Vivimos en una era exponencial pero no es la primera

Foto de Chris Fraser.

“Acaso, sólo acaso, la humanidad avanza exponencialmente porque somos una especie ontológicamente exponencial.”

Por Juan José Díaz Enríquez

Vivimos en tiempos exponenciales. La tecnología nos ha traído una aceleración constante en el ritmo de vida que conocemos. Las cosas que nos rodean parecen moverse con vigorosa y ciclónica velocidad. La tecnología remolina todo cual furiosa Caribdis.

Pensar en la Inteligencia Artificial (sobre la que ya he tratado) y ver el desarrollo de la impresión 3D, la nanotecnología o la edición genética me da vértigo.

Federico Reyes Heroles, en su libro Alterados, dice que: “Quizá estemos frente a las primeras generaciones que padecen un exceso de información, es decir, un cúmulo no digerido de hechos de los cuales, cuando más, tenemos alguna referencia” (p. 18). Parece que los datos confirman la tesis de Reyes Heroles. En un artículo del 2011 (5 años obsoleto al momento en que escribo estas líneas) Brett King cita un dato de Eric Schmidt: “Del origen de la tierra hasta el 2003 se crearon 5 exabytes de información. Es la misma información que se crea actualmente cada dos días”. ¿Cuánta información es eso? Algo así como 40 millones de discos duros de 1 Terabyte.

Valga la perogrullada: de verdad estamos en una era que sufre un alud de información. De verdad es la era en la que la humanidad ha tenido que enfrentar más información, de manera absoluta. Sin embargo, me parece que la reflexión no debería ir en el sentido de la cantidad absoluta de información, sino en la cantidad proporcional. Me refiero a que, aunque es verdad que la humanidad nunca ha tenido que procesar la cantidad total de información que se crea hoy en día, quizá la relación que existe entre la nueva cantidad y la anterior pueda ser proporcionalmente similar a la de otros momentos históricos de nuestra especie.

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Me explico un poco más. Supongamos que un hombre hoy recibe mil veces más información que hace un año, es decir, tiene que procesar un crecimiento informático de 1000X. ¿Qué le ocurría a un hombre en la antigüedad? Solemos pensar que su acceso a la información fue constante (pues la vista general de la Historia así lo muestra). Sin embargo, si hacemos zoom a momentos específicos de la historia encontraremos algo similar a lo que ocurre hoy: la cantidad de información producida y procesada antes y después de la rueda podría tener una curva similar a la exponencial de hoy. De poseer la información de la tribu, de pronto se tuvo acceso a la información de otras tribus, villas, pueblos, razas. De la información de 3km a la redonda, de pronto se generó información de 30 ó 300km. Lo mismo con la creación de la escritura o los viajes transcontinentales en el renacimiento europeo.

¡Por supuesto que vivimos una era exponencial! Sin embargo, no es la primera vez que, como especie, la experimentamos. Al ser creadores de tecnología somos una especie exponencial.

Para ejemplificar mejor mi punto quiero revisar tres momentos clave en el desarrollo de nuestra especie humana:

  1. El renacimiento carolingio de los siglos VIII y IX;
  2. El renacimiento italiano de los siglos XV y XVI;
  3. El renacimiento exponencial de los siglos XX y XXI.

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El renacimiento carolingio es el periodo de gran desarrollo social, económico y cultural bajo el imperio de Carlomagno. Durante este tiempo, el mundo conocido vivió un aumento desmesurado en los estudios artísticos, jurídicos, religiosos y literarios, por lo menos. Los monasterios, en tanto espacios de estudio equivalentes a las universidades que aparecerán hasta el 1088, impulsaron el humanismo clásico y generaron reformas en los ámbitos civil, mercantil, catastral, entre otros.

Ya que Carlomagno fue un cristiano no sorprende que se haya apoyado en la estructura eclesial para impulsar un nuevo sistema educativo y mejorar la administración que hoy podríamos llamar pública, misma que requería un aparato burocrático importante que fuera capaz de leer y escribir, pues sin estas dos competencias básicas era imposible garantizar la buena administración del imperio. Además, fue un periodo de relativa paz generalizada entre las diversas proto-naciones dominadas bajo su nombre.

Estos desarrollos vinieron acompañados de una economía que superó la mera subsistencia. Durante el imperio carolingio la economía se abrió (hoy diríamos que se globalizó) y tuvo un ejercicio de incipiente libre mercado. Esto permitió el desarrollo de un comercio, de un diseño urbano y de una mentalidad más allá de lo estrictamente local. Tanto fue así que éste fue un período de mucho comercio de productos que venían desde oriente: especias, dátiles, arroz, seda, etcétera.

Este comercio abierto requería de un sistema monetario mejor que el existente, por lo que Carlomagno impulsó una reforma para simplificar la enorme diversidad de monedas que circulaban y facilitar así las relaciones mercantiles. Hasta donde sé, Carlomagno no logró establecer el nuevo sistema con total éxito, pero puso las bases para el modelo monetario que tenemos hasta hoy.

Quizá tendríamos que dibujar un poco cómo este renacimiento carolingio influyó en el desarrollo de la Europa que erigió las universidades, las grandes catedrales, algunas instituciones y las bases artísticas que son casi sello inequívoco de lo que reconocemos como “Occidental”. Sin embargo, eso sería una labor mucho más ambiciosa que la de escribir este texto.

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Debemos dar entonces un brinco mortal y llegar hasta los siglos XIV, XV y XVI, al renacimiento italiano.

Durante este segundo renacimiento, ya desde tiempos de Dante pero quizá con particular fuerza durante el final del período florentino y el inicio del siglo XVI, la humanidad tuvo que enfrentarse nuevamente a cambios profundos y a una velocidad extraordinaria.

Entre los primeros cambios relevantes está el paso de una mentalidad teo y geocentrista hacia una antropo y heliocentrista. Un cambio que podría parecer fútil si se lee de manera superficial, pero que implicó un reacomodo de las ideas dominantes del mundo hasta ese momento. Basta notar los hechos históricos que podrían marcar el inicio del renacimiento italiano:

  1. El descubrimiento de América en 1492, ó
  2. La caída de Constantinopla en 1453, ó
  3. La invención de la imprenta hacia 1440.

Los tres hechos históricos implican una ruptura de la cotidianidad tan profunda como el internet durante el siglo XX. La imprenta, nada más, logró por sí misma los cuatro pasos de la exponencialidad:

Digitalizó la información disponible:

Todo el conocimiento que debía pasarse a mano en los monasterios de pronto estuvo disponible gracias a unas pequeñas placas metálicas y a una prensa de uva. Esto le permitió a Gutenberg producir al doble de velocidad su primer “tiraje” de biblias.

Desmaterializó la experiencia del usuario:

Antes de la imprenta era necesario que los copistas y escribanos copiaran las fojas llenas de información. Como todo proceso artesanal era lento y tenía errores (hay algunos manuscritos bellísimos llenos de manchas de tinta… y patas de gatos). Al poder producir con la prensa, ya no fue necesaria la presencia física de los copistas, sino que todos ellos se sustituyeron por “sellos” móviles de las letras del alfabeto.

Desmonetizó el servicio:

¿Qué tan caro habrá sido producir una sola copia de la Biblia antes de Gutenberg? Y más importante aún: ¿qué tanto habrá disminuido el precio que el primer tiraje de 150 (terminado por Peter Schöffer) que fue comprado rápidamente por el alto clero católico y, además, produjo una avalancha de pedidos nuevos?

Democratizó el acceso a los libros:

Es innecesario explicar esto ante la evidencia contundente que nos rodea. Tan sólo les comparto un dato: hoy en día se producen alrededor de 2.2 millones de libros al año.

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El descubrimiento de América, por su parte, implicó una aceleración del mundo y cambios tan profundos como los que más.

Quizá el ejemplo más burdo sea el de la velocidad del viaje de Europa a América. Antes del descubrimiento en 1492 (sin contar los viajes prehistóricos) el tiempo que le tomó a la humanidad llegar del antiguo continente hasta América fue de… ¡198,508 años! Más o menos. Después de ese primer viaje, el tiempo se redujo a unos 2 meses en las carabelas y naos, y hoy en día a unas 10 horas (promedio). No nada más fue el impacto del transporte transatlántico, sino las implicaciones sociales, económicas y culturales que surgieron justo en este momento histórico.

Un gran ejemplo es el avance en la teoría social impulsada por la Escuela de Salamanca: nuestra actual defensa de los Derechos Humanos es heredera directa de la discusión que esta escuela de pensamiento sostuvo contra la idea de que los “indios” de América eran menos capaces que los hombres libres de Europa. Además, de la Escuela de Salamanca podemos sacar los orígenes de cierto liberalismo político, de la defensa de la soberanía de las naciones, de la persecución del Bien Común, la justicia del préstamo con intereses y otros muchos tópicos contemporáneos.

También podríamos hablar de la sacudida teológica que fue la Reforma y la Contrarreforma, o de la evolución del canto tardomedieval a la polifonía.

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Este renacimiento vio morir toda una tradición y nacer otra más. La sociedad se convulsionó y las estructuras convencionales decayeron a un ritmo cada vez más acelerado a la vez que nuevas formas de concebir el mundo entero y el puesto del hombre en aquél fueron ganando terreno y configurando el caldo de cultivo para la sociedad moderna.

Así, dando otro brinco mortal y obviando el renacimiento propio de la primera revolución industrial, podemos llegar a la Era que nos tocó vivir a los habitantes del final del siglo XX y principios del XXI.

Nuestras estructuras sociales y políticas están convulsionadas, ¿cierto? Los cambios son tan profundos y tan rápidos que es normal descubrir reacciones adversas a los mismos. Los populismos de estos tiempos son la reacción violenta a los cambios mencionados. Son populismos que prometen proteger el status quo (aunque ataquen al stablishment), prometen cuidar los intereses intra muros de los países, prometen reconstruir la grandeza de los tiempos pasados y exiliar los riesgos que lo ajeno implica. El problema es que estos cambios no se van a detener ni simplificar. Tal y como ocurrió en el renacimiento carolingio y en el italiano, los cambios permearán todas las capas de nuestra sociedad y obligarán el nacimiento de nuevas condiciones, nuevos modelos, nuevas circunstancias. En una palabra: un nuevo mundo.

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Ello debería llevarnos a reflexionar con profundidad y honestidad sobre lo que acaece en nuestro tiempo. La reflexión además de profunda y honesta, debe ser humilde. Así como la escuela salamantina se atrevió a revisar la moralidad de los intereses sobre un préstamo, por poner un ejemplo, del mismo modo tenemos que atrevernos a revisar los pre-juicios con los que asimilamos el mundo y con los que operamos en él.

Comprar el argumento de la derecha o de la izquierda, de los conservadores o de los progresistas, del feminismo o del patriarcado, no es otra cosa que vender nuestra posibilidad de entender -de inteligir– nuestra Era.

Decía el insoportable Heidegger que: “Lo grave es lo que da qué pensar, y lo gravísimo de nuestra época grave es que todavía no pensamos” (Cf. Qué significa pensar).

Pensemos pues. Volvamos sutil lo grave, aligeremos el peso de esta era exponencial. Y para ello quizá una primera pregunta pudiera ser: ¿será que los renacimientos y los cambios exponenciales no nos son tan ajenos? Acaso, sólo acaso, la humanidad avanza exponencialmente porque somos una especie ontológicamente exponencial.

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