En busca del Beethoven mexicano

Para que la música sea realmente una parte relevante de nuestras vidas y no simplemente un “acompañamiento”, hay que darle la importancia que tiene en la educación de los niños.”

Por: Emilia Kiehnle

¿Qué pasó en Viena en los siglos XVIII y XIX que se llenó de grandes músicos? Es una pregunta que me hice hace poco. Ciertamente hubo muchos casos de prodigios y grandes genios musicales como Mozart o Beethoven, y es curioso que se hayan dado en el mismo lugar y en la misma época. Parece que el genio de estas personas, aunque ya lo traían consigo mismas, encontró un ambiente propicio para desarrollarse y crecer. Si Beethoven hubiera nacido en una familia mexicana del siglo XXI, ¿habría sido el enorme compositor que fue? Lo más probables es que no, pues por más genio que fuera Beethoven, si nadie se hubiera tomado la molestia de enseñarle música, no habría tenido las herramientas para componer sus maravillosas sinfonías.

Todo mundo se queja de que en nuestro país no se le da importancia al arte y a la cultura. Específicamente, yo que me muevo dentro del mundo de la música y que tengo varios amigos intérpretes y compositores, he escuchado mucho sobre el problema de la falta de educación musical en México.

Si lo pensamos bien, nuestro país es un lugar muy musical. Al mexicano le encanta la música y no se entiende sin ella. Y no me refiero solamente a las costumbres musicales que tenemos para las fiestas y los eventos especiales, sino también al día a día. La gente camina en la calle con sus audífonos, en los vehículos -públicos o privados- casi siempre están prendidos los radios y es rara la oficina en donde se trabaja sin algo de música.

El disfrute de la música es algo de todos los días y que se reconoce como algo bueno y deseable. Sin embargo, no sucede lo mismo con la comprensión de la misma. La mayoría de los mexicanos (y me incluyo) podemos escuchar y disfrutar una pieza musical sin tener idea de cómo funcionan las notas, los tiempos y las frases musicales. Si nos enfrentan con una obra de mayor complejidad técnica y artística que requiere de nuestra atención y de un poco más de esfuerzo de nuestra parte, lo más probable es que la rechacemos inmediatamente sin considerarla porque “no nos gustó”.

Y es que, a pesar de ser un pueblo muy musical en algún sentido, nuestra concepción de la música es bastante pobre. Pensamos que la música es algo para disfrutarse, algo que nos da placer. Cuando una pieza musical no nos gusta, rara vez nos tomamos la molestia de intentar aprender más para refinar nuestro oído y abrirnos a apreciarla, porque no concebimos a la música como algo que puede hacernos crecer y aprender cosas nuevas. La consideramos como un simple ornato o acompañamiento; el soundtrack que suena de fondo en nuestra vida cotidiana. Realmente somos muy ignorantes al respecto de la música.

Hace poco me encontré con una entrevista que le hicieron al músico y director de orquesta Daniel Barenboim, en donde él también se quejaba de esta ignorancia generalizada sobre la música. “No hay la más mínima educación musical”, decía el director argentino. “Hoy en día se puede ser culto, tener conocimientos de filosofía, literatura o ciencias, sin tener el más mínimo contacto con la música. Que es lo que pasa con la gran mayoría de los políticos. Y a los que sí les gusta la música, tampoco la consideran esencial, lo ven como algo que da placer, aunque hay cosas más importantes en el mundo.”

La música no es solamente algo bonito que puede alegrarnos el día y ya. Como todo arte, la música puede enseñarnos mucho sobre la vida y sobre nosotros mismos. Es un arte que transmite emociones de una manera muy directa, y que invita a la introspección, a la reflexión y al encuentro con uno mismo. Técnicamente también es un arte que puede brindarnos mucha disciplina, capacidad de concentración y desarrollo de nuestra sensiblidad.

Para que la música sea realmente una parte relevante de nuestras vidas y no simplemente un “acompañamiento”, hay que darle la importancia que tiene en la educación de los niños. Si piensan en sus clases de música en la primaria y la secundaria seguramente recordarán haber cantado incansablemente el himno nacional, haber tocado “Las Mañanitas” en la flauta o haberse aprendido de memoria datos como la definición del pentagrama y poco más. Admitámoslo, nosotros mismos no nos la tomábamos en serio: era la clase “de relleno”.

Hoy en día la situación es aún peor para la música en las escuelas, pues ya no hay una materia de música tal cual, sino que se llama “Educación Artística”, en donde cada quien puede decidir dar lo que quiera relacionado con el arte. Hay varias escuelas que han optado por dar clases de teatro, danza o pintura, dejando a la música en un segundo plano o como mero “acompañamiento” de las otras producciones artísticas (que son visuales y mucho más tangibles y atractivas para presumir ante los padres de familia).

Ahora, no creo que esta situación se deba a un plan malvado por parte de las escuelas, los políticos y los sistemas educativos ni me interesa empezar a señalar culpables. Creo que simplemente es una cuestión de ignorancia. Como los padres y los maestros no sabemos nada de música, no tenemos manera de transmitir esos conocimientos y muchas veces ni siquiera los consideramos importantes.

LEER MÁS: Los sonidos del entorno.

Lo primero que habría que hacer para combatir este enorme hueco cultural es educarnos a nosotros mismos. Empecemos a cultivarnos musicalmente. Démonos el tiempo para escuchar realmente algo de música y no nada más para tenerla de fondo en nuestros trayectos o trabajo. Vayamos a conciertos de música clásica y contemporánea, abrámonos a escuchar nuevos estilos que no conozcamos y a aprender de ellos.  Démonos la oportunidad de conocer personalmente e interactuar con intérpretes y a compositores para platicar con ellos y aprender de su trabajo, leamos las publicaciones que existen de las orquestas e instituciones musicales de nuestro país. También hay que investigar sobre la importancia de la educación musical en el desarrollo de los niños y procurar que las personas a nuestro alrededor se interesen también en estos temas. Y, ¿por qué no?, también podríamos empezar a tomar clases de canto o aprender a tocar algún instrumento.

Para que la calidad musical de México aumente necesitamos más y mejores músicos con las condiciones necesarias para desarrollarse. Para que nuestras escuelas y gobernantes empiecen a tomarse en serio a la música tenemos que empezar por nosotros mismos. Si nos gusta la música, pero la seguimos usando como el acompañamiento de fondo o la seguimos tratando como la materia “de relleno” sin ninguna clase de expectativa o exigencia, no esperemos que de pronto surja sin más un Mozart o un Beethoven en nuestra familia.

Emilia

Este post fue publicado originalmente en julio de 2014.

 

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