Héroes por elección

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Joey Guidone

¿Será cierto que los grandes creadores y líderes sociales se dan uno en un millón y que jamás seremos como ellos? 

Por: Juan José Díaz Enríquez

“Ocúpate con esfuerzo en la virtud.”
—Solón de Atenas

Vivimos en un momento histórico lleno de elogios a los grandes líderes empresariales, sociales y políticos de nuestro mundo. La humanidad, acaso cansada de las malas noticias y del pesimismo heredado del siglo pasado, busca con sed figuras que pueda admirar, ya sea por su compromiso con los más pobres, por su mente innovadora, por su valentía o por cualquier virtud que aporte algo de belleza y esperanza en nuestro rededor.

Personalidades como Steve Jobs, Nelson Mandela, el Papa Francisco, Bono y otros están en las noticias. Hacen historia. Crean con su trabajo valor para sus países, para su gente, para el mundo.

¿Será cierto que son personas que se dan una en un millón y que, por más que nos esforcemos, nosotros los efímeros mortales no perteneceremos jamás a su casta, a su grey?

Admirados por sus logros, muchas personas investigan y publican listas y listas de los factores que los hacen grandes y diferentes. Cualidades excepcionales y virtudes que —de tanto encomio— nos suenan lejanas e inalcanzables. Pero, ¿en verdad son así? ¿Será cierto que son personas que se dan una en un millón y que, por más que nos esforcemos, nosotros los efímeros mortales no perteneceremos jamás a su casta, a su grey?

En 1967, Peter Drucker publicó su libro “El ejecutivo eficaz”. En él, dedica todo un capítulo a la pregunta: ¿Qué puedo aportar? El libro busca enseñar a los ejecutivos de cualquier empresa a ser más efectivos. Es decir, a hacer más y del mejor modo. Por ello llama la atención que un capítulo entero se enfoque en tal pregunta.

No tienen la mirada puesta en su título ni en la cantidad de gente a su cargo, ni siquiera en las tareas que realizan día con día. Tienen sus ojos puestos en su contribución.

La respuesta que propone Drucker es concisa: “El ejecutivo eficaz se concentra en su contribución”, es decir, se enfoca en lo que verdaderamente influye en la realización y en el logro de las metas de su empresa, negocio o proyecto. Drucker sigue diciendo que “[el ejecutivo que] se concentra en su contribución y se responsabiliza de los resultados” es el que verdaderamente tiene un papel de liderazgo.

Ésta es una característica que sí comparten Jobs, Mandela y Bono. No tienen la mirada puesta en su título, ni en la cantidad de gente a su cargo, ni siquiera en las tareas que realizan día con día. Tienen sus ojos puestos en su contribución, en los resultados que deben alcanzar. Y por eso hacen cosas grandes, enormes, que trascienden y que son reconocidas por toda la humanidad.

Imagen: Antony Gormley

Esta manera de ver el mundo —enfocarse en la responsabilidad personal de construir resultados— obliga a estos hombres a realizar tareas y a esforzarse mucho más de lo ordinario. Su nivel de exigencia no se centra en las tareas que demandan, sino en el objetivo que van persiguiendo.

Hay una anécdota de Jobs que, sin saber si es cierta, creo que ilustra bien el tema. Se dice que cuando estaban diseñando las iMac, Jobs presionaba a uno de sus ingenieros para que la computadora prendiera mucho más rápido de lo que lo hacía en ese momento. El ingeniero —exasperado, con toda seguridad— le explicaba a Jobs que acelerar el encendido aún más era imposible con la tecnología con la que contaban. Según la anécdota, Jobs le replicó: “Si la vida de tu hija dependiera de que esta máquina prendiera más rápido, ¿lo intentarías?” El ingeniero contestó afirmativamente. “Pues entonces inténtalo”, remató Steve. Y la computadora prendió, después de días de pruebas y diseños, mucho más rápido que nunca.

La visión de Jobs no estaba en la tarea ingenieril; ni siquiera en la mera velocidad de encendido de una laptop. No. La visión estaba en un objetivo mayor: Jobs se sabía responsable de construir la mejor computadora del mundo, y eso significaba inventar un modo de encendido mucho más rápido.

Los paisajes y las escenografías cedieron su lugar ante un diseño de iluminación sin precedentes: amarillos, naranjas, azules…

Otro ejemplo de ello es el director y compositor Gustav Mahler. Mahler fue famoso en su tiempo por su calidad como director de orquesta y por lograr que las orquestas que dirigía se hicieran mucho mejores. Su visión no era la de mejorar el sonido de los violines, o la de armar un repertorio que le gustara al público, esas eran tareas que desempeñaba, pero nada más. Su visión era hacer que la música de concierto y las óperas sonaran tal y como debían sonar. Su responsabilidad era hacer la mejor música y montar el mejor espectáculo.

Por supuesto que tal responsabilidad le implicó un esfuerzo y una carga de trabajo descomunal. Armó programas, ensayó horas y horas con los músicos, se involucró en remodelaciones de teatros, asistió a juntas de trabajo con escenógrafos, estudió las partituras hasta el grado de proponer correcciones a la pluma de grandes como el mismísimo Beethoven… y todo ello porque sabía que sin ese esfuerzo no lograría su cometido.

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Una escena de El anillo de los Nibelungos en el MET de Nueva York

Su compromiso con lograr el mejor espectáculo lo llevó a contratar a Alfred Roller como su escenógrafo. Roller pertenecía a la Secesión Vienesa, una facción del modernismo que florecía en aquel entonces en Europa. Mahler supo que un montaje escénico con una propuesta artística que enalteciera las pasiones y las emociones, en lugar de recrear con realismo el entorno de la ópera sería lo adecuado para consolidar un gran espectáculo. Así, el 21 de febrero de 1903, Mahler estrenó Tristán e Isolda de Wagner con el desarrollo de Alfred Roller. Los paisajes y las escenografías cedieron su lugar ante un diseño de iluminación sin precedentes: amarillos, naranjas, azules…

El estreno fue una sensación absoluta. Tal fue el impacto de este trabajo creativo que, a la fecha, grandes producciones operísticas y teatrales retoman elementos impresionistas, expresionistas y de arte abstracto para representar realidades concretas que, si fueran burdamente evidentes, no aportarían igual.

¿Será cierto que los grandes políticos, empresarios o artistas se dan uno en un millón y que jamás seremos como ellos?

¿Será verdad que Mandela, Mahler, Jobs y la madre Teresa de Calcuta cambiaron al mundo por ser ellos y no por la responsabilidad que se atrevieron a tomar y el esfuerzo que hicieron propio?

Afirmo que no. Estoy convencido de que si somos capaces de definir nuestra responsabilidad y si nos esforzamos con todo lo que tenemos para atenderla; si nos esforzamos para aportar al mundo todo lo que podemos seremos igual de enormes que los gigantes sobre cuyos hombros hoy caminamos.

Es la fórmula de la grandeza: arriesgarnos y comprometernos a realizar con esfuerzo lo que sea necesario para alcanzar nuestras metas —nuestra contribución al mundo. No hay secreto, ni poción mágica, ni mucho menos hombres y mujeres semidioses dotados de virtudes que jamás podremos alcanzar.

El mundo actual lo crearon personas comunes, normales, que se atrevieron a cansarse en el trabajo de asir y realizar sus objetivos. Y si no me creen a mí, créanle a Jobs:

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Juan José Díaz Enríquez

“Construyamos un mejor México.”
Es filósofo, melómano apasionado y docente.
En Eudoxa es Director General y Director de Innovación.

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Este post fue publicado originalmente en enero de 2014.

4 comentarios en “Héroes por elección

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