que estén inmersos en un aprendizaje continuo. Muchos adultos, en cambio, se consideran a sí mismos ya fuera de ese proceso. Bien o mal, con defectos e imperfecciones, se juzgan ya al final de ese crecimiento. Como si sus hábitos, su carácter o sus ocupaciones estuvieran ya labrados en piedra y su modificación fuera impensable. En este sentido, saberse en proceso de construcción, saberse maleable y modificable, me parece una oportunidad increíble.

En el curso que estoy estudiando por parte del Instituto Interamericano del Niño, la Niña y Adolescentes, se hace notar que la idea de que sólo los niños y los jóvenes están en desarrollo ha provocado que históricamente sean relegados a un sitio poco favorable en la sociedad, por ser considerados incompletos, incapaces, inacabados o inmaduros. La concepción de los niños como objetos pasivos, que reciben protección, cuidado e instrucciones por parte de los adultos, los ha orillado a una situación en la que sus opiniones, sus potencialidades y su capacidad son ignorados. Muchas instituciones interamericanas buscan revertir esa concepción equivocada: los niños son sujetos activos, son titulares de sus derechos, tienen la capacidad de entender, opinar, decidir, transformarse a sí mismos y transformar su entorno. Aunque seguramente pronto escribiré sobre este tema, hay un argumento que me parece oportuno: los niños y los jóvenes no son los únicos que están en evolución. Sí, ellos están pasando por cambios fisiológicos y mentales a un ritmo vertiginoso, pero eso no significa que los adultos no estemos también en desarrollo. Si en el paradigma anterior se consideraba a los niños como “psicológicamente débiles”, susceptibles de ser moldeados por los adultos, el mensaje que queremos difundir ahora no es que sean inmodificables, sino que esa modificación puede (y debería) venir también de ellos mismos, y no sólo de su entorno, sus circunstancias y sus tutores. Al igual que los adultos, los niños y jóvenes tienen la capacidad de moldearse a sí mismos y de moldear activamente su entorno.

Es esa capacidad, esa voluntad de transformación, lo que debería despertar gracias a esas oleadas de inquietud que ojalá a muchos nos invadan de cuando en cuando. A sus 97 años, mi abuelo se declara en efervescencia. Yo quiero poder hacer lo mismo: estar siempre en tránsito, siempre en construcción. Saber que el viaje a Ítaca vale por sí mismo y no sólo una vez que se llega a puerto. Saber (y sentir) que eso que llamamos “yo” es dinámico y no estático; más cercano a un río que a una piedra. Tener siempre a la mano la inquietud, estar siempre atenta a su llamado, lista para reconstruir lo que haga falta, para levar anclas y emprender el viaje una vez más.

liz-arrobaeudoxa

Este post fue publicado originalmente en marzo de 2015.

 

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