¿Quieres que tu empresa triunfe? Respeta su naturaleza.

Ilustración de Carlo Giambarresi

Por: Juan José Díaz Enríquez

“La comunidad política tiene por causa, en suma, la práctica de las buenas acciones y no simplemente la convivencia” -Aristóteles, Política III, 5

La frase con la que comienzo este texto me parece muy esclarecedora de la naturaleza de la asociación humana en comunidades. ¿Por qué el hombre -ser social, como todos sabemos- se reúne en comunidades y no en algún otro esquema organizativo? Porque nuestra naturaleza gregaria se manifiesta de mejor manera en una organización que impulse el desarrollo integral de sus individuos.

Por eso Aristóteles nos dice que la comunidad política tiene por causa la práctica de buenas acciones. Los hombres se reúnen en comunidades porque son el espacio óptimo para realizar buenas acciones. Si sólo fuera porque queremos convivir (es decir, vivir con otros) entonces cualquier espacio de encuentro sería suficiente, y no sería necesario organizarnos en comunidades regidas por normas que permitan la satisfacción de nuestras necesidades materiales y espirituales.

Lo interesante de esta aseveración aristotélica es que aunque el autor estaba pensando, me parece, propiamente en la naturaleza de la polis (ciudad-estado, el “equivalente” heleno de nuestros estados contemporáneos) puede extenderse su definición sin violentar demasiado el sentido originario a otras organizaciones humanas, tales como la empresa.

Así, hoy podríamos decir con Aristóteles que “la empresa tiene por causa la práctica de las buenas acciones y no simplemente la convivencia”. No me detendré en la convivencia, sino que intentaré desarrollar un poco el tema de las buenas acciones y su importancia capital en la empresa.

Se ha dicho mucho que la empresa es una sociedad al servicio de la Sociedad. De hecho, terminología como “a-sociación” o “partner-ship” arrojan algo de luz a tal aseveración. Los hombres se reúnen en una empresa no sólo por la convivencia, sino que se asocian: se hacen socios, se siguen mutuamente acompañándose en la persecución de un fin común.

Cicerón, filósofo y político romano del siglo I a.C, desarrolla esta idea en su libro de La República: “Una república es una reunión de personas asociadas en un acuerdo respecto a la justicia y una asociación para el bien común.”

Nuevamente me permito trasladar la enseñanza filosófica al ámbito empresarial: la empresa es una reunión de personas en un acuerdo respecto a la justicia y una asociación para el bien común.

Entender esta afirmación es capital para el estudio de la naturaleza de la empresa como organización humana. Decir que la empresa es una asociación para el bien común no es (y no debe ser jamás) un juicio moral sobre la empresa, sino una aseveración estructural. Cualquier empresa, en su misma naturaleza, es una asociación de personas que persiguen un fin común que encuentran bueno para los asociados.

Afirmar que la empresa existe para ejecutar acciones que lleven a un bien para los asociados implica dos problemas, de los cuales sólo trataré uno en este post.

El primer problema es la definición de quiénes son los asociados en la comunidad y si hubiera responsabilidades que emerjan de la acción de los socios frente a otras personas o grupos de personas no asociadas (directa o indirectamente) a la empresa. La definición de los asociados tiene que hacerse mediante el estudio de lo que hoy se llaman grupos de interés. Este es el problema que no trataré.

El segundo problema es el hecho innegable de las diferencias multifactoriales, muchas veces terribles, entre los miembros asociados en la empresa. Pondré por ejemplo la diferencia evidente que existe entre los jefes y los colaboradores.

Es evidente la cantidad de empresas y organizaciones en las que hay un claro divorcio entre la visión de los dueños, la de los directivos y la de los operativos. Los intereses, la perspectiva y muchas veces las capacidades son radicalmente diferentes. Tales empresas sufren constantemente los achaques de una gestión accidentada y una desgastante pugna por conciliar visiones y expectativas disociadas. ¿Cómo puede coordinarse un acuerdo sobre la justicia, una ejecución de acciones buenas y la persecución de un fin común cuando las capacidades y perspectivas, por lo menos, son tan distintas y distantes?

La respuesta está en lo que se llama subsidiaridad. En terminología de economía social, la subsidiaridad nos dice que existe una prioridad natural de la autoayuda frente a la asistencia externa. “Todo lo que el individuo puede asumir bajo su propia responsabilidad no forma parte de las funciones de las instituciones superiores”, nos dice Marcelo Resico en su Introducción a la Economía Social de Mercado.

En una palabra: subsidiaridad significa ayudar a quien lo necesite hasta donde sea necesario, ni más ni menos. ¿Debe el jefe hacer el trabajo del subalterno? No. ¿Aunque no sepa hacerlo? No. Lo que debe hacer es guiar y ordenar el trabajo de sus colaboradores hacia la meta que persiguen en común.

LEER MÁS: El líder como un humilde director.

Por eso es el mecanismo que tienen las empresas (y en general cualquier comunidad) para garantizar su fin común. Si una empresa quiere funcionar correctamente debe garantizar la subsidiaridad.

Hace poco tuve la oportunidad de asistir a una conferencia del Doctor Alejandro Vigo. Una de las ideas que surgió durante su exposición, y que hace mucho sentido a la hora de explorar la subsidiaridad como principio de la sociedad, es la siguiente: “la posibilidad de hacerme cargo de mí mismo como persona surge de la relación con un otro; el otro me adscribe la capacidad de tomar decisiones”.

Dicho en palabras menos pomposas, el acuerdo sobre la justicia y la ejecución de acciones buenas emerge del ejercicio subsidiario de una persona en una posición superior que reconoce en otra persona la capacidad de decidir libremente. En ese reconocimiento la persona en una posición inferior puede desplegar toda su capacidad en favor del bien perseguido por ambas partes.

Sólo de este modo las empresas pueden orientarse exitosamente a cumplir su misión actual y trascendente: la misión de ejecutar acciones buenas que construyan un bien común para la Sociedad.

Juan José

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