El poder del ‘storytelling’ en el emprendimiento

Ilustración de Dean Gorissen.

Por Margot Castañeda

Un día en clase de cuento leímos una historia alarmante. A grandes rasgos cuenta la aventura de Emilio, un joven que llega a un antro “de mala muerte” en Iztapalapa, donde los cadeneros, “dos morenos de dos metros que hablan cantadito”, lo dejan pasar sólo porque “cuando un feo está rodeado de gente gorda, se vuelve el más atractivo”. Antes de drogarse con la cocaína que le compró a un policía en el baño, se emborracha con diez shots de tequila —vino no porque “es para niñas”—. Luego se besa con un hombre y vomita. “Qué asco, ¡por Dios! ¿Qué he hecho?”, dice antes de morir por sobredosis.

Todos, incluido el profesor, nos quedamos preocupados tras la lectura. Su argumento no es interesante y su narrativa nada propositiva, sin embargo, lo perturbante son los estereotipos. No están en el texto para hacer crítica o siquiera una burla. El autor los tiene internalizados, los usa como filtros para ver el mundo. Un texto literario que aprueba y promueve el machismo, la homofobia, o el racismo, es peligroso. Un autor como él, a quien llamaré John Doe, no se da cuenta de que las historias que contamos le dan forma a nuestro mundo.

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El escritor, como contador de historias, debe saber que su labor implica un poder que se debe asumir con compromiso. Tiene la habilidad no sólo de narrar la historia de otra(s) persona(s), sino de construir la historia definitiva de esa(s) persona(s). 

Ilustración de Rebecca Green.

El problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino incompletos. Nos hacen creer que las personas tenemos sólo una historia. Nos ponen sólo una etiqueta cuando estamos hechos de miles, millones, incontables de versiones.

Como los escritores, los emprendedores somos contadores de historias. La labor de ambos es la de crear, y en ese proceso de invención las posibilidades son infinitas. Por eso, debemos ver que nunca hay una single story

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Emprender es un ejercicio de storytelling. Es reinventarse, redefinirse. Empezamos por nuestro origen, la primera historia que contamos. ¿Cómo llegamos a ser emprendedores? Quizá porque encontramos decepción en el mundo que nos rodeaba y un día pensamos: ¿Y si lo cambio? Entonces imaginamos en un mundo diferente. Nos preguntamos qué queremos y por qué, reestructuramos nuestro camino y con ello nos remodelamos. Al hacer esto también influimos el cambio en los que nos rodean: amigos, familiares, socios, todas las personas de la empresa. Tenemos ese poder. Somos como superhéroes. Al menos como Batman. Él no nació siendo superpoderoso como Superman, se hizo. Se formó a sí mismo a partir de sus circunstancias y sus decisiones. Eligió contarse más de una historia y cambiar la de su ciudad.

La tercera historia que contamos es la de nuestros clientes o consumidores: ¿quiénes y por qué están interesados en lo que ofrecemos? Pero antes, la más importante: nuestra oferta, el producto, el servicio, el argumento. Debemos pensar qué historia cuenta nuestra propuesta de valor porque ésta saldrá al mundo con la intención de remoldearlo.

Ilustración de Andrea de Santis.

Si emprendemos con la mente cerrada y repleta de estereotipos, formaremos un mundo limitante que nos traerá más decepciones. Reducir una circunstancia a una sola historia es quitarle la posibilidad. Lo dijo mejor la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en ésta TedTalk: “Cuando rechazamos la historia única, cuando nos damos cuenta de que nunca hay sólo una historia acerca de un lugar o una persona, recuperamos una especie de paraíso”. 

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John Doe no es el único que corre peligro de quedarse en la single story. Todos lo hacemos, todos los días, a veces sin darnos cuenta. Hace poco leí la primera novela de Chimamanda, Purple Hibiscus. Durante los primeros capítulos la pase mal. Odié al protagonista tanto como Gargamel a los Pitufos. Es un hombre roto que rompe a su familia justificado en el deber de su religión. Todo lo que vi fue a un hombre violento. Más adelante observé que también es un empresario que se enfrenta a la opresión del régimen, que trabaja para su gente y para construir un mejor país. Lucha, es valiente. Ayuda a su comunidad, es compasivo. No digo que un aspecto de él elimine al otro. Tampoco creo que sea un hombre malo o bueno. Es una persona compleja que tiene más de una historia. Muchas.

En su conferencia, Chimamanda habla sobre sus propias experiencias con la single story. Primero como víctima (los occidentales la han tachado de ser “poco africana” porque habla inglés, no está famélica y no es vecina de un elefante) y después como victimaria (se sorprendió al saber que los mexicanos no somos inmigrantes-violadores-narcotraficantes-badhombres). Concluye que reducirnos a una única historia es quitarnos la humanidad. 

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Ella, como John Doe, como yo, como ustedes que me leen, no pudo ni podrá desafanarse de los prejuicios. Existen. Hay que verlos y luego cuestionarlos para que podamos ver lo que los estereotipos nos ocultan. “Las historias pueden utilizarse para desposeer, pero también sirven para empoderar y humanizar”, dice Chimamanda. “Las historias pueden romper la dignidad de una persona, un pueblo, el mundo, pero también pueden repararla”.

Como emprendedores, escritores, cuenteros: ¿qué historia queremos contar? Y lo más importante: ¿para qué?

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