¡Empodera a las personas, no a las funciones!

Por: Juan José Díaz Enríquez

En muchos foros y congresos se habla de la importancia de poner a la persona en el centro. Se habla de un principio personalista de la gestión empresarial. Gracias a esta conciencia es que las empresas se han empeñado en poner al cliente en el centro y cuidar a sus colaboradores, por ejemplo.

Sin embargo, aceptar las consecuencias profundas de poner a la persona en el centro no es algo tan sencillo.

El principio personalista puede expresarse como “trata a todas las personas de modo que sean siempre fines y nunca medios”. Es decir, reconoce que las personas no deben ser tratadas como herramientas -o recursos- para conseguir ninguna cosa, sino que debes realizar todas tus actividades de modo que sus resultados “aterricen” en las personas mismas.

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Esto debe interpretarse como que las personas -todas- son únicas, irrepetibles e insubstituibles. Y el quid está en que no se pueden substituir.

Si volteamos a ver el universo entero, nos daremos cuenta de que todos los entes son únicos e irrepetibles. Este lápiz con el que escribo es único e irrepetible pues no hay en todo el universo otro “este lápiz”. Pero, pese a ser únicos e irrepetibles, todos los entes se pueden substituir por otros similares o que cumplan las mismas funciones. No así con las personas.

Cuando explico eso, la objeción suele ser la misma: pero si las personas no son substituibles, ¿cómo es que se justifica despedirlos? Si las personas no fueran substituibles los trabajos se atarían a la incompetencia de muchos y se condenarían al fracaso. Dicho de otro modo: en el ámbito laboral las personas sí se pueden substituir, pues lo que debe mantenerse es el puesto -o la función-, no al colaborador.

La respuesta fácil a esta objeción es creer que despedir a un colaborador incompetente es una solución que genera el menor mal posible. Claro que es malo dejar a un colaborador sin trabajo, pero es menos malo eso que poner en riesgo el trabajo mismo y el de muchos otros por el mal desempeño de uno. Así, ante dos males, se escoge el menor.

Pero esta respuesta no me gusta, pues me parece simplista. La alternativa que propongo es que las empresas deben aceptar que las personas son insubstituibles y que, aunque las corramos por incompetentes, con ellas su puesto pierde algo.

Déjenme poner un ejemplo. Conozco de primera mano una empresa que en poco tiempo ha tenido tres directores generales. Durante la gestión del primer director general la empresa gozó de una capacidad inaudita para generar alianzas con otras organizaciones y desarrollar nuevos proyectos; cuando llegó el segundo director general esta capacidad se perdió, pero la dirección generó una comunicación interna muy sólida con todo el equipo de trabajo y los mecanismos de cuidado de los colaboradores crecieron mucho; cuando llegó el tercer director la comunicación con todo el equipo perdió su fuerza, pero la dirección ganó una mayor capacidad administrativa y un enfoque en la eficiencia increíble.

Cada director general le imprimió algo a su propia gestión en su puesto y cuando se retiró se llevó con él su sello particular. En el caso de esta empresa estos cambios -estas pérdidas- fueron positivos para el desarrollo del negocio, pues estaban previstos y pudieron gestionarse.

El riesgo está en que, muchas veces, en un afán de que los puestos no pierdan nada cuando se van los colaboradores, las empresas empoderan a las funciones, en lugar de a las personas. Y así convierten a sus colaboradores en medios, fallando así el respeto al principio personalista.

Empoderar a las funciones o a los puestos es el primer paso para que una empresa se convierta en un monstruo burocrático, regido por procesos, controles, políticas y candados tan inhumanos que terminan por ser absolutamente ineficientes.

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Lo que se debe hacer es empoderar a las personas y estar conscientes de que, con ellos, los puestos ganan y pierden propiedades que se deben nivelar en otros ámbitos de la gestión.

Poner a la persona en el centro es aceptar su naturaleza, con todo lo que implica. Y aprovecharla al máximo para que durante la jornada laboral las empresas sean motores de prosperidad para las personas, no líneas de producción de robots desalmados.

Este post fue publicado originalmente en junio de 2013.

 

4 comentarios en “¡Empodera a las personas, no a las funciones!

  1. Carlos Llano afirmaba que todo despido es un fracaso directivo. Así es sin duda, aunque duela. El proceso inicia desde que formamos y elegimos al sujeto que integramos a nuestra organización y no termina (en cierto modo) nunca más. El otro también nos ha encontrado y elegido, y con su llegada asumimos una riqueza, una sorpresa, un bien misterioso que no podemos acotar.

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