Somos herederos, no esclavos

Suhita Shirodkar

“Hoy los mexicanos tenemos la oportunidad de volver a contarnos, no desde la mediocre visión de los vencidos, ni desde la indolente falsedad de los vencedores. Sino desde la grandeza de nuestra raza, más mestiza y más universal que casi cualquier otra.”

Por: Juan José Díaz Enríquez

Muchos, por no decir todos, los que me leen con regularidad saben de mi fijación con la historia de  la Grecia antigua, los héroes clásicos y las batallas épicas. No sé por qué, pero así interpreto al mundo. Las categorías helenas de las virtudes (y sus vicios) me hacen mucho sentido. Y así es como leo a México, mi querido país.

¿Qué vemos cuando vemos a México? ¿Qué historia es la que nos cuenta nuestro país sobre sí mismo? ¿Qué historia nos contamos los mexicanos?

Por un lado, tenemos la tradición histórica construida con los fundamentos de la narrativa de un partido político que gobernó por más de 70 años. Ya sea para repetir la historia que los avala o para objetar su narrativa, hay una historia que no puede escaparse del sello priísta que la conformó.

Por otro lado, tenemos la historia no oficial que nos contamos día a día. Esa historia de nosotros mismos que nos gusta repetir hasta el cansancio: los mexicanos somos flojos y corruptos; México lindo y qué herido… y muchos ejemplos más.

Pero, por último, hay una historia más. Una que muchas veces no contamos ni escuchamos, pero que está gritando desde el fondo de las otras dos historias. No es un cuento de héroes ni villanos, es nuestra propia historia, llena de luces y sombras y que, aunque no se aderece con datos historiográficos, podría hacernos más sentido y ayudarnos a ver de nuevo con una mirada que no sea la de los vencidos.

Quizá esta tercera historia pueda comenzar con un dato poco popular: México es el país de un pueblo deprimido, es decir, con la esperanza herida. Y no es por culpa de los partidos, ni de los anarquistas, ni de los neoliberales, ni de ningún villano concreto que hoy vemos desfilar en los periódicos. Nuestra depresión tiene la misma raíz que la tristeza helénica que vivieron los descendientes de Agamenón y el divino Odiseo.

Después de diez largos años de guerra contra Troya, los helenos vencieron. Y ganadores regresaron a sus casas, sólo para encontrar una realidad dolorosa: sus tierras ya no les pertenecían, sus mujeres ya no les pertenecían, su vida cotidiana había dejado de existir.

Quizá uno de los mitos más esclarecedores sobre este dolor es el de Odiseo al llegar a Ítaca: su hogar (su mujer) está siendo cortejada por un grupo enorme de pretendientes.

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Odiseo llega a Ítaca

México no es diferente de la helena clásica en este sentido. Somos herederos de muchas victorias sangrientas que nos trajeron muchas secuelas anímicas. Pueblos indígenas, constructores de ciudades hermosas e imposibles, derrotados por las armas e ideas de una Europa tardo-medieval y semi-renacentista dieron a luz un pueblo de mestizos y castas que erigió la inigualable Ciudad de los Palacios.

Entre españoles, criollos, mestizos y castas se forjó la inteligencia de Sor Juana Inés (hija ilegítima, católica, poetiza barroca), la humanidad de Bartolomé de las Casas (misionero, defensor de los indígenas), la revolución cultural de Eusebio Kino (jesuita, explorador, cartógrafo, astrónomo, misionero), el nacionalismo de José María Morelos (militar, sacerdote y redactor de la Constitución de Apatzingán), y más.

De esta primera forja, y habiendo pasado a México de nuevo por la lumbre y el agua, nació dolorosamente el liberalismo decimonónico (el de Juárez y Maximiliano y Díaz) el caudillismo revolucionario y el estado corporativista.

Cada nueva forja, cada cambio profundo al que la historia ha sometido a nuestro país, ha herido nuestra esperanza. Somos un pueblo triste y cansado, como los antiguos griegos. Hemos visto levantarse y caerse nuestra nación en un proceso que nos ha llevado a tantas simas y tantas cumbres que nuestros pasos hacia el futuro están débiles y nuestra confianza en el presente, casi desaparecida.

Por eso no me sorprende ver que las pirámides se convirtieron en artesanías de diez pesos, ni que las catedrales se hayan convertido en templos de lámina y sillas de la Corona, ni que Sor Juana haya dejado espacio para libros de autoayuda para jóvenes, ni tampoco que Morelos sea representado por nuestros partidos y sus militantes, ni muchos etcéteras más.

Y eso me invita a poner sobre la mesa un segundo dato. No sólo sufrimos de depresión, sino que estamos en el mejor momento para superarla.

La depresión griega fue superada -disculpen el reduccionismo- cuando Pericles de Atenas se atrevió a comprometerse con el pasado helénico lleno de gloria y cuando los atenienses se supieron hijos y herederos de esa tradición heroica. Y sin importar que la corrupción seguía vigente, o que el pasado dolía, fue ese momento de asimilación el que parió a Sócrates y a Platón y a un pensamiento que forjó los siguientes dos mil quinientos años de historia de la humanidad…

Hoy los mexicanos tenemos la oportunidad de volver a contarnos, no desde la mediocre visión de los vencidos, ni desde la indolente falsedad de los vencedores. Sino desde la grandeza de nuestra raza, más mestiza y más universal que casi cualquier otra.

Hoy debemos volver a contar nuestra historia: no la historia de los aztecas, ni de los liberales, ni de los cristeros. Nuestra historia: la tuya y la mía.

La de los hijos de Sor Juana y Emiliano Zapata por igual; la de los hijos de monumentales edificios; la de los hijos de Camarena y Chávez y Prieto y García Molina y Garza Sada; en una palabra: la historia de los herederos, no de los esclavos.

Juan José

Este post fue publicado originalmente en julio de 2015.

 

Un comentario en “Somos herederos, no esclavos

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