La educación ocurre en los salones, no en los sistemas

Ilustración de Julie Van Wezemael.

“La educación no se trata de “sistemas”, sino de personas. La educación es fundamentalmente una actividad de personas para otras personas.”

Por Emilia Kiehnle

Me gusta mucho enseñar. Ya pasaron siete años desde que empecé a dar clases, más por azar que por una decisión consciente. Comparada con las trayectorias de varias décadas de muchos de mis colegas, es muy poco tiempo, pero para mí es el suficiente para saber que la docencia es una de mis vocaciones más importantes y gratificantes. No me imagino un escenario futuro en el cual ya no me dedique a enseñar.

Estos días, tan llenos de noticias y discursos politizados sobre los maestros, he hecho un ejercicio de reflexión personal sobre la vocación docente y el sistema educativo. Estamos llenos de mitos e ideas polarizadas acerca de la educación en nuestro país.

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Es un tema enorme. Se puede abordar desde varias perspectivas y plantea muchos problemas que se tocan con situaciones políticas y socio-culturales diversas. Sin embargo, quiero dedicarme a la reflexión de la naturaleza de la educación y de la docencia, antes de meternos con las broncas del sindicato de maestros o de la reforma educativa, que, si bien son problemas relevantes, son de orden secundario. Para pensar en mejorar el sistema educativo de nuestro país, primero hay que tener claras cuestiones como: ¿qué entendemos por “buena educación”?, ¿qué es lo esencial a la educación y qué es meramente accesorio?, ¿qué objetivos perseguimos al educar a nuestra población?

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Hace poco me topé con una reflexión muy interesante del pensador y educador británico Sir Ken Robinson, sobre los problemas generales de los sistemas educativos de occidente. Robinson ha dedicado toda su vida a la investigación de la importancia que tienen las artes para el desarrollo de los niños y ha promovido la inclusión de las mismas en los currículos escolares. En los últimos años se ha hecho muy famoso a nivel internacional por una plática Ted llamada Las escuelas matan la creatividad, en donde explica cómo nuestros sistemas educativos están diseñados con criterios que vienen desde la Revolución Industrial, y que son completamente ineficientes e insuficientes para los retos que tenemos hoy en día. Si no lo conocen, véanlo, vale mucho la pena. 

Sin embargo, en esta ocasión rescaté otra de sus ideas que me pareció muy interesante y simple (aunque no obvia). Robinson, actor de profesión, hace constantemente una bella analogía entre la educación y el teatro. Empieza haciendo el ejercicio de pensar qué elementos podemos quitarle al teatro sin que éste deje de existir: podemos eliminar el escenario, la escenografía, luces, maquillaje y vestuario. Incluso podemos quitar el libreto, al director, productor y a toda la gente involucrada… menos a un actor y a una audiencia que lo vea. Con estos dos elementos sigue habiendo teatro. Si aplicamos este mismo ejercicio con la educación y la reducimos a su mínima expresión, al final nos daremos cuenta de que lo único realmente indispensable para que exista el acto de educar es al maestro y a los alumnos. Las escuelas, los planes de estudio, las evaluaciones y todo lo demás que los rodea, son meros apoyos, como lo son también las luces y la escenogragía. Importantes, sí, pero no son lo central.

En resumen: la educación no se trata de “sistemas”, sino de personas. La educación es fundamentalmente una actividad de personas para otras personas.

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Les advertí que era una idea sumamente simple, pero no es evidente, pues cada vez que hablamos de mejorar la educación en México (y en muchos otros países) nos enfocamos en hablar de planes de estudio, estrategias de enseñanza y aprendizaje, didáctica, competencias, etc., y olvidamos detenernos en lo más importante, que es la relación entre maestros y alumnos.

Si volvemos a tomar este enfoque como punto de partida, toda nuestra visión sobre lo que es una “buena educación” va a cambiar, en favor de nuestros jóvenes, de nuestra comunidad educativa y de nuestra sociedad en general. Yo misma he hecho el ejercicio y me sorprendí con mi propio cambio de actitud. De pronto las clases ya no eran “clases”, sino espacios de convivencia y creatividad. Mis alumnos dejaron de ser pequeños seres a los que yo tenía que enseñar cosas y comencé a verlos como personas complejas, con talentos, virtudes y defectos diferentes, capaces de aprender por sí mismos y de aportar cosas nuevas al curso. Empecé a rechazar muchísimo el sistema de evaluación actual, pues me empezó a parecer más un factor de estrés y distracción que un apoyo para medir el desarrollo de los estudiantes. Es algo de lo que no me puedo deshacer, porque la UNAM lo exige de una manera determinada, pero al menos sí me ha hecho consciente de que debo encontrar un modo para que mis alumnos ya no se midan a sí mismos y a su desempeño a través de las calificaciones númericas.

Los cambios han sido muchos y me han renovado las ganas de pensar, aprender cosas nuevas, conocer mejor a mis alumnos e innovar en el salón. Y todo por un sencillo cambio de enfoque, el cual debe ser punto de partida para realmente mejorar nuestro sistema educativo.

“La educación debe ser personal”, insiste Ken Robinson. ¿Cómo se logra esto? Él mismo defiende que existen tres condiciones bajo las cuales la humanidad prospera de manera natural, que son las que deberían darse en las escuelas:

Diversidad

El ser humano es naturalmente diferente y diverso. Se desarrolla cuando la variedad de talentos de las personas tienen lugar para florecer. La diversidad nos enriquece y nos ayuda a desarrollar nuestros propios talentos. Todos somos diferentes y tenemos algo bueno que podemos potenciar.

El problema es que actualmente el sistema educativo está hecho de tal forma de que desarrolla y premia algunos talentos, pero olvida otros y deja rezagados a los niños (y con esta sensación de que son “malos estudiantes”). Necesitamos enfocarnos en el desarrollo particular de los estudiantes y no sólo en las evaluaciones, las cuales son muy buenas cuando funcionan como un apoyo, pero no cuando tienen todo el peso de la vida académica de una persona.

Curiosidad

Es el “motor de logros”, como la llama Robinson. Las personas estamos naturalmente inclinadas a aprender, pero nos tiene que interesar. La puerta a la satisfacción de nuestra curiosidad natural son los maestros. “No hay escuela mejor que sus maestros”, afirma categóricamente Ken Robienson, y tiene mucha razón. Para que los profesores podamos despertar esta curiosidad, necesitamos apoyo, que va desde nuestro crecimiento profesional y económico, hasta nuestro desarrollo personal. La generación de una verdadera comunidad educativa dentro de las esculas es algo fundamental para lograr tener este impacto.

Creatividad

Para los seres humanos es natural crear nuestras vidas, en el sentido de que somos el único animal que imagina posibilidades. La educación, según Ken Robinson, tiene la tarea de despertar “los poderes de la creatividad”, abriendo las mentes de los alumnos y enseñándoles a desarrollar su imaginación y a ver diferentes posibilidades. El problema de nuestro sistema de educación actual es que fue diseñado para crear obreros de una sociedad industrial. Esto quizás funcionaba a finales del siglo XIX, pero nuestra sociedad ha cambiado mucho en las últimas décadas y este enfoque industrializado de la educación ya no es suficiente.

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La clave para lograr que estas condiciones se den es decentralizar el sistema educativo. Que no todas las decisiones de los planes de estudio, el sistema de evaluaciones, etc., se decidan desde una institución (como la SEP o la UNAM), sino que deben darse a nivel local. Hay que regresarle a la comunidad educativa el poder de decidir, sus criterios tienen que tomarse en cuenta, pues el lugar en donde la educación se lleva a cabo es en los salones, y los que participan en la misma son los estudiantes y los maestros.

Por supuesto, la supervisión de una instancia superior y general siempre va a ser necesaria, pero necesitamos que la estructura deje de ser tan rígida, pues es mucho más fácil y rápido que los cambios se den desde la base de la pirámide que desde la punta hacia abajo.

La última actualización del plan de estudios de ética (la materia que yo imparto) fue en 1996, por citar un ejemplo. Estamos hablando de que en veinte años no ha cambiado en nada. Los problemas propuestos para debates y análisis éticos siguen siendo, desde mucho antes de que yo estudiara la preparatoria, el aborto, la eutanasia y la drogadicción. No es que estos problemas no sean importantes o no tengan vigencia, pero ya están sumamente hablados y desgastados en la comunidad en la que yo doy clases, y no me sirven para despertar el interés de los estudiantes. Las inquietudes de mis alumnos van más por el lado de la ecología o del problema de la corrupción o la violencia de género, por citar algunos.

Es mucho más fácil que yo, que soy la que estoy ahí todos los días, note los intereses de los jóvenes y que yo misma haga cambios en el programa de mi comunidad educativa, a que las grandes cúpulas se muevan a la velocidad necesaria para decretar los cambios a nivel nacional (porque, además, no porque a mis alumnos les interesen algunos temas significa que a todos los demás también).

Podría seguir y seguir con varias ideas y pensamientos que me han surgido en estos últimos días, pero son material para otros posts. El punto que me interesa dejar claro aquí es que, para mejorar cualquier sistema, incluyendo al educativo, tenemos que tomar consciencia de que no son estructuras autónomas y separadas, como si tuviesen una entidad propia. Todo sistema está hecho por personas y para personas. Eso quiere decir que constantemente tenemos que evaluar si realmente nos están sirviendo a nosotros (y no al revés) y saber que tenemos el poder de cambiarlas. No tenemos que armar grandes reformas ni revoluciones: basta con que cambiemos nuestro enfoque y nuestra actitud, con que dejemos de ver conceptos, números y resultados, y empecemos a conocer a las personas con las que trabajamos a diario y a relacionarnos con ellas. Hagan el experimento, les garantizo que van a descubrir muchas cosas sobre ustedes mismos que ni siquiera sabían que estaban ahí.

Emilia

Este post fue publicado originalmente en junio de 2016.

 

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