El arte de no tener idea

Barbara Baldi

La única estrategia para generar una idea que siempre funciona es no tener idea.”

Por: Laurence Shorter

La mayor parte de mis ideas nunca se hacen realidad. Mi cerebro se mueve mil veces más rápido que mi cuerpo. Expulsa nuevos conceptos que a mí me parecen brillantes, pero sin los aburridos detalles necesarios para hacerlos suceder. Conseguir que estos proyectos rindan fruto requiere paciencia y determinación. Por suerte, mi deseo de ser creativo es tan grande como Manhattan. Deseo extraer cosas de adentro de mí y lanzarlas al mundo. Ésa es mi forma de concebir lo que las personas creativas hacen cuando todo va bien: traen cosas del interior al exterior. 

No quiero decir que eso que se extrae sea únicamente suyo. Me parece que lo que hace un creativo es valerse de algo mucho más grande —algo compartido pero invisible o sobreentendido— que está flotando en la conciencia de todos, esperando a ser dicho o ser visto, pero que la mayor parte de la gente pasa por alto. Eso es lo que hacen los standuperos, los estrategas brillantes, los buenos artistas, los físicos geniales e incluso los políticos más horribles: toman algo que está en el límite de lo aceptable —pero que aún no lo es— y que es energizante; no necesariamente es bueno, pero en definitiva mueve a la acción. Algo que hace que las cosas avancen.

Cualquiera que trae algo nuevo al mundo está arrancando un fruto del árbol invisible del zeitgeist y colocándolo en una canasta de ideas de la cual todos podemos comer. Por un tiempo ese fruto resulta desafiante o controversial (como le sucedió a Copérnico, Picasso o DH Lawrence), pero eventualmente ese kumquat* tierno y emocionante se convierte en comida de supermercado y nos acostumbramos a él. Lo integramos a nuestra forma de pensar y se vuelve normal. Esto sucede con cada idea nueva: se integra a la vida cotidiana y comienza a convertirse en algo denso y viejo como todo lo demás. Pero por un tiempo, lleva consigo toda la energía de lo desconocido. Eso es la creatividad: viene de algún sitio que no conocemos, al que no se puede llegar pensando. Lo sé porque cuando estoy sentado frente a mi escritorio tratando de ser creativo sólo consigo frustrarme hasta que me encuentro en un agujero pequeño en el que todo es oscuridad y puedo escuchar mi voz resonando entre las paredes de mi taza de té vacía diciendo: “¡Ya llegaré!, ¡ya llegaré!”. Nunca llego a ningún lado así. Tengo que encontrar maneras de olvidarme de mí mismo y entonces, de forma impredecible, algo bueno sucede.

Esta paradoja está en el centro de todo el trabajo creativo, de todas las innovaciones y de todo el valor que se crea. Llega un momento en el que debes aceptar que no tienes ni idea. Entonces quizá suceda algo. Esta restricción no es exclusiva de artistas, inventores o equipos de innovación: es algo que todos necesitamos aprender. Es lo que debemos dominar para construir el mundo mejor en el que todos merecemos vivir. No puede fingirse o apresurarse. Es como aprender a gatear otra vez, cuando durante años hemos estado simulando que sabemos caminar o incluso correr.

Aprender a gatear es una buena manera de describir la etapa en la que estoy en el camino de la creatividad. Estoy empezando a comprender. Tengo momentos de entendimiento vívidos y fugaces, que pueden conducirme a una posible acción, sin embargo, son distintos a lo que experimento como una “idea”. Una idea es claramente un pensamiento, mientras que esto es más como una visión o una sensación de entender que surge en mi mente. Cuando la gente cuenta cómo Sergey Brin se despertó un día con el algoritmo de Google o cómo Newton descubrió la gravedad, estoy seguro de que están hablando de lo mismo. En ciertos momentos del día me llega un pequeño indicio, un destello de lo que quiero hacer.

Sucede cuando estoy por preparar la cena. Si pienso en los ingredientes que tengo en el refrigerador, algunas veces surge una imagen pequeña en mi cabeza de lo que me gustaría cocinar.  Sé exactamente lo que quiero hacer, con qué sobrantes y con qué hierbas. No está basado en ninguna habilidad de cocina, es algo más allá de mí. Si alguien sugiere una idea distinta, estoy abierto a considerarla, aunque en realidad ya sé lo que sucederá: la cena que imaginé se volverá realidad, porque quiere hacerse, porque ya está ahí.

LEER MÁS: La exploración como principio de la creatividad

Esto es lo que ser creativo significa para mí: darse cuenta de algo que ya está a punto de suceder y ayudarlo a encontrar una forma. Cuando funciona, es una experiencia sin esfuerzo. Es posible que suene abstracto o filosófico, pero lo cierto es que es práctico y real. Funciona con la gente tan bien como con las recetas: cuando asesoro a personas o grupos que están atorados en algún problema, llega un momento en el que la solución quiere darse a conocer. Llega cuando el grupo ya logró dejar atrás la preocupación o el pensar acerca del problema y está disfrutando jugar con ideas posibles. Esta experiencia ha recibido muchos nombres, algunos la han llamado “lo inconsciente” y otros “mente de grupo”. Lo importante es cuando empiezas a experimentarlo tú mismo, en la vida real.

Lo interesante es que yo no siempre he sido capaz de hacerlo. Es una habilidad nueva —o, más bien, parece una habilidad nueva, quizá simplemente porque antes no le ponía atención—. Como los sentimientos de enojo, amargura y dolor experimentados por un niño y después reprimidos durante gran parte de la edad adulta, nuestros cuerpos y almas están repletos de percepciones sumergidas; percepciones que permanecen escondidas hasta que empezamos a prestarles atención, para bien o para mal.

Por tanto, aquí están mis tres recomendaciones para invitar a ese estado creativo:

Aprende a no tener idea

La única estrategia para generar una idea que siempre funciona es no tener idea. Esto es más difícil de lo que parece porque estamos acostumbrados a tener una imagen de lo que estamos haciendo. En cualquier situación la mayoría de la gente piensa que sabe lo que está sucediendo y lo que deberían o no deberían estar haciendo (incluso si no les gusta). El resultado es estancamiento, pues no dejaron espacio para una idea nueva. Recuerda: las ideas nuevas no vienen de ti. La forma de evitar esto es detenerse, relajarse y dejar que tu mente divague. El cerebro es un músculo, a veces necesita relajarse. Si puedes tranquilizar a tu cerebro aunque sea por unos segundos, de inmediato lo estarás abriendo a nuevas posibilidades.

No te distraigas

Para traer algo nuevo al mundo tienes que aprender a eliminar las cosas que usas para distraerte. Todos tenemos recompensas y estimulantes que utilizamos para animarnos cuando estamos aburridos o cansados (cafeína, adrenalina, chocolate) o para llenar el vacío cuando nos sentimos agitados (ir de compras, ver televisión, Facebook). El inconveniente de estos recursos es que llenan el espacio que tu cerebro necesita para recibir nuevas ideas provenientes de lo desconocido. Así que no te distraigas. Prueba a reducir tus adicciones, incluso sólo por un día. Mira lo que resulta.

Si no lo estás disfrutando, detente

Es la estrella que guía a todos los verdaderos creativos y a los niños: no persistas en hacer cosas que no disfrutas. ¿Cuántas veces te has convencido a ti mismo de terminar una tarea que empezaste, incluso cuando te sientes tenso y estresado? ¿Qué podría haber sucedido si te hubieras detenido un momento para considerar una alternativa o una solución distinta?

Cuando te detienes es cuando todo inicia. No significa que no puedas retomar la tarea, sólo significa que algo en tu actitud puede relajarse para dejar que quepan otras perspectivas. Esto es lo único que necesitas, y es una práctica clave para cualquiera cuyo pan depende de que sea capaz de responder de forma efectiva en el momento o de colaborar de cerca con otras personas. Todos necesitamos ser creativos para construir un mundo en el que podamos vivir de la mejor manera. ¿Por qué no empezar ahora?

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Laurence Shorter es el autor de La guía para la vida del gurú flojo (The Lazy Guru’s Guide to Life, 2016, Hachette Books) y El optimista: La búsqueda de un hombre por el lado más luminoso de la vida (The Optimist: One Man’s Search for the Brighter Side of Life, 2009, Canongate). Vive en Sussex, UK, con su pareja y su hijo.
[Traducción: Elizabeth G. Frías. Este artículo fue publicado por Lazy Guru en Medium. Puedes leer el original, en inglés, aquí.]
*Kumquat: naranjo enano o naranjo chino.

 

3 comentarios en “El arte de no tener idea

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