Pensar: la labor del ciudadano

Idealism de Barbara Kruger

“Más que ciudadanos indignados necesitamos ciudadanos exigentes; personas que sepan analizar una situación, tomar una postura y comprometerse con ella.”

Por Emilia Kiehnle

“Una mente abierta no es una mente vacía”, escribió Leon Wieseltier hace unos meses en un brillante artículo en Letras Libres sobre el uso de la razón en asuntos públicos (si pueden darse el tiempo para leerlo completo, vale la pena). Me parece pertinente traer a cuento esta frase en estos días pre-electorales, tan cargados de opiniones políticas, promesas de campaña y efervescencia ciudadana. Necesitamos recordar la importancia de pensar [y de pensar bien] en una sociedad democrática.

Ya lo decía el buen John Stuart Mill: una sociedad ignorante y poco habituada al uso de su razón no está en condiciones de gobernarse a sí misma, al igual que un niño pequeño no tiene la capacidad de dirigir su propia vida.

Ahora, si bien es cierto que los ciudadanos de una democracia no son responsables de los actos concretos de sus gobernantes, sí son responsables, aunque sea indirectamente, de fomentarlos o permitirlos. Si dejamos que las estructuras se formen de manera corrupta porque no nos involucramos ni nos enteramos de qué está pasando con nuestros gobernantes, por más que sea legítimo indignarnos ante la injusticia una vez que sale a la luz algún acto de corrupción, resulta bastante inútil. Más que ciudadanos indignados necesitamos ciudadanos exigentes; personas que sepan analizar una situación, tomar una postura y comprometerse con ella.

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La mentalidad con la que una sociedad educa a sus jóvenes es la misma con la que vive, con la que genera leyes y las cumple (o no), y con la que construye sistemas e instituciones. Por eso enseñar a pensar importa, y mucho, para la vida política. Pero no cualquier tipo de pensamiento: se requiere de un pensamiento claro y riguroso. No basta con el pensamiento apasionado y sincero de una persona o de un grupo que busca “un verdadero cambio” o algún ideal en particular. Hace falta un pensamiento valiente que se atreva a buscar la verdad, aunque esta búsqueda pueda parecernos lenta, aburrida y poco apasionante. El auténtico pensamiento no es el que llama al grito de guerra y a ondear banderas, sino que es moderado, hace matices y sabe acomodar cada cosa en su lugar.

“Una democracia impone una responsabilidad intelectual extraordinaria sobre las personas comunes —escribe Leon Wieseltier—. Al final, nuestro sistema está determinado por lo que piensa la ciudadanía. Este hecho es emocionante y, a un tiempo, aterrador. Un miembro irreflexivo de una democracia es un miembro que no cumple con su deber. El antiintelectualismo es una de las características habituales del populismo, pero en ese sentido constituye una ofensa contra las personas porque niega sus capacidades mentales y limita sus acciones mentales. El antiintelectualismo siempre es pseudodemocrático. Al consagrar prejuicios y dogmas, priva al ciudadano de su rigurosa y pertinente labor.”

Esta labor del ciudadano consiste en formarse una convicción política y actuar coherentemente conforme a ella. La diferencia entre una mera opinión y una convicción es que la segunda es razonada y no se basa simplemente en un sentimiento, simpatía o  arrebato momentáneos. Uno de los objetivos del debate público en una democracia debería ser el de transformar la opinión en convicción. Hay que exigir razones de lo que se defiende, aunque incomode. “Es de mala educación hablar de política”, decimos los mexicanos para zafarnos de las discusiones acaloradas, pero la realidad es que a nuestro país le hace mucha falta que hablemos en serio de política. Está bien cuidarnos de no violentarnos y de respetar a las personas que piensan diferente a nosotros, pero respetar a la persona no implica tener que respetar también sus opiniones. Defender una tesis es legítimo y necesario para el ejercicio político. Y esta defensa, insisto, tiene que ser racional.

La pasión con la que se cree una idea no es suficiente para justificarla. Hay personas que han dado la vida por sus ideales, pero esto no implica que fueran verdaderos. Necesitamos personas que aprendan a pensar refinadamente. Para eso sirve la filosofía, para formarnos un espíritu crítico. Describir y explicar un punto de vista no es suficiente; tenemos que ser capaces de juzgar, es decir, de discernir si algo es verdadero o falso, bueno o malo y por qué.

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Necesitamos ciudadanos que estén dispuestos a hacer mucho más que indignarse ante la corrupción, quitar la propaganda política de los postes de la ciudad o echar pestes de los partidos, porque esa es la parte en la que todos estamos de acuerdo y en la que no encontramos mayor discrepancia (y que tampoco logra mucho). Hacer un voto informado y razonado, participar voluntariamente en asambleas públicas y juntas vecinales, enterarse de cuáles son los canales institucionales adecuados para darle seguimiento a algún político o algún programa social, comprometerse y exigir resultados por escrito… esas son las cosas que sí generan cambios y que cuestan trabajo y valentía.

La verdadera labor del ciudadano está más cerca de los libros, la pluma y el papel que de las marchas, las manifestaciones y los discursos grandilocuentes. A lo mejor suena aburrido y complicado, pero ¿quién dijo que ejercer la soberanía era fácil?

Emilia

Este post fue publicado originalmente en julio de 2016.

 

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