Todo empresario es un Quijote

Por: Juan José Díaz Enríquez

Desde hace varios años he podido convivir con varios tipos de empresarios. Jóvenes, viejos, conservadores y liberales. También me he encontrado con algunos que juegan a ser de la extrema derecha y otros (aunque usted no lo crea) coquetean con la izquierda más radical y trasnochada. Entre ellos he conocido gente honesta y corrupta y hasta algunos que podrían ser clasificados dentro de un rubro de lo criminal.

Todos son completamente diferentes. Excepto en un rasgo en común: todos, en mayor o menor medida, llevan la sangre de Alonso Quijano, el Quijote, en sus venas. Son hombres locos que persiguen sus sueños e ideales, aunque sus vecinos los critiquen e intenten detener. Muchos de ellos han leído tanto (de administración y estrategia) que, como el manchego, se les secó el cerebro.

Todas las mañanas toman su lanza y su antigua adarga y salen a vencer demonios y gigantes. Son espíritus ennoblecidos por la fuerza de su ideal. No se dejen engañar: no importa qué tan pragmáticos sean los empresarios, todos tienen la estrella de un ideal grabada en su pupila y ésta es la que les permite arriesgar todo lo que arriesgan día a día.

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Sin embargo, la mayoría de estos empresarios olvidan en su casa a Sancho Panza.

¿Quién es Sancho para el Quijote? Es la sensatez: es el realismo crudo y desconfiado que, donde el Quijote ve gigantes (donde el empresario ve nichos de mercado), sólo alcanza a ver molinos (costos altísimos y barreras de entrada infranqueables).

Se me podrá objetar que los empresarios muchas veces juegan los dos papeles: saben identificar las oportunidades, pero también son cautos a la hora de proceder. Son liberales a la hora de crear, pero conservadores en el momento de administrar. Y eso está muy bien. Sin embargo, Sancho Panza tiene una cualidad que no debemos despreciar: es un compañero.

Esto quiere decir que el Quijote no tiene que medirse a sí mismo para saber dónde está, sino que se enfrenta durante toda su aventura a un otro, que desde su posición se erige como un faro, como un punto de referencia que le da sentido a las locuras del Quijote.

En el mismo sentido, todo empresario debería considerar hacerse de un Sancho en quien confiar. Un compañero que hiciera contrapeso a su capacidad aventurera y, con la crudeza característica del realismo, cuestionara cada andanza que emprenda.

¿Qué gana un empresario al someter todas sus ideas a la crítica de otra persona, mucho menos emprendedora que él? Lo primero, y más básico, es un primer filtro para sus ideas: si la empresa no soporta la tormenta de objeciones que un Sancho puede ofrecer, es muy poco probable que resista los embates del libre mercado; en segundo lugar, y un poco más importante, pone al empresario en relación con otra persona, lo obliga a construir un discurso que no sólo le haga sentido a él mismo, sino que le haga sentido a sus interlocutores, quienes a la hora de la verdad serán los que se convertirán en proveedores, inversionistas y clientes.

En tercer lugar, y quizá lo más importante, es que obliga al empresario a entablar un diálogo. Este ejercicio, por su propia naturaleza, erradica la tiranía y vuelve imperiosa la asimilación de la otra parte para construir desde ahí. Dialogar es un ejercicio que enriquece cualquier tesis, cualquier propuesta empresarial. Construye vínculos indestructibles que, cuando se emprende, valen oro.

En una palabra, el diálogo obliga al empresario a salir de la torre de marfil de sus grandes ideas y entender las preocupaciones que pululan en los establos. Lo hace más conciente del mundo, que es donde intentará sembrar su proyecto.

Efectivamente, todo empresario es un Quijote. ¿Por qué tan pocos tienen su Sancho?

Este post fue publicado originalmente en julio de 2011.

 

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